Sinopsis:
Isabella, una joven y talentosa pianista, ve cómo su mundo se desmorona cuando su gran amor, Nicolás, sufre un trágico accidente de auto y es dado por muerto. Devastada y sola, descubre semanas después que está embarazada. Con el corazón roto pero decidida a salir adelante, se entrega a la música y comienza a trabajar como pianista en eventos y bodas, mientras cría a sus dos hijos gemelos.
Años después, recibe la oferta de tocar en una lujosa boda de alto perfil, con estrictas cláusulas de confidencialidad. Nada la prepara para lo que está a punto de vivir: el novio es Nicolás, vivo… pero sin el más mínimo recuerdo de ella.
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Capítulo 17 – Manos Nuevas, Raíces Firmes
Desde el escándalo de la boda, la vida de Isabella había cambiado en más de un sentido. No solo por el reencuentro con Nicolás, ni por la batalla legal que se avecinaba, sino por algo más silencioso, más cruel: el cierre de puertas.
Las llamadas dejaron de llegar. Las clases de piano fueron canceladas una a una. Los eventos donde solía tocar comenzaron a prescindir de sus servicios sin explicación. Incluso los padres de sus alumnos, antes amables y constantes, dejaron de responder sus mensajes.
—Lo siento, Isabella —le dijo una madre por mensaje de voz—. Nos han dicho que no es recomendable seguir con usted. Espero que entienda.
Ella entendía. Entendía demasiado bien. Los Herrera-Mendoza habían comenzado su guerra en las sombras. No necesitaban gritar ni amenazar directamente. Bastaba con una llamada, una insinuación, una advertencia velada. Nadie quería enemistarse con una familia tan poderosa.
—Están cerrándome todas las puertas —le dijo a Nicolás una noche, mientras recogía los juguetes del suelo—. No quieren que trabaje. Quieren que me rinda.
—Entonces abriremos otras —respondió él, con una determinación que no dejaba espacio para la duda.
Desde entonces, Nicolás se había convertido en el sostén de la casa. No era fácil. Su apellido, antes una llave maestra, ahora era una carga. Pero él no se detuvo. Comenzó a trabajar como diseñador independiente, retomando su carrera como arquitecto desde cero. Contactó antiguos colegas, ofreció servicios en línea, y poco a poco, fue construyendo una nueva red, lejos de la influencia de su familia.
—No necesito sus contratos millonarios —le dijo a Isabella una tarde, mientras revisaba planos en la mesa del comedor—. Solo necesito que estemos juntos. Que podamos vivir con dignidad.
También comenzó a dar clases particulares de diseño y dibujo técnico a estudiantes universitarios. Por las noches, corregía trabajos, preparaba presentaciones, y buscaba nuevos clientes. No era glamoroso, pero era honesto. Y cada peso ganado tenía el valor de la libertad.
—Papá trabaja mucho —dijo Sofía una mañana, mientras lo observaba concentrado frente al computador.
—Sí —respondió Isabella, acariciándole el cabello—. Porque quiere que estemos bien. Porque nos ama.
A pesar de las dificultades, la casa seguía llena de risas. Los niños no entendían del todo lo que ocurría, pero sentían la seguridad de tener a ambos padres cerca. Y eso bastaba.
Una tarde, mientras Nicolás colgaba una nueva cortina en el estudio de Isabella —convertido ahora en su oficina compartida—, ella se le acercó con una taza de café.
—Gracias —le dijo—. Por no rendirte. Por no dejarme caer.
—Tú me enseñaste eso —respondió él—. Cuando todos pensaban que yo estaba muerto, tú seguiste. Criaste a nuestros hijos. Construiste este hogar. Ahora me toca a mí sostenerlo contigo.
Ella lo abrazó, con los ojos cerrados.
—No sé cuánto más van a intentar destruirnos —susurró—. Pero sé que no podrán.
Y mientras afuera el mundo seguía girando, dentro de esa casa, dos personas tejían una vida nueva con hilos de amor, esfuerzo y resistencia.
Porque aunque les cerraran todas las puertas, ellos sabían construir ventanas.
POR AMBICIOSOS Y MALDITOS