En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
NovelToon tiene autorización de Alejandro Romero Robles para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16 : MINERALES, LEYES Y PACTOS
La mañana en la Comunidad del Dragón amaneció clara y extrañamente doméstica. El trabajo de construcción continuaba entre risas; niños corrían entre los muros de tierra apisonada, y los herreros practicaban golpes rítmicos que resonaban como un pequeño latido colectivo. En el centro del poblado, una mesa larga servía de punto de encuentro para los que tenían cosas que discutir y los que simplemente querían compartir un cuenco.
Reinders se encontró junto a Elsa en una de las esquinas menos concurridas, cerca del arroyo que cruzaba la pradera. Ella hojeaba con calma un viejo pergamino que contenía fragmentos de tratados académicos, notas de monasterios y traducciones de cantos antiguos. Su actitud, siempre serena, multiplicaba la calma del entorno; él, por su parte, disfrutaba de la calma como si fuera una rareza.
—Siempre me impresiona cómo puedes leer tantos papeles sin dormirte —dijo Reinders, apoyando la espalda contra un poste.
Elsa alzó la vista, sus ojos todavía con ese brillo calmado de color rojo. —No es tanto la cantidad como saber qué buscar. Además, no todo en la historia está escrito por los vencedores; algunos secretos sobreviven en los estudios raros.
Reinders observó el pergamino con curiosidad y pidió, con una sonrisa: —¿Me cuentas lo del Rango de Genio? Dijiste que encontrarías algo que explicara bien sus niveles.
Elsa cerró el pergamino con delicadeza y se acomodó para hablar; su voz se volvió didáctica, clara, casi musical. Reinders se acomodó también junto a ella como si de una pareja conversando se tratara, intrigado. Las sombras del mediodía se alargaban.
—El Rango de Genio —comenzó ella— no es simplemente “poder” como lo entiende un soldado. Es una combinación de talento innato, comprensión absoluta del maná y la capacidad de redefinir la propia naturaleza del don. Se divide en cuatro niveles. Escucha bien porque no son solo números: son filosofías.
Reinders prestó atención, esta ves en vez de al lado se sentó justo delante de ella; Coleman vibró levemente en su funda como si él también escuchara.
—Genio I — Iniciación del Arquitecto. Aquí el individuo trasciende la repetición y comienza a entender estructuras complejas de maná. Un mago de este nivel puede modificar la forma de un hechizo para que haga cosas distintas: curar y dañar al mismo tiempo, mantener una barrera que funcione como espejo, algo así. No es espectacular en potencia, pero sí en versatilidad. Es la maestría de la teoría sobre la práctica.
—Genio II — Maestría de la Fórmula. Acá se conjugan potencia y diseño. El usuario puede combinar sistemas de magia que antes eran incompatibles y crear fórmulas que alteran la naturaleza de los elementos. Por ejemplo, alguien en Genio II podría crear un metal imbuido con fuego perpetuo o forjar una runa que cambia su afinidad con el entorno. Es el comienzo de la artesanía revolucionaria. Las técnicas que parten de este punto se las conoce como técnicas ancestrales
—Genio III — Síntesis. En este nivel, la persona ya no solo mezcla; crea nuevas naturalezas. Las barreras entre elementos se vuelven permeables. Un alquimista de Genio III podría combinar vida y piedra para crear golems semi-sensibles o forjar armaduras que “piensen” en batalla. La síntesis altera reglas antiguas y la práctica exige control absoluto de la mente.
—Genio IV — El Arquitecto del Orbe. Es la cumbre. Aquí ya no se habla de trucos: el individuo puede alterar patrones básicos del maná en áreas amplias, reescribir “reglas” de la naturaleza por un tiempo. No es omnipotencia; es reescribir las condiciones del juego, pero a un precio enorme: desgaste físico, pérdida de partes del alma o la necesidad de vínculos raros con entidades antiguas. Un Genio IV puede cambiar el curso de una guerra mediante invenciones que parecían imposibles, pero cada acto deja una huella en su ser. No se han visto muchos Genios de Nivel IV en la historia, La reina de los dragones, el rey elfo de hace 100 años , otros pocos seres arcanos y místicos, el Rey Coleman, etc.
– El Oscuro, agregó Reinders .
