Brando juró continuar el legado de su padre, hasta que Lorena irrumpió en su vida y se convirtió en su debilidad.
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Capítulo 15
Brando llegó a casa, apenas abrió la puerta, escuchó pasos apresurados que venían desde la sala.
—¡Brando!
Diana apareció frente a él y, sin darle tiempo a decir una palabra, se lanzó a sus brazos. Lo abrazó con tanta fuerza que él se quedó inmóvil durante un segundo antes de rodearla con los suyos.
—Tranquila, pequeña —murmuró, acariciándole el cabello—. Ya estoy aquí.
Diana escondió el rostro contra su pecho. Había pasado dos días intentando aparentar tranquilidad, ocultándole la verdad a su madre y esperando noticias que nunca parecían llegar lo suficientemente rápido. Ahora que lo tenía delante, no pudo contener las lágrimas.
—Estaba tan preocupada por ti…
Brando se apartó apenas para observarla.
—¿Estás bien?
—Mejor ahora que estás aquí.
Él le limpió una lágrima con el pulgar y le dio un beso en la frente.
—No llores. Estoy bien, ¿me oyes? No tienes que preocuparte.
—Es que tú nunca piensas en lo que sentimos cuando te metes en problemas.
Brando suspiró. No quería discutir con ella, mucho menos después de haberla tenido preocupada durante aquellos días.
—Lo sé, pequeña. Lo sé.
Entonces escuchó una voz temblorosa detrás de su hermana.
—Brando…
Serena estaba de pie junto a la entrada de la sala. Tenía los ojos llenos de lágrimas y una mano apoyada sobre el pecho. Durante dos días había vivido con la angustia de no saber por qué su hijo apenas se había comunicado con ellas.
Al verlo, se acercó rápidamente.
—¡Hijo mío!
Brando soltó a Diana y recibió a su madre entre sus brazos. Serena lo abrazó con fuerza, como si necesitara comprobar por sí misma que estaba allí, frente a ella, y que nada malo le había ocurrido.
—Qué bueno que estás aquí, hijo. Estaba muy preocupada. No sabes lo que han sido estos días para mí.
Brando cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre su cabeza.
—Estoy bien, mamá. No me pasó nada.
Serena se apartó para examinarlo de arriba abajo.
—¿Estás seguro? ¿Por qué no contestabas mis llamadas?
Las preguntas comenzaron a acumularse y Brando intercambió una mirada con Diana. Su hermana bajó los ojos, incómoda.
Él sabía que no podía seguir ocultándole la verdad a Serena.
—Mamá, tenemos que hablar.
La expresión de Serena cambió.
—¿Hablar de qué?
Brando se pasó una mano por el cabello, buscando la manera de explicarle lo sucedido sin alterarla más de lo necesario.
—Tuve un problema con un trabajo.
—¿Qué problema? —preguntó ella, alarmada—. ¿Por qué estuviste incomunicado durante dos días?
Diana apretó las manos, incapaz de seguir soportando aquella situación. Había prometido guardar el secreto de su hermano, pero no podía continuar viendo a su madre angustiada mientras ignoraba la verdad.
—Mamá, Brando estuvo detenido en la comisaría.
El silencio que siguió fue absoluto.
Serena se quedó mirando a su hija como si no hubiera comprendido sus palabras.
—¿Qué acabas de decir?
Diana bajó la mirada.
—Brando estuvo detenido.
—¿Detenido? —repitió Serena, volviéndose lentamente hacia su hijo—. ¿Estuviste detenido?
Brando apretó la mandíbula. No tenía sentido intentar negarlo.
—Sí, mamá.
Serena retrocedió un paso.
—¿Por qué?
—Rolando y yo aceptamos un trabajo para transportar unas mercancías. La mercancía tenía problemas con la documentación y terminamos involucrados en algo que no conocíamos.
Serena lo miró con incredulidad.
—¿Y tú esperas que crea que no sabías nada? ¿Que aceptaste transportar mercancía sin comprobar siquiera de dónde venía?
—Mamá, nos tendieron una trampa.
—¡¿Una trampa?! —exclamó ella, con la voz cargada de angustia—. ¿Y cómo pudiste permitir que te llevaran hasta allí sin saber con quién estabas tratando? ¿No aprendiste nada de lo que le ocurrió a tu padre?
La mención de Orlando hizo que Brando endureciera el rostro.
—No metas a papá en esto.
—¡Claro que voy a meterlo! Porque te estoy viendo seguir el mismo camino que él. Primero fueron los clubes, después esos trabajos peligrosos y ahora la policía. ¿Qué viene después, Brando? ¿Que un día alguien llame a mi puerta para decirme que no vas a volver?
—¡Eso no va a pasar!
—¡No puedes asegurarlo!
Serena se llevó una mano a la frente. De pronto, sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies. Las voces de sus hijos comenzaron a escucharse lejanas y una sensación de debilidad le recorrió el cuerpo.
—Mamá… —murmuró Diana al notar que había palidecido.
Serena intentó dar otro paso, pero sus piernas flaquearon.
—Me siento… un poco mareada.
Brando reaccionó inmediatamente.
—¡Mamá!
La sujetó antes de que cayera al suelo y la sostuvo por la cintura mientras Diana corría hacia ellos.
—¡Mamá, mírame! ¿Qué te pasa?
—No lo sé, hija… Siento que me voy a desmayar.
Brando la condujo cuidadosamente hasta el sofá. Serena estaba pálida, sudorosa y parecía tener dificultades para mantenerse incorporada. Diana se arrodilló junto a ella, asustada.
—Mamá —suplicó, tomándole la mano.
Brando se agachó frente a su madre.
—Mírame, mamá. Estoy aquí.
Serena intentó enfocar la vista en su hijo.
—No quiero perderte, Brando…
Aquellas palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier reproche.
—No vas a perderme —respondió él, apretándole la mano—. Te lo prometo.
Diana buscó rápidamente el teléfono y llamó a emergencias. Mientras esperaban ayuda, permaneció al lado de su madre y Brando no se apartó del sofá. Su expresión había perdido toda la dureza que mostraba habitualmente. Ahora solo había preocupación en sus ojos.
Cuando llegó el personal médico, evaluaron a Serena y comprobaron que tenía la presión arterial baja. Después de estabilizarla, indicaron que debía descansar y evitar nuevas situaciones de estrés mientras completaban la evaluación.
Brando escuchó cada indicación con atención y respondió a todas las preguntas que le hicieron sobre lo sucedido.
Cuando por fin se quedaron solos, Serena descansaba recostada en el sofá, con Diana sentada a su lado. Brando permaneció de pie frente a su madre, con las manos hundidas en los bolsillos.
—Mamá…
Serena abrió los ojos.
—No quiero discutir contigo ahora, hijo. No tengo fuerzas.
Brando bajó la mirada. Por primera vez desde que había salido de la comisaría, no encontró ninguna respuesta desafiante que pudiera ofrecer.
—Lo siento.
Serena lo observó en silencio.
—No me basta con que lo sientas, Brando. Necesito que entiendas lo que estás haciendo con tu vida. No eres el único que sufre las consecuencias de tus decisiones.
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