Keile es el hijo de un estricto general toda su vida fue criado entre régimen reglas y perfección su ojos verdes siempre alerta siempre fríos y distante no omite errores si piel blanca y su cabello dorado no van encanja dentro de los estándares de soldado para el que fue creado a sus 24 años no conoce el amor lo concidera un distracción de lo que realmente importa sengu el.
Su nemesis Brayan hijo del más temido mafioso fue criado de forma muy distinta sin reglas sin estándares
Lejos de la perfección extrema y rodeado no solo de lujos también de amor de pies impecable ojos grises y complexión musculosa a sus 25 años es listo escurridizo estratégico su mente es analítica cuando debe
ambos comienza una rivalidad desde el jardín de infancia cuando Brayan derramó sin queres sobre la mochila de Keile un juego de uva desde entonces Keile lo a visto como un ejecutivo pero mientras el va enserio en querer hundirlo Brayan se divierte viendolo intentar y fracasar tomado todo como un juego
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El colapso de la fortaleza
Keile
Cuando sus labios tocaron los míos, el mundo de cristal que había construido durante diecinueve años estalló en mil pedazos.
No fue solo un beso. Fue una invasión.
En el instante en que sentí la suavidad de su boca, mi Alfa interior —esa parte de mí que siempre había sido un soldado obediente— se volvió contra mí. Un rugido primitivo, salvaje y ensordecedor recorrió mi columna vertebral. Mi "Lobo" no quería pelear por el territorio; quería rendirse y reclamar al mismo tiempo. Una voz ancestral gritaba en mi mente con una urgencia que me quemaba las venas: "¡Mío! ¡Es él! ¡Es nuestro!".
Sentí un tirón en el pecho, un vínculo invisible pero tan real como el acero de mis medallas, que me ataba a este hombre de lluvia y bosque. Según los manuales, dos Alfas deberían estar intentando someterse el uno al otro, pero mi biología me estaba mintiendo... o quizá me estaba diciendo la verdad por primera vez.
El aroma de Brayan se volvió de repente más denso, más oscuro, casi posesivo. Sentí una presión en el ambiente que me obligó a contener la respiración. Mi Alfa, en lugar de defenderse, se inclinó hacia ese aroma, reconociéndolo como su destino, como la pieza que faltaba en mi rompecabezas de soledad.
Me quedé petrificado, con las manos temblando levemente a los costados. Mi mente gritaba: "¡Aléjate! ¡Es un criminal! ¡Es un riesgo!", pero mi sangre respondía con un latido violento que solo pedía más. Estaba aterrado. Estaba aterrorizado porque, por primera vez, no podía controlar lo que sentía. El orden, la jerarquía, los informes... todo se sentía insignificante comparado con la electricidad que recorría mis labios.
Cuando él se separó apenas unos milímetros, me sentí desnudo. El frío del ático volvió a golpearme, y la falta de su contacto fue como si me arrancaran una parte de la piel.
—Ves... —susurró él, y su voz burlona fue lo único que me devolvió un poco a la realidad—, el mundo no se ha acabado porque hayas dejado de estar al mando por un segundo.
Lo miré, tratando de enfocar mis ojos nublados. Mi aroma a menta y metal estaba desatado, dulce y amargo a la vez, gritando mi vulnerabilidad a los cuatro vientos. Brayan me miraba con esa seguridad insultante, sin saber —o quizá sabiéndolo perfectamente— que acababa de convertir al Alfa más disciplinado del sector en un hombre que, por un segundo, estuvo dispuesto a quemar sus manuales solo para volver a sentir ese beso.
Me obligué a tragar saliva, tratando de recomponer mis piezas rotas. Mi Alfa seguía aullando dentro de mí, reclamando lo que era suyo, pero mi orgullo seguía ahí, herido y confundido.
—No sé qué acabas de hacer —logré decir, mi voz saliendo más quebrada de lo que me gustaría admitir—, pero esto... esto no cambia quiénes somos, Brayan.
Mentía. Lo sabía yo, lo sabía él, y lo sabía el destino que ahora nos envolvía en ese ático blanco y negro. Nada volvería a ser igual.
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Estoy muy agradecido con esta obra, la disfruté demasiado, muchas gracias.