– La fuerza que tenía El Oscuro en su plena potencia no es del rango Genio. Todos los niveles del rango Genio tienen su lógica pero, en poder del Oscuro carecía de sentido. Era el principio del poder de un dios.
Elsa cerró los ojos un instante, como si hubiera sentido el eco de todo aquello en la memoria de la tierra.
—No es solo poder —añadió—. Cada salto exige una renuncia: memoria, humanidad, tiempo de vida… o el precio que imponen las propias runas. Por eso los genios son raros, y por qué muchos prefieren no subir hasta los últimos escalones.
Reinders absorbió la explicación con la concentración de un alumno que siente la apertura de puertas nuevas. Coleman, en su mente, dejó escapar una nota seca: “Útil. Si no te vuelves loco antes.”
—¿Y las razas? ¿Pueden todos alcanzar ese rango? —preguntó Reinders.
—En teoría —respondió Elsa—. Pero culturalmente solo algunas razas han desarrollado la disciplina para escalar. Los enanos son maestros en llegar al Genio II y III gracias a su metalurgia; los elfos, también; y algunos humanos escalan por mera voluntad. Los demonios… tienen una relación complicada con los niveles: su naturaleza a veces salta instintos y atajos que rompen las reglas. Por eso son peligrosos.
Mientras Elsa hablaba, Estu llegó corriendo, con el cabello despeinado y señales de polvo en las botas, rompiendo la calma como siempre lo hacía. Estu, con su acostumbrado destello de emoción y su bolsa repleta de instrumentos, dejó escapar la noticia casi sin aliento.
—¡Encontré algo! ¡No lo creerán! —gritó—. Mitril. Montones de vetas en las colinas del norte. ¡Pude seguir las señales desde la cueva que marcamos hace unas semanas!
La mención del mitril provocó un murmullo colectivo. Reinders sintió cómo la curiosidad se transformaba en electricidad: el mitril era legendario, un metal con propiedades únicas, capaz de mejorar armas y armaduras y de convertirse en la base de comercio y poderío para cualquier ciudad que lo poseyera.
—¿Estás segura? —inquirió Mar con los ojos brillando
—. Si es auténtico… podríamos crecer en generaciones.
Estu asintió, orgullosa y un poco grandilocuente.
—Y no es solo una veta. Es una red de minas. Con enanos trabajando, podríamos convertir esto en un centro. ¡Imagina! Forjas todas las noches, comerciantes, artesanos, niños aprendiendo a labrar mitril… —su discurso fue interrumpido por un coro de “¡Sí!” y risas.
Drop, que había llegado con un grupo de reclutas a supervisar la seguridad, alzó una mano y ordenó la calma: —Antes de cantar victoria: la región está poco explorada. Las minas no son de nadie… y podrían ser de todo el mundo si no actuamos rápido. Además… también hay rumores de cosas bajo tierra. No sabemos qué habrá dejado la guerra.
Reinders, impulsivo como era, se ofreció sin pensar: —Voy a explorar con ellas. No los dejaré solos en esto.
Mar lo miró con esa mezcla de orgullo y reproche que solía usar con él. —No te mueras tratando de impresionar, Reinders. —Lo empujó con el hombro y sonrió.
—Ese es el plan de todos, aparentemente —murmuró él, con una media sonrisa. Coleman, en su mente, añadió una observación más sobria: “Falta de visión estratégica: aceptada.”
Pocas horas después, el grupo ya iba en camino. El monte se acercaba, cubierto de maleza y piedra. El sendero se estrechó y, con él, la luz se atenuó. Llegaron a la entrada de una boca de mina: un arco de roca con vetas que destellaban, apenas visibles, pero al tocar una piedra se sintió una resonancia metálica que hizo vibrar la empuñadura de Reinders.
—Mitril —murmuró Estu con los ojos tan abiertos como platos—. Es real.
Entraron con antorchas y cuerdas. La mina fue un laberinto de galerías que descendían en espiral. Minutos se volvieron horas y, en un descuido de la cartografía improvisada, el grupo perdió el rumbo. Un derrumbe pequeño los separó de la entrada; los pasillos se parecían todos, y la oscuridad comenzó a pesar.
“Sensible,” susurró Coleman en su mente. “Hay rituales en la roca. Esto no es natural.”
—Quizás los antiguos mineros enanos dejaron señales —sugirió Estu, que siempre miraba las paredes para encontrar trazos—. Hay símbolos. —Su voz denotaba la mezcla de emoción y preocupación.
