Estafadores, una joven de 21 años es obligada a casarse con Demian, el único heredero del imperio "Nova". El es un joven apuesto pero muy serio, ambos viven una vida de mentira, no se aman, no se conocen y acceden al pedido de sus padres, sus vidas son un contrato, un contrato que Agostina rompe en pedazos, pero no de la manera que todos esperamos. (Novela corta)
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La nueva Agostina (EDITADO)
No sé por qué tenía ese sentimiento de que algo no cuadraba. Por el momento me dejé caer en sus brazos hasta que volvió María, mi suegra, con una gran bandeja de comida para los dos.
—Buen provecho, los dejo —se veía tensa.
—Gracias, suegra.
Lo que menos tenía era hambre. Toda la nueva información en mi cabeza no dejaba de dar vueltas y hasta mi estómago estaba afectado.
—Mañana a primera hora quiero la documentación que dejó mi madre en su poder. Tengo suficiente dinero para pagar a un buen abogado y quiero sacar a patadas a Juan de mi empresa lo más rápido posible.
—No te hagas problema, ya está todo gestionado. Solo tienes que ir con la documentación a hacer la denuncia y después presentarte en la empresa con las autoridades correspondientes. Pero, ¿tenés idea del trabajo que vas a tener? Ahora vas a ser responsable de muchos empleados, y si no estás capacitada, muchos pueden perder su trabajo.
—Para eso te tengo a ti. Voy a necesitar tu ayuda. Tus padres pueden orientarme. Obviamente no entiendo nada de esto, pero soy buena aprendiendo y capaz de hacerlo bien. Debí estudiar administración de empresas, como mi madre me decía de pequeña.
—Como abogado puedo ayudarte en la asesoría legal y con algunos documentos. Mis padres también, pero van a dejar que seas tú quien tome las decisiones, y si no son correctas, te harán ver tus errores.
—¿También eres abogado?
—Sí, estudié dos carreras, aunque nunca ejercí. Solo me dediqué a la empresa de mi familia.
—Cada día me sorprendes con algo nuevo. Está bien, quiero que estemos juntos en esto. Sola no voy a poder, amor.
—Ahora quiero que comas un poco, esta lasaña tiene una pinta increíble. —Sonreí arrugando la nariz—. Se está enfriando y llena la habitación con su olor.
—Quiero descansar para mañana poder empezar mi nueva vida. La vieja Agostina murió esta noche, pero mañana va a nacer una nueva, una que jamás van a olvidar. También quiero que vayamos a tu departamento. Estoy agradecida con tus padres, pero necesito mi espacio y privacidad.
—Como quieras, mi amor, pero esto… te lo comes. No voy a negociar con tu salud.
—Eres un mandón.
—Aprendí de la reina de las mandonas. Come y luego descansaremos juntos.
Demián salió con la bandeja después de cenar. Yo me levanté de la cama para deshacerme de mi ropa y entrar a la ducha. Dejé correr el agua y vi en el espejo mi pobre reflejo: un brazo marcado, la espalda llena de moretones y un labio partido. Estas eran las marcas que mi queridísimo padre me dejó. “Compórtate como una verdadera Bustamante”, me decía seguido. Y eso es lo que voy a hacer. Dulce Bustamante era mi madre, Bustamante su apellido de nacimiento, y Juan al casarse tomó el de ella como propio. Ahora va a saber lo que es una verdadera Bustamante.
El agua caliente relajó cada uno de mis músculos. No tenía idea de la tensión que cargaba. Decidí poner mi cabeza en frío y dejar que los pensamientos, como el agua, se fueran a donde debían. En esta vida todo tiene un orden y un caos.
Me asusté cuando sentí las manos de mi esposo en mi espalda. Había entrado a la ducha conmigo.
Demián besaba mi piel con suma delicadeza, justo en el punto adolorido. La yema de sus dedos acariciaba mi brazo y con la otra mano pasaba la esponja con espuma sobre mi pecho y vientre, de manera circular y suave.
—No estés triste, mi reina. No me gusta verte así.
Me dio vuelta para quedar frente a él y besó mi frente.
—Voy a estar bien, no te preocupes.
Permanecimos un buen rato abrazados bajo el chorro de agua caliente. Después de tomarse la molestia de lavar mi cabello con los mil productos del estante, salimos y fuimos a la cama.
…
Despertamos temprano. Busqué ropa formal que vestir y dejé listas las pertenencias de Demián y las mías para que las llevaran al departamento.
—¿Por dónde empezamos? —pregunté, ansiosa.
—Señora Novacci, vamos a empezar por el desayuno. Anoche no cenaste y hoy necesitas todas tus energías.
Tomó mi mano y bajamos al comedor. Sus padres ya estaban sentados, tomando café y charlando.
—Buenos días, Agostina. ¿Estás mejor? —preguntó María con preocupación.
Asentí y tomé asiento en la silla que Demián me había corrido.
—Buenos días, suegros. Estoy bien, gracias.
Fue Dominico quien habló primero, sin rodeos:
—Perfecto, pequeña. Estos son los documentos que tu madre nos dejó antes de su partida. Demián, ayúdala a revisar que esté todo en orden. Tiene un abogado pagado, y es un verdadero tiburón. Quise saber quién ayudará a mi nuera, y es el mejor.
—Doctor Álvaro Domínguez, abogado. Avenida Libertador… —mi esposo leyó en voz alta.
—Padre, fue mi profesor en la universidad. Nos conocemos, no le caí bien, no sé por qué, pero es el mejor abogado de la ciudad. Voy a acompañar a Agos para que lo vea.
—Hijo, no hay necesidad. Ya lo llamamos, está en camino. Tomen su desayuno, el día será largo.
—Es mi padrino —susurré.
—¿Dijiste algo, mi amor? —preguntó Demián mientras me servía café con un poco de leche.
—Es mi padrino. Álvaro, el abogado, es mi padrino. —Una gran sonrisa iluminó mi rostro y se abrió la herida que estaba sanando. No me importaba. Me hacía feliz saber que estaría a mi lado. No lo veía desde que falleció mi madre, cuando Juan le prohibió acercarse a mí. Nunca lo quiso. Cada vez que lo encontraba en casa, por Navidad, mi cumpleaños o el día del niño, terminaban discutiendo. Lo vi algunas veces más, hasta que tuvieron una pelea fuerte y desapareció de mi vida.
—Mi amor, se te abrió el labio otra vez —dijo Demián, sacando un pañuelo de su bolsillo y ofreciéndomelo.
—No es nada. Estoy feliz de que sea mi padrino quien me represente en todo este lío legal.
Tomé un poco de jugo y comí fruta. El ánimo me había cambiado. A las 08:30, una empleada anunció la llegada de mi querido padrino. Me levanté enseguida y la seguí.
Él estaba de espaldas, tan elegante como siempre en sus trajes negros. Al escuchar mis pasos, se dio vuelta y abrió los brazos con la mejor de sus sonrisas. Salté a ellos y lloré de alegría. Lo extrañé mucho. Me había hecho muchísima falta todos estos años.
—Hola, mi chiquitita, qué gusto volver a verte. Te he extrañado tanto, mi amor. Te convertiste en toda una mujer. Estoy seguro de que tu madre estaría orgullosa si pudiera verte ahora.
Se me metió un recuerdo en el ojo y me ablandó el corazón de pollo.
Espero que te haya gustado el capítulo.
¿Cuánto más tiene que pasar Agostina para ser feliz?