En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 17: EL ÁRBOL DE LA MEMORIA
Los días siguientes pasaron como un río que fluye sin prisa. Alessandra se levantaba antes del amanecer, bajaba al jardín y se sentaba junto al lago con la abuela Elena. Aeron siempre estaba cerca, en el banco de piedra, en la orilla, en algún lugar que ella podía sentir sin mirar.
La abuela le enseñaba todo. A sentir la magia en la tierra, en el agua, en el aire. A distinguir su propia energía de la de los demás. A dejar que las sombras fueran parte de ella, no algo que debía controlar.
—La magia no se domina —decía la abuela, con la voz cansada pero firme—. Se acepta. Se escucha. Se aprende a vivir con ella. Como con el corazón. Como con el amor.
Alessandra aprendía rápido. Las sombras ya no se movían inquietas. Flotaban a su alrededor como si fueran una extensión de su cuerpo. Podía sentirlas, llamarlas, hacer que se extendieran como un manto o se retiraran como una marea.
Pero lo que más le costaba era el vínculo con Aeron.
Lo sentía todo el tiempo. Como un hilo que los conectaba, como un latido que no era el suyo pero resonaba en su pecho. A veces, cuando él la miraba, sentía que podía ver a través de sus ojos. Otras, cuando él estaba lejos, sentía un vacío que no sabía llenar.
—Es normal —le dijo la abuela una tarde, mientras el sol se ponía detrás de las montañas—. El vínculo no se elige. Se siente. Y cuanto más lo aceptás, más fuerte se vuelve.
—¿Y si me asusta?
—Entonces lo dejás estar. El miedo no es enemigo. Es parte de vos. Como las sombras. Como la magia. Como él.
El séptimo día, la abuela Elena la despertó antes del amanecer. Tenía los ojos grises brillando con una luz que Alessandra no le había visto antes.
—Hoy es el día —dijo.
—¿Qué día?
—El día que te muestro lo que vine a mostrarte.
Salieron al jardín cuando el cielo empezaba a clarear. Aeron ya estaba junto al roble, como si supiera que algo iba a pasar. Clarissa y Fiorella salieron detrás de ellas, con los ojos entrecerrados por el sueño.
—¿Qué pasa? —preguntó Fiorella.
—Voy a mostrarles lo que guardé todo este tiempo.
La abuela Elena se acercó al roble. Puso las manos sobre la corteza, cerró los ojos y susurró algo que Alessandra no pudo entender. Pero las sombras a su alrededor se agitaron, como si también estuvieran escuchando.
El árbol comenzó a brillar.
No era la luz de las otras veces. Era más suave, más profunda, que venía de las raíces, del tronco, de las ramas. Una luz que envolvía a la abuela, que la reconocía, que la aceptaba.
Y en el centro del tronco, algo comenzó a abrirse.
No era una grieta. Era una puerta. Pequeña, apenas un hueco en la corteza. Pero dentro, algo brillaba.
La abuela Elena metió la mano y sacó un objeto envuelto en un paño oscuro. Lo desenvolvió con manos temblorosas.
Era un collar.
La cadena era de plata vieja, desgastada por los años. Y en el centro, una piedra que brillaba con una luz propia. No era un diamante, no era un rubí. Era algo más. Algo que parecía contener el cielo nocturno en su interior.
—¿Qué es? —preguntó Alessandra.
—La memoria de nuestra línea. Lo que cada primogénita ha guardado desde la primera. Lo que yo guardé para ti.
—¿Por qué no me lo diste antes?
—Porque no estabas lista. Porque el collar no se entrega. Se gana. Y tú lo ganaste.
La abuela Elena se acercó. Sus manos temblaban cuando levantó el collar.
—¿Me dejás?
Alessandra asintió, sin palabras.
Sintió el peso de la cadena en el cuello, el frío de la piedra contra su piel. Y entonces, todo cambió.
No era magia. No era un hechizo. Era algo más. Algo que venía de muy lejos, de muy atrás, de las mujeres que habían venido antes que ella.
Vio a la primera. La que amó al lobo. La que hizo la promesa. La que sembró la semilla de este árbol con sus propias manos.
Vio a las que vinieron después. Cada una con sus miedos, sus esperanzas, sus luchas. Cada una guardando algo para la que vendría. Cada una sabiendo que algún día, alguien iba a necesitarlo.
Y al final, se vio a sí misma.
Alessandra abrió los ojos con las manos temblando. Las lágrimas corrían por su rostro sin que pudiera detenerlas.
—¿Qué viste? —preguntó la abuela.
—A ellas. A todas. A nosotras.