Y entonces, guiados por intuición y por las huellas de herramientas extrañas, llegaron a una cavidad tan vasta que las antorchas parecían luciérnagas ante su magnitud. Luces ámbar y forjas resplandecientes, y arcos de piedra trabajada. Puertas de metal con rosetas; fue entonces cuando vieron las escaleras que descendían hacia algo aún más profundo: una ciudad bajo la tierra.
Ertad Triber se presentó ante ellos: columnas talladas, ruedas de trabajo inmensas, y en el centro, figuras recias de enanos que tallaban lingotes con un ritmo ancestral. La ciudad estaba viva, su estructura labrada como si los mismos montes se hubieran convertido en talleres. Y aquella gente, curtida y temperamental, los observó con recelo y asombro.
—¡Forasteros! —rugió una voz ronca, grave como el martillo sobre el yunque—. ¿Quién osa entrar en Ertad Triber sin las marcas del clan?
Un enano de pecho ancho, barba trenzada con anillos de hierro, se adelantó. Su hacha descansaba a su lado, pero no en actitud ofensiva. En sus ojos se leía fuego y prudentísima curiosidad.
—Me llamo Trok —dijo, acercándose con pasos cortos—. Y no me gustan los invitados sorpresa. Pero tampoco me gustan los desposeídos. —Miró a Reinders y sus compañeras—. ¿Qué traen bajo esas capas que huelen a mundo exterior?
Reinders se adelantó, con cortesía: —Somos de la Comunidad del Dragón. Encontramos una veta de mitril y… entramos por error. No vinimos a ofender. —Sus palabras fueron directas, sin pretensiones.
Trok lo evaluó con la detenida mirada de quien pesa la carne y la intención. Finalmente, soltó un gruñido que se transformó en sonrisa: —Si fuera por mí, la mina sería de Ertad. Pero el mundo no es tan simple. Escúchenme: los demonios han estado robando bocas de mina en los extremos de nuestras rutas. Se esparcen por túneles, talan pilares con fuego que descompone la roca y lanzan sombras que corrompen el metal.
El murmullo en la sala aumentó. Estu se tensó. —¡Demonios! ¿Aquí? Pero si esto está al borde de la región humana… —estaba a punto de soltar una cascada de preguntas.
Trok alzó una mano. —Escuchen. Les propongo un trato. Ustedes me ayudan a limpiar las bocas de mina tomadas por esos monstruos. Recuperamos el flujo de mitril y yo les daré lo que cualquier artesano sueña: una reserva suficiente de mitril para forjar su comunidad.
Mar clavó la mirada en Trok. —¿Por qué confiar en nosotros? —preguntó con la firmeza que la había hecho líder.
—Porque les vi en combate —replicó el enano, señalando alguna de las cicatrices en las armaduras de ellas—. Porque tienen lava, hielo, metal… y un poder con marca de leyenda. —Sus ojos apuntaron a Coleman con respeto—. Además, si recuperamos la mina, los mercados volverán. Ertad gana y ustedes también. No hay beneficio en mentir.
Reinders, aún sintiendo el pulso del mitril en sus huesos, levantó la barbilla. —Aceptamos.
Trok les ofreció la mano, corta y callosa. Reinders la estrechó, sellando el trato.
Mientras la ciudad subterránea retomaba su ritmo, Trok les guiñó un ojo con humor seco: —Mañana al alba. Descansen. Y no traigan humo con aromas sospechosos. Aquí la cerveza es seria.
Esa noche, al volver a la Comunidad del Dragón, el grupo reflexionó junto al fuego. El mitril prometía prosperidad; la alianza con los enanos ofrecía herramientas y forjas que transformarían la comunidad en ciudad. Pero el nombre de demonios flotaba como una sombra inmaterial: una nota discordante.
Reinders, mirando las estrellas, sintió cómo su pecho se apretaba. Coleman habló, más grave que de costumbre: “Ganas y precio. Todo oficio demanda ambos.”
—Lo sé —contestó Reinders—. Si construir significa luchar, construiremos.
Y en la quietud que siguió, una brisa fría llegó desde el norte, trayendo un leve olor a azufre y una resonancia de algo que no había sido invitado al mundo en siglos. Si hay demonios solo significa una cosa.
“Valor.”
La palabra se deslizó en su mente como un presagio.