Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 16 — Su nombre en mi boca
Samantha
Me desperté antes de que sonara la alarma.
No sabía si había dormido bien. Solo sabía con qué me había dormido:
con el sonido de su nombre en mi cabeza.
Gabriel.
La noche anterior lo dije. No “profesor Herrera”. Solo Gabriel. Y lo dije porque él me lo pidió. Con esa voz serena y ese gesto casi imperceptible que me dio permiso… sin imponer nada.
Podría parecer algo pequeño, pero no lo fue.
Porque al decir su nombre, algo en mí se soltó.
Como si una parte que llevaba mucho tiempo esperando... al fin se hubiera permitido avanzar.
No me asustó.
Eso fue lo que más me sorprendió.
Lo recordé todo mientras me vestía. La escena se repetía como un eco suave: el café tranquilo, la mesa frente a la ventana, sus ojos mirándome como si el tiempo fuera más lento ahí dentro.
Recordé cómo llegó, cómo me habló con total naturalidad. Cómo, cuando me ofreció llevarme a clase, acepté sin poner demasiada resistencia.
Y sobre todo… cómo me sentí cuando él dijo:
—No hace falta que me llames así. Podés decirme Gabriel.
Y yo lo dije. Con voz baja.
Como si decirlo fuera cruzar un puente invisible.
Gabriel.
No lo olvidé en toda la noche.
Y no estaba segura de querer olvidarlo.
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Clara ya me estaba esperando cuando llegué al campus.
—¿Y esa cara de novela? —me preguntó antes siquiera de saludar.
Le sonreí con los labios apretados, como quien tiene algo que quiere contar… pero no sabe por dónde empezar.
—¿Dormiste? —insistió, divertida—. ¿O estuviste pensando en el profesor Herrera?
Tragué saliva.
Y dije:
—Gabriel.
Clara parpadeó.
—¿Perdón?
—Se llama Gabriel —aclaré, evitando mirarla directo—. Me lo dijo. Que podía llamarlo así.
Se quedó en silencio. Eso no pasaba mucho con ella.
—Samantha.
—¿Qué?
—¿Y lo hiciste?
Asentí.
Clara abrió la boca como si quisiera gritar, pero solo se agarró la cabeza entre las manos.
—Ay no. Ay sí. Ay no sé. Esto ya no es un juego.
—No fue nada —intenté bajarle el peso a lo que sentía.
—¿Estás segura?
No respondí.
Porque no lo estaba.
Porque tampoco quería estarlo.
Entramos al aula y me senté con más nervios que de costumbre. No hice nada distinto. No me arreglé de otra forma. Pero por dentro… era otra. O estaba empezando a serlo.
Cuando Gabriel entró, se veía como siempre. Seguro, tranquilo, atento.
Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, lo noté.
Él lo recordaba también.
Ese instante.
Esa palabra.
Su nombre en mi boca.
Y no hizo falta que nadie más lo supiera.
Porque con eso, me bastaba.
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Nota de la autora:
Gracias por estar acá, acompañando esta historia.
Cada palabra que escribo nace con cariño y con la ilusión de que, del otro lado, alguien pueda emocionarse, sonreír, identificarse o simplemente disfrutar del viaje. La historia de Gabriel y Samantha tiene mucho de eso. Me alegra muchísimo que hayan decidido darle una oportunidad, y más aún si están sintiendo lo que yo sentí al escribirla. Leer sus comentarios, saber qué parte los conmovió, qué personaje se volvió su favorito o qué escena les sacó una sonrisa, es una de las cosas más lindas de este camino como autora.
Gracias por el apoyo constante, por seguir mis historias, y por todo el amor que le dan.
compartas con nosotros un abrazo