Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 15 - El bosque enseña
Silas dijo que había que enseñarles el bosque antes de que el bosque los llamara solos.
—Tienen un año y tres meses —dijo—. Si no les enseñas tú, los va a enseñar el olor. Y el olor no habla, solo tira.
Yo tenía el cabello suelto esa mañana porque me dio flojera hacerme trenza. Largo castaño hasta la mitad de la espalda, con frizz por la humedad. Lyra me vio y dijo:
—Mamá pelo suelto, como loba.
—Hoy soy loba —dije—. Vamos al bosque.
Milo llevaba su pelota de cuero en la boca, como perro. Ya no gateaba nunca. Caminaba, corría, saltaba, pero con manos apoyadas a veces.
Salimos los cuatro por la parte de atrás del patio cerrado. Silas iba con machete chico y con una bolsa con agua y pan. Yo con Lyra en brazos al principio, porque el camino estaba con barro.
En la casa chica tengo un mapa del bosque que hizo la abuela de Silas. Marca dónde hay moras, dónde hay peligro. No lo entiendo mucho, pero Silas sí.
Antes de salir, Marta nos dijo que no nos metiéramos muy adentro porque había visto huellas de puma grande. Silas dijo que puma no ataca si haces ruido.
—Acá no se corre —dijo Silas—. Acá se huele y se escucha.
Nos paramos bajo un pino grande. Silas se agachó y tocó la tierra.
—Huelan —dijo.
Lyra se agachó y olió. Milo también.
—Mamá, huele a hongo mojado —dijo Lyra, arrugando la nariz.
—Sí —dijo Silas—. Hongo bueno. Se puede comer si tu mamá lo cocina.
—Papá cocina —corregí por costumbre, pero ya casi por juego.
—Mamá cocina hongo —dijo Lyra, tierna, y me abrazó la pierna.
Avanzamos más. Silas les enseñaba huellas.
—Mira —decía—. Ciervo. Pasó anoche. ¿Ven? Uña partida.
Milo olió la huella y estornudó.
—Mamá, pica nariz —dijo Milo, rascándose.
—Sí, pica por el pasto —dije.
Yo no sabía nada de bosque. Me crié en biblioteca. Pero Silas sabía y me miraba a mí también para que aprendiera.
—Elías, tú también huele —dijo—. Si te pierdes, hueles a leña de tu casa. Tu casa huele a papilla y a tu pelo.
—Mi pelo huele a tierra —dije.
—Huele a mamá —dijo Lyra de repente, metiendo la nariz en mi cabello suelto—. Mamá huele a casa.
Me dio vergüenza y risa. Silas se rió también.
—Viste —dijo—. Hasta ella sabe.
Llegamos a un claro donde había un arroyo chico. Lyra y Milo se tiraron a tomar agua como animales, con la boca directa. Yo los dejé. Ya entendí que no les hace mal.
—Acá es donde los encontraron —dijo Silas bajito—. Acá los dejó su madre.
Me quedé frío en medio del claro. Nunca me había dicho exactamente dónde los encontraron.
—Mamá loba los dejó acá porque no podía criarlos —siguió—. Los dejó donde alguien con pelo largo y corazón grande los encontrara.
—Yo no los encontré —dije—. Los encontró Elena.
—Pero tú te quedaste —dijo—. Eso es encontrar de verdad.
Lyra se paró en medio del claro y aulló. No fuerte, bajito, como practicando.
—Mamá, escucha —dijo.
Del bosque vino un eco lejano. Otro aullido, muy lejos.
Milo se asustó y corrió a mis piernas.
—Mamá, miedo —dijo, agarrado a mi pantalón.
Lo levanté.
—No es miedo —le dije—. Es otra loba que contesta. No viene. Solo saluda.
—Mamá saluda —repitió Lyra, y aulló otra vez, más fuerte.
Yo tenía el pelo suelto y el viento me lo tiró a la cara. No me lo até. Lo dejé que volara.
—Mamá loba —dijo Lyra, viéndome con pelo en la cara—. Mamá loba con pelo suelto bonita.
—Papá lobo también —dije, riendo.
—Mamá loba bonita —insistió ella, con esa ternura que me hacía olvidar todo.
Silas se acercó y me sacó una hoja del cabello.
—Te ves bien con pelo suelto —dijo—. Te deberías soltar más.
—En el pueblo se ríen —dije.
—Que se rían —dijo—. Hoy estamos en el bosque. Acá nadie se ríe de pelo largo. Acá todos tienen pelo largo. Mira a ellos.
Señaló a Lyra y Milo que ya tenían pelitos más gruesos en brazos y nuca.
De vuelta, nos perdimos un poco. Yo me enredé la trenza que no tenía, o sea el pelo suelto, con una rama baja.
—Ay —dije—. Me atoré.
Lyra vino corriendo.
—Mamá atorada —dijo, y me desenredó con paciencia, sacando ramita por ramita.
—Gracias, mi loba —le dije.
—Mamá no atorada —dijo, orgullosa.
Milo me ayudó también, tirando de la rama.
—Mamá libre —dijo cuando me solté.
Silas nos miraba desde atrás.
—Si te pierdes en el bosque, ellos te encuentran —dijo—. Ya te encontraron una vez.
Salimos del bosque al atardecer, con barro hasta las rodillas, con pelo suelto lleno de hojas, con Lyra y Milo con las manos sucias de tierra y hongo.
En la entrada del pueblo, un hombre que no conocía nos vio salir del bosque así, con los tres con pelo desordenado.
—Mira —le dijo a otro—. Parece familia de lobos. El de pelo largo es la mamá.
Antes me habría dolido. Ahora Silas contestó antes que yo.
—Sí —dijo—. Es la mamá. La mamá loba que les enseñó el bosque hoy. ¿Algún problema?
El hombre negó con la cabeza y se fue.
—Gracias —le dije a Silas.
—Te dije que siempre te defiendo —dijo—. Con pelo suelto o con trenza.
Llegamos a la casa chica muy cansados. Les lavé manos y pies con agua tibia. Les saqué hojas del pelo con cuidado.
Lyra se acostó en mi pecho y dijo, con voz bajita de sueño:
—Mamá bosque bonita mía.
—Sí —le dije—. Mamá bosque bonita hoy.
Milo se acurrucó y dijo:
—Mamá no se pierde.
—No —le dije—. Mamá no se pierde si ustedes me encuentran.
Me quedé con el pelo suelto toda la noche, con olor a hongo y a casa, con dos lobitos que me decían mamá bosque bonita con una ternura enorme que me hacía sentir parte del bosque también.