El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 7
Santiago
Me dirigía a la reunión con los miembros cuando todo ocurrió.
Conducía por una de las avenidas principales de la ciudad, intentando concentrarme en lo que debía decir en esa sala. Durante años había evitado ese mundo: el de las decisiones que se tomaban en mesas cerradas, el de los negocios que nadie mencionaba en voz alta, el de las lealtades que podían comprarse o romperse en una sola noche.
Y ahora tenía que entrar de lleno en él.
Mi teléfono estaba conectado al sistema del auto, así que sonó a través de los altavoces cuando un mensaje entró. No lo revisé. Tenía suficiente en la cabeza.
Entonces lo vi.
Una camioneta negra pasó frente a mí a una velocidad absurda.
La reconocí al instante.
Era la de Luciano.
Detrás de ella venían otras camionetas… muchas.
Conté al menos diez.
Todas negras.
Todas con vidrios polarizados.
Fruncí el ceño.
Algo no estaba bien.
Frené en seco, giré el volante y tomé la misma dirección que ellas. Mientras aceleraba, llamé a Luciano.
Contestó casi de inmediato.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—Están persiguiendo a Sofía.
El corazón me dio un golpe en el pecho.
Apreté el acelerador.
—¿Dónde están?
—Te envío la ubicación.
Un punto apareció en el GPS del auto.
Conduje más rápido.
Cuando finalmente llegué al lugar, el caos ya estaba contenido.
Las camionetas del esquema de seguridad de los Reyes se habían interpuesto entre el auto de Sofía y los vehículos que la seguían. Los hombres de Luciano ya estaban fuera, bloqueando completamente la calle.
Nadie alrededor se atrevía a mirar.
Nadie se acercaba.
Ese era el verdadero poder de los Reyes.
Aparqué sin pensar y me bajé del auto.
Corrí hasta el vehículo de Sofía.
Golpeé suavemente la ventana.
Ella giró la cabeza, me vio y abrió la puerta.
—Santiago…
Se bajó del auto.
Sus manos temblaban.
La abracé de inmediato.
Acaricié su cabello.
—Estás a salvo.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía.
—Todo va a estar bien.
Luciano apareció detrás de nosotros, dando órdenes a sus hombres.
Sofía se separó de mí y corrió hacia él.
Lo abrazó con fuerza.
—Nunca me había pasado algo así —decía entre lágrimas—. Nunca.
Luciano la rodeó con los brazos.
—Tranquila, Sofi.
Su voz era suave, protectora.
—Todo está bien. Estoy contigo.
Luego levantó la mirada hacia mí.
—Nos vemos en la reunión.
Asentí.
—Gracias por ver cómo estaba mi hermana.
—Con gusto.
Uno de los escoltas de Luciano se subió al auto de Sofía para llevarlo.
Ella subió a la camioneta de su hermano.
En cuestión de minutos, todo desapareció.
Como si nada hubiera ocurrido.
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Llegué a las oficinas antes que todos los miembros.
El edificio de los Ferrer era imponente.
Durante años había evitado entrar allí.
Ahora ese lugar era mi responsabilidad.
Entré directamente al despacho que había sido de mi padre.
Todo seguía igual.
Su escritorio.
Sus archivos.
Sus notas.
Encendí la computadora y revisé lo último que había dejado sin terminar.
Estados financieros.
Movimientos sospechosos.
Cuentas que no cuadraban.
Acuerdos firmados con empresas que jamás había escuchado.
El tiempo se me pasó volando.
Cuando levanté la vista, la sala de reuniones estaba llena.
Todos los miembros estaban allí.
Esperando.
Respiré profundo.
Entré.
Me senté en la cabecera de la mesa.
Y miré a cada uno de ellos.
Había pasado años alejándome de ese mundo.
El mundo de la sangre.
De las traiciones.
Del poder.
Pero ahora no tenía opción.
Me puse de pie.
