Antonio Kühne llega a la ciudad con un único propósito firmar un contrato con la familia Blackmore.
Émily Blackmore, universitaria, hija del empresario Joseph Blackmore. Creció con el amor de sus padres, pero con la llegada del nuevo socio de su padre todo cambiara.
secretos muy oscuros seran revelados, infidelidades, surgirá un amor netamente prohibido.
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capítulo 17
ANTONIO KUHNE
ITALIA.
Llego a mi ciudad natal. Como es de esperarse, mi camioneta ya está lista a mi disposición para dirigirme a la mansión en Roma.
Miro a través de la ventana, pensando en aquella mujer que está haciendo nacer algo que no debería pasar.
Dejo mis pensamientos atrás, bajándome del auto y arreglándome el traje. Entro a la mansión, viendo todo impecable, en absoluto orden.
—Buenas tardes, señor Kuhne —hacen una pequeña reverencia.
No digo nada. Me adentro en mi despacho, me quito el saco, aflojo la corbata un momento y me siento a trabajar sin perder el tiempo.
No he hecho todavía negocios con los Blackmore. Estoy dejando que Joseph se acostumbre a que ahora tendrá que sentir mi presencia en Estados Unidos con frecuencia… y dentro de su hija.
Es como una droga que tengo que dejar o me va a llevar a la ruina.
—Hijo —me llama Rosaura—, ¿vas a almorzar? —pregunta cerrando la puerta detrás de ella.
Es la mujer que me ha acompañado durante muchos años.
—Sí, ahora voy —contesto sin mirarla.
Sin más, ella sale dejándome solo y yo atiendo mis deberes como la cabeza de todo.
—Señor, nos acaban de informar que se robaron 50 millones de dólares en la fortaleza.
Me levanto bruscamente.
—Dime todo lo que saben, ¡ya! —molesto, me posiciono frente a él.
—Alessio nos informó que fue un trabajador; burló la seguridad y se escabulló para salirse con la suya.
—Encuéntrenlo. Y dile a Alessio que venga cuando lo mate. Quiero mi dinero a mi disposición —sentencio fríamente, sin titubear.
No voy a moverme por problemas tan pequeños. Solo un inútil cree que puede escaparse de mí y de mi gente.
Es hombre muerto. Y bien muerto. Sin piedad. A mi nombre lo mandan a la tumba, ahora mismo.
Me levanto para ir a almorzar, aunque casi no tengo apetito y sí un sueño terrible. Estar despierto varios días sin dormir bien empieza a pasar factura.
Termino de almorzar. Mientras la hija de Rosaura retira los platos, me levanto lentamente; tengo que ir a mi empresa, BUV, la más grande de Roma y la más importante.
No es nada tenerla; lo difícil es mantener todo al margen, que la gente se comporte como debe, que cumplan con su trabajo y no me roben. En mí no hay cabida para errores, ni para traiciones. No quiero que ocurra otra tragedia más.
Llego acomodando mi traje, entrando con Jerónimo y Marcelo, mis dos guardaespaldas personales.
Veo tensarse a más de uno, ponerse serios y rectos. Ignoro a todo el mundo y subo a mi oficina, que está en el último piso.
Los guardaespaldas se quedan afuera. Yo entro, encontrándome con mi secretaria.
—Aurora, ¿qué haces aquí? —pregunto caminando hacia ella.
—Señor, solo le estaba organizando algunas cosas para su llegada —me dice con total naturalidad.
Algo que me gusta de ella es que no se mete donde no le importa.
—Sabes que no me gusta que estén aquí adentro —sentencio con frialdad.
Me siento en mi puesto y veo cómo se tensa. Aun así, camina hacia mí. La tomo de la barbilla y le estampo un beso crudo y duro, sin suavidad.
Hago que se agache y, como es de costumbre, saca mi miembro y lo pone en su boca, saliendo y entrando una y otra vez, pasando su lengua por toda mi longitud.
Después de un rato, tardo en venirme, pero lo hago con dificultad. Me pongo un preservativo y la coloco de frente para poder saciar las ganas que no se van por completo.
Gime duro mientras la penetro fuertemente. Le cambio de posición y siento el clímax llegar; salgo fuera de ella y reviso el condón con calma.
Se sienta en mi pierna mientras se arregla, y la veo irse por donde vino.
Me posiciono con un vaso de vodka, admirando la ciudad desde mi edificio. Tengo poder, fama, propiedades, todo. Construí esto con esfuerzo, sangre y disciplina. No lo puedo perder.
Bien. Aquí en Italia las cosas parecen en calma. Tengo que irme a terminar asuntos pendientes en Estados Unidos.
Me siento de nuevo con las manos sobre el escritorio y empiezo a revisar los informes que debía tener listos el consejo superior para mí. Me gusta todo calculado, preciso, y que hagan exactamente lo que ordeno.
Paso toda la tarde entre un trabajo y otro, poniéndome al día. Me veo interrumpido por Alessio.
—Dime qué traes —pregunto con mi voz ronca y fría.
—Listo, señor. Recuperamos el dinero y él ya está en el otro mundo —responde formalmente.
—Retírate.
Llego a mi mansión sintiendo un cansancio extremo y no pienso en nada más que en acostarme.
—Buenas noches, señor Kuhne —me saluda firmemente desde su lugar.
Aurora, mi secretaria, vive aquí en la mansión por una razón práctica. No mezclo trabajo con placer ni con mis asuntos personales. Solo le hice un favor porque no tenía dónde quedarse. Es eficiente, no molesta, no pregunta. Por eso tolero su presencia.
Sin decir nada, toma mi saco y me quita una pieza del traje. La dejo hacerlo y me voy a mi habitación, preso del cansancio. Me acuesto y, aun así, veo esos ojos verdes hermosos que me atraen como nunca. Mi Emily.
Listo. Aquí en Italia todo parece en calma.
Pero la calma nunca dura, tengo que ir a estado unidos, por ahora.