Primer libro de la saga colores
Eleana Roster es hija de un fallecido conde, su hermano queda a cargo de su tutela y la de su hermana. La única preocupación es conseguirle esposos adecuados, pero la vida de Eleana no a sido del todo plena, debido un accidente que sufrió de pequeña a tenido que sobrellevar sus veinte años con una discapacidad, soportando muchos desprecios y cuando su hermano decide presentarla en sociedad recibe un desplante que le cambiará la vida por completo.
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BOCHORNOSO MOMENTO
...ELEANA:...
El duque no apareció en la cena, no me importaba, solo quería demostrarle que yo podía lidiar con él sin ningún problema. Comí al cansarme de esperar y observé como su comida dejaba de echar humo y se enfriaba lentamente. Le irritaba tanto que yo lo despreciaba, con todo lo que dijo me quedaba claro, pretendía que me hiciera de la vista gorda y olvidara todos sus horribles tratos, yo no podía tratarlo como si me agradara y tampoco podría tratarlo como mi esposo, a pesar de que lo era.
Necesitaba tiempo para acostumbrarme a mi nueva vida y al nuevo título que había recaído sobre mí, pero a pesar de que el tiempo pasara, estaba segura de que no olvidaría como era el duque y lo que hizo.
Aunque en ese salón, por un momento olvidé todo y por primera vez en mucho tiempo me había divertido, disfruté tanto de entrenar junto al duque, mostrando mis habilidades y muy en el fondo disfrutando de las suyas. No podía negar que era un experto defensa y armas, que en cada uno de los desafíos casi no lo superé. Al final habíamos quedado empatados, pero estaba tan satisfecha e incluso feliz de volver a hacer algo que