—Asumo la dirección general de todos los negocios de Ferrer.
Hice una pausa.
—Lícitos e ilícitos.
Mi tío Ricardo me miró sorprendido.
Los demás comenzaron a aplaudir.
Era exactamente lo que querían escuchar.
Mi madre estaba sentada al fondo.
Parecía orgullosa.
Continué.
—Además de eso… anuncio mi compromiso con Sofía Reyes.
Todos giraron la cabeza hacia Luciano y su padre.
Ninguno mostró sorpresa.
Ni incomodidad.
Permanecieron completamente tranquilos.
Y en ese momento entendí algo importante.
Tenerlos de aliados era una ventaja enorme.
Porque en este mundo…
Era mejor tenerlos de amigos que de enemigos.
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Cuando terminó la reunión, el señor Reyes se acercó a mí.
—Me alegra que hayas hecho lo correcto.
Asentí.
—Ahora debes aprender rápido —continuó—. Sabes que estamos contigo.
Luego me miró con seriedad.
—Cuida a mi bebé.
—Lo haré.
Dudé un momento.
—¿Qué pasó con los hombres que perseguían a Sofía?
—Los entregamos a las autoridades.
Su mirada se volvió fría.
—Si no hacen nada… por asustar a mi bebé verán a un hombre muy molesto.
Asentí.
Lo entendía perfectamente.
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Pensé que organizar todo con Sofía sería sencillo.
Estaba completamente equivocado.
Las discusiones empezaron casi de inmediato.
—No quiero una boda llena de políticos —decía ella.
—Es necesario.
—No lo es.
—Sofía…
—Santiago, no quiero convertirme en un espectáculo.
—Ya lo somos.
Ella rodaba los ojos.
—Odio cuando tienes razón.
—Yo odio cuando tienes diez ideas diferentes en cinco minutos.
—Al menos tengo ideas.
—Las tuyas cuestan millones.
—Tu familia tiene millones.
—No es el punto.
A pesar de que habíamos tenido un buen acercamiento aquella noche en mi apartamento, nuestras personalidades eran muy diferentes.
Comparar a la Sofía de diecisiete años con la de ahora era imposible.
Una década cambia a cualquiera.
Y ahora, muchas veces parecíamos dos completos desconocidos.
Para aliviar la tensión, cambié el tema una tarde.
—¿Cómo va Luciano con su boda?
Sofía suspiró.
—Bastante bien.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Tan rápido?
—Parece que tienen cosas en común en cuanto a gustos.
Me miró.
—Muy distinto a nosotros.
Sonreí levemente.
Pero tenía razón.
Entre nosotros había algo extraño.
Nos apreciábamos.
Nos conocíamos desde niños.
Pero entre nosotros había un abismo.
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Esa noche fui a ver a mi madre.
Necesitaba respuestas.
—Mamá, dime la verdad.
Ella levantó la mirada.
—¿Sobre qué?
—Papá.
Me senté frente a ella.
—He revisado sus archivos.
—¿Y?
—Hacía todo tipo de acuerdos.
Hice una pausa.
—Negocios legales… y no tan legales.
Mi madre suspiró.
—Por eso lo mataron.
—Lo sé.
Me incliné hacia adelante.
—Pero necesito saber con quién.
Ella negó lentamente.
—No lo sé, hijo.
Mi estómago se tensó.
—Pero sé algo.
—¿Qué?
—Había acuerdos con personas muy peligrosas.
Su mirada se volvió seria.
—En otros países.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Debes ser cuidadoso, Santiago.
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Cuando salí de la casa de mi madre, me di cuenta de algo.
Había entrado sin escoltas.
Pero cuando salí…
Había veinte hombres esperándome.
Todos armados.
Todos listos.
Uno de ellos abrió la puerta de la camioneta.
—Debemos acompañarlo, señor.
Suspiré.
Ya no era solo Santiago.
Ahora era el líder.
Y alguien allá afuera…
quería verme muerto.