—¿Y ahora qué sabes?
—Que no estoy sola. Que nunca lo estuve.
La abuela Elena sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero llena de algo que Alessandra no había visto nunca. Paz.
—Ahora estás lista —dijo.
Esa noche, Alessandra se quedó en la terraza con el collar puesto. La piedra brillaba contra su piel, y las sombras a su alrededor se movían suaves, como si también estuvieran descansando.
Aeron se sentó a su lado.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Como si hubiera encontrado algo que no sabía que estaba buscando.
—¿Qué es?
—Mi lugar. Mi historia. Las mujeres que vinieron antes.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Ahora voy a vivir. Por ellas. Por mí. Por nosotras.
Aeron tomó su mano. No dijo nada. No hacía falta.
Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo, sintió las sombras descansar a sus pies, sintió el collar quemar suavemente contra su piel.
No sabía qué iba a pasar. No sabía si iba a poder con todo lo que venía. Pero por primera vez, no tenía miedo.
Porque sabía que no estaba sola. Porque tenía a sus hermanas. Porque tenía a Aeron. Porque tenía la memoria de todas las mujeres que habían llegado antes que ella.
Y eso, pensó mientras la noche avanzaba, era más que suficiente.
En la habitación de la abuela Elena, la luz de una vela temblaba suavemente. La mujer estaba sentada en la cama, con las manos en el regazo y la mirada fija en la ventana.
Clarissa entró sin hacer ruido.
—¿Abuela?
—Pasa, nieta.
Clarissa se sentó a su lado. En sus manos tenía una taza de té que ya debía estar fría.
—¿Te vas a ir? —preguntó.
—Pronto. Ya no me queda mucho.
—¿Adónde vas a ir?
—A descansar. A donde van los que ya cumplieron su misión.
Clarissa sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Por qué te tienes que ir? Recién te encontramos.
—Porque ya no tengo más para dar. Porque cumplí lo que vine a cumplir. Porque ustedes ya están listas.
—No quiero que te vayas.
La abuela Elena tomó su mano. En sus ojos grises había una ternura que Clarissa no recordaba haber visto nunca.
—Yo tampoco quiero irme. Pero a veces no podemos elegir. Solo podemos aceptar. Y estar agradecidas por el tiempo que tuvimos.
—¿Te voy a volver a ver?
—En el árbol. En la tierra. En el viento. En cada flor que abra en el jardín. En cada sombra que acompañe a tu hermana. Voy a estar siempre. Solo que no me vas a ver con los ojos.
Clarissa se dejó caer contra su hombro. La abuela Elena la sostuvo con brazos que ya no tenían la fuerza de antes, pero tenían todo el amor que no había podido dar en todos esos años.
—Las quiero —susurró—. Las quiero más que a nada en el mundo.
—Nosotras también te queremos —respondió Clarissa, con la voz quebrada.
Y en la penumbra de la habitación, con la vela temblando suavemente, madre e hija se quedaron abrazadas, recuperando el tiempo que habían perdido.
A la mañana siguiente, la abuela Elena no despertó.
Alessandra lo supo antes de que Clarissa bajara las escaleras con los ojos rojos. Lo supo por el silencio en la casa, por la quietud de las sombras, por el vacío que de repente se abrió en su pecho.
Subió las escaleras con las piernas temblando. Fiorella ya estaba en la puerta, con las manos apretadas y los ojos secos. Clarissa estaba sentada en la cama, con la mano de la abuela entre las suyas.
—Se fue —dijo Clarissa, con la voz quebrada—. Se fue esta noche.
Alessandra se acercó. La abuela Elena estaba en la cama, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. Tenía el collar que le había entregado, pero Alessandra sintió que algo más había quedado.
En su rostro, una sonrisa. Pequeña, tranquila. Como si hubiera estado esperando este momento. Como si, al fin, hubiera encontrado descanso.
Alessandra se arrodilló junto a la cama. Tomó la mano fría de su abuela entre las suyas. Las lágrimas que había contenido toda la vida, las que había guardado para cuando no pudiera más, comenzaron a caer.
—Gracias —susurró—. Gracias por volver.
Aeron entró en la habitación. No dijo nada. Se arrodilló detrás de ella y la sostuvo mientras lloraba.
Y en el jardín, junto al lago, el roble comenzó a brillar con una luz suave. Sus ramas se mecían sin viento, sus hojas susurraban un nombre que nadie podía escuchar. Pero Alessandra lo sintió. En el collar que quemaba contra su piel, en las sombras que descansaban a sus pies, en el viento que traía el aroma de la tierra mojada.
Su abuela se había ido. Pero también se había quedado.