Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL ASCENSO DE BELGOR
Mientras en Terraluz la calma se aferraba a cada rincón del hogar, en otra parte del mundo la oscuridad comenzaba a moverse, no como tormenta desatada sino como una sombra que aprende a respirar, antigua y paciente, consciente del momento exacto en que debía revelarse. No hubo estruendos que anunciaran su llegada ni señales celestiales que advirtieran a la humanidad; simplemente, en medio de una gran plaza abarrotada, apareció un hombre cuya presencia alteraba el aire mismo. Belgor había llegado a la Tierra.
No descendió envuelto en fuego ni abrió el cielo con relámpagos. Caminó entre los hombres con traje oscuro impecable, zapatos que no acumulaban polvo y una elegancia que imponía más que cualquier rugido. Sus ojos no reflejaban emoción alguna, solo cálculo frío y absoluto control. La plaza estaba llena, aunque nadie sabía explicar por qué había acudido; algo invisible los había empujado hasta allí, una presión sutil que los mantenía atentos, inquietos, expectantes. Belgor extendió las manos levemente, como quien concede una bendición, y cuando habló su voz fue suave, perfectamente modulada, imposible de ignorar.
—Este mundo está enfermo —declaró—. Gobernado por débiles, dirigido por hipócritas y sostenido por mentiras que ustedes mismos aprendieron a tolerar.
El silencio fue total. Nadie se atrevió a interrumpirlo.
—He venido a traer orden. Verdadero orden. No promesas vacías. No discursos políticos. Orden real.
Sus ojos recorrieron los rostros uno por uno, como si ya estuviera clasificándolos.
—Quien me siga vivirá bajo mi protección. Comerá, prosperará, tendrá propósito en un sistema que no tolerará el caos.
La pausa que siguió fue calculada, pesada.
—Quien se oponga… será borrado.
El murmullo comenzó a crecer hasta que un hombre dio un paso al frente, pálido pero decidido, intentando aferrarse al valor que le quedaba.
—¡Tú no eres ningún salvador! —gritó—. ¡No tienes autoridad aquí!
Belgor inclinó levemente la cabeza, observándolo con una calma casi divertida.
—La autoridad no se pide —respondió sin elevar la voz—. Se impone.
Fue entonces cuando la realidad vibró. La piel de Belgor comenzó a agrietarse como vidrio bajo presión y, por un instante, la máscara humana se rasgó revelando algo imposible de contener: una silueta colosal proyectada detrás de él, cuernos que parecían sostener el cielo, garras curvas como espadas rituales y una presencia tan aplastante que el aire se volvió irrespirable. Decenas cayeron de rodillas sin comprender qué los obligaba a hacerlo, sintiendo que el peso mismo de la existencia se inclinaba sobre sus
hombros.
El hombre retrocedió, con el rostro desencajado.
—¿Qué… qué eres?
Belgor extendió la mano hacia él con un gesto mínimo.
—Soy el fin de su falsa esperanza.
Cerró el puño.
El hombre dejó de existir. No hubo sangre, ni grito final, ni cuerpo que cayera al suelo. Solo vacío. Un espacio donde antes había vida y ahora no quedaba nada.
El silencio posterior fue más aterrador que cualquier explosión. Algunos comenzaron a correr sin rumbo, otros se desplomaron llorando, y no pocos cayeron de rodillas con lágrimas en los ojos, no por terror sino por rendición absoluta. Para ellos, aquello no era un monstruo; era poder. Y el poder, para muchos, siempre ha sido digno de adoración.
Belgor regresó a su forma humana con naturalidad impecable, acomodándose el traje como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
—Escuchen bien —dijo ahora con voz firme, ya no suave sino inapelable—. Todo aquel que invoque al Padre Celestial será cazado. Todo aquel que sostenga su luz será extinguido. La fe que los mantuvo obedientes será arrancada de raíz.
Levantó el rostro hacia el cielo.
—Baal reina ahora.
