El reino de los hombres bestia prospera bajo el mando del rey alfa Samuel Costa… o al menos así lo cree el mundo.
Porque detrás de la reina falsa que ocupa el trono, Samuel oculta un secreto mortal: su verdadero cónyuge es un omega humano, Camilo, cuya mera existencia está prohibida por la ley.
Cuando la verdad sale a la luz, la traición cae como un golpe implacable. Uno a uno, sus aliados son asesinados. Samuel y Camilo mueren juntos sin haber podido aceptarse como los destinados que siempre fueron… hasta que el destino les concede un milagro.
Samuel renace en el instante en que su tragedia comenzó. Ahora, con la memoria intacta y el corazón ardiendo de arrepentimiento, hará lo que no hizo antes: proteger a su omega, desafiar al consejo real y reescribir el futuro, aunque para ello deba destruir enemigos ocultos y el propio sistema que lo traicionó.
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TU Y YO
El aire frío golpeaba suavemente sus rostros mientras avanzaban entre los árboles. Samuel los había llevado hasta la parte central del bosque; por un momento, Camilo creyó que su esposo había perdido el rumbo, hasta que finalmente llegaron a lo alto de una colina.
Desde allí, el mundo parecía detenerse.
—Sé que a lo mejor esperabas que tuviéramos una luna de miel más larga, pero no puedo ir a un viaje en estos momentos —dijo Samuel, bajando del caballo—. ¿No te importa, verdad?
Samuel lo miró con una expresión nostálgica, casi temerosa, como si esperara una decepción.
—No me molesta —respondió Camilo mientras descendía del caballo—. Podemos tener nuestra luna de miel una vez se resuelvan los asuntos del reino.
Lo importante es estar contigo.
Samuel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Sé que no es mucho, pero espero que aceptes este lugar como símbolo de una promesa —dijo, tomando las manos de Camilo con cuidado, como si aquel gesto tuviera más peso que cualquier juramento ante el trono.
—Es hermoso —susurró Camilo, dejándose guiar.
—Este lugar está cubierto por una barrera; nadie puede ver lo que hay aquí. ¿Ves esa línea? —dijo Samuel, señalando una marca de piedras en el suelo.
El omega asintió mientras su ahora esposo no soltaba sus manos.
—Una vez que la cruces, podrás ver lo que esconde.
Ambos atravesaron la línea de piedra y sus ojos se abrieron con sorpresa. Detrás de la barrera se alzaba una casa, rodeada de flores silvestres, intacta, como si el tiempo jamás la hubiera tocado.
No había rastro de otras personas.
—Solo yo conozco este lugar —dijo Samuel, abrazándolo por detrás—. Nadie sabe de este secreto… es solo nuestro.
Camilo apoyó la espalda contra su pecho, sintiendo la calidez que lo envolvía incluso en el frío del bosque.
—Gracias por traerme aquí —dijo en voz baja—. Nunca nadie había hecho algo así por mí.
Samuel respondió inclinándose para besar su cuello, con una ternura que contrastaba con todo lo que había enfrentado como rey.
—En el reino humano he oído que es tradición que los omegas recién casados sean cargados al cruzar la primera puerta —dijo Samuel de pronto, inclinándose para levantarlo.
—Sí… es verdad, pero no es necesario —respondió Camilo, aferrándose a él por instinto.
—Quiero hacerlo —dijo Samuel sin dudar.
Ambos entraron en la casa. Samuel no se detuvo para que Camilo apreciara el interior; en su lugar, se dirigió directamente a la habitación principal, como si cada paso hubiera sido planeado desde hace años.
Samuel dejó a Camilo con cuidado sobre la cama y se arrodilló frente a él, apoyando una rodilla en el suelo.
—Si no quieres, solo dormiremos —dijo con voz suave—, pero te advierto que, una vez que comience, no podré detenerme.
Camilo lo miró, sonrojado, con una mezcla de nervios y decisión.
—Sí quiero… ahora somos esposos. Nada te obliga a detenerte.
Las palabras hicieron arder el pecho del alfa.
Samuel se inclinó hacia él, acercando los labios a su oído.
—Prometo que será la mejor noche de todas.
El omega le miró sonrojado por sus palabras, el alfa en cambio comenzó a besarlo, pequeños y apasionantes, suaves y salvajes.
Poco a poco el cuello del omega se inundó de marcas rojizas, el alfa no quería lastimarlo, así que lo preparo poco a poco.
Los botones rosados del omega eran besados por el alfa, mientras la ropa iba siendo dejada a un lado.
Las manos del alfa subían y bajaban sobre las piernas del omega acariciando no solo acariciando cada rincón de la piel blanquecina del omega.
Junto sus manos encima del falo de su omega, su mirada lasciva y decisiva hacía enrojecer y prender las mejillas del omega.
La habitación se lleno de jadeos y gemidos suaves, el alfa ingreso uno a uno de sus dedos para poder preparar al omega.
Camilo era un mar de gemidos ahogados, se exaltó un poco cuando sintió que los dedos del alfa lo abandonaban.
—No...te...detengas.
Pero sus palabras quedaron ahogadas en cuanto el alfa se enterró profundamente dentro de él.
—Nunca lo haría— dijo el alfa mientras lo besaba.
Ambos se olvidaron por completo que debían detenerse, cada embestida era solo para asegurarse de que ambos lo estaban disfrutando.
Camilo fue el primero en terminar, en cambio el alfa continuo, una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, perdió el conteo antes de que el omega perdiera el conocimiento.
De repente un dulce aroma a magnolias invadió la habitación, el omega había entrado en celo y con el su rut había llegado igualmente.
Los siguientes tres días fueron los más significativos para ambos, cada embestida era una oportunidad para que ambos se liberarán.
No importo si había sol, si era de noche, o si apenas el sol se asomaba por el final de la tierra, ambos se entregaron en cuerpo y alma, al tercer día, antes de recuperar por completo la conciencia, Samuel enterró sus colmillos en el cuello del omega, marcándolo como suyo.
Dejando que su esencia invadiera el interior del omega y aun cuando las palabras de los sabios determinaban como imposible anudar dentro del omega.
Samuel y Camilo habían logrado lo imposible, una marca y un anudamiento.
—Tú y yo no nos separaremos nunca —murmuró Samuel, apoyando la frente en la del omega.
—Soy solo tuyo… y tú eres solo mío —alcanzó a decir Camilo antes de rendirse al agotamiento.
La espera para Samuel había sido eterna, desde su renacimiento se había contenido de tomar una y otra vez al omega que ahora yacía sobre él.
Durmieron entrelazados, en paz, ajenos al mundo, el calor de sus cuerpos se complementaban y posiblemente en el vientre del omega se estaría formando un heredero a la corona.
Pero mientras ellos descansaban, aliviados de haber atravesado juntos el celo y el rut, en el castillo alguien ya intentaba romper la frágil tranquilidad que tanto les había costado ganar.
—Exijo hablar con su majestad Klaus —dijo un hombre corpulento, vestido con ropas lujosas—. Mi hija puede ayudar al nuevo consorte.