En ese instante el firmamento se desgarró en múltiples puntos del planeta. Portales negros se abrieron sobre ciudades, desiertos, montañas y océanos, y de ellos descendieron criaturas infernales: demonios alados de alas desgarradas, bestias de piel pétrea y colmillos afilados, sombras vivientes que reptaban con hambre consciente. No avanzaban sin rumbo. Respondían a una orden.
Belgor alzó la voz una última vez, y esta vez el eco se sintió más allá de la plaza, más allá del país, más allá del continente.
—Busquen a los creyentes. Arranquen su fe. Que el mundo aprenda quién gobierna ahora.
La invasión había comenzado.
En Terraluz, la familia permanecía reunida alrededor de la mesa, compartiendo la cena en la calidez sencilla de su hogar. El aroma del guiso recién servido llenaba la estancia, mezclándose con el crepitar suave de la lámpara que iluminaba el comedor con una luz dorada y tranquila.
Durante ese instante, el mundo exterior parecía distante, como si ninguna amenaza pudiera atravesar los muros levantados por años de fe y sacrificio. Aloriah, con la serenidad firme que siempre la caracterizaba, elevó la mirada y dijo con suavidad.
—Es hora de dar gracias—, y todos inclinaron la cabeza en obediencia reverente.
Pero mientras el silencio de la oración comenzaba a asentarse, el aire cambió de densidad. No fue un sonido lo que lo anunció, sino una presión invisible que comprimió el pecho de cada uno. La llama de la lámpara titiló violentamente,
proyectando sombras distorsionadas contra las paredes, y un frío antinatural recorrió la habitación, apagando por un segundo cualquier sensación de calidez. Albiel quedó rígido en su asiento; sus manos se tensaron sobre la mesa y, lentamente, sus ojos se tornaron completamente blancos, como si reflejaran una luz que no pertenecía a este mundo. Cuando habló, la voz que emergió de su garganta no era la suya: era profunda, antigua, cargada de autoridad.
—Ha llegado la hora.
La madera de la mesa vibró bajo sus manos, y la misma voz continuó, sin prisa pero sin espacio para duda.
—Baal ha iniciado su guerra. Belgor camina sobre la Tierra. Los elegidos deben levantarse.
Aloriah se puso de pie de inmediato, sin gritar, sin perder el control, pero con la certeza clara en su mirada. Jael reaccionó al instante y sostuvo a su padre cuando el peso espiritual lo abandonó y su cuerpo cayó hacia adelante. Albiel respiró con dificultad durante unos segundos, como si regresara de una distancia inmensa, y cuando recuperó el enfoque en sus ojos, habló ya con su propia voz, firme aunque cargada de gravedad.
—Fue el Padre Celestial. La guerra ha comenzado.
El silencio que siguió no fue de miedo, sino de comprensión.
Jael dio un paso al frente y su expresión cambió; ya no era solamente el hijo sentado a la mesa, sino el líder consciente de su responsabilidad.
—Nos separamos —dijo con determinación—. Cubriremos más territorio y salvaremos más vidas antes de que la oscuridad se extienda.
Gahiel asintió sin titubear, aceptando la estrategia sin necesidad de más palabras; Maion cerró los ojos un instante, concentrándose, como si ya pudiera percibir movimientos lejanos alterando el equilibrio del mundo.
Dervían apretó el puño con decisión contenida, no desde la rabia, sino desde la convicción.
Aloriah se acercó a cada uno con una mezcla de ternura y fortaleza que solo una madre puede sostener en medio del inicio de una guerra, besando sus frentes mientras decía en voz baja pero segura.
—No olviden quién los envía.
Albiel se puso de pie, ya recuperado por completo, y los miró con orgullo profundo, sin dramatismo innecesario.
—El cielo los respalda —afirmó.
Y así, sin más ceremonias, uno por uno salieron de la casa en distintas direcciones, perdiéndose en la noche que comenzaba a extenderse sobre la tierra, mientras en diferentes rincones del mundo el caos ya había comenzado a rugir. La paz de Terraluz había terminado, y la guerra que definiría el destino de la humanidad acababa de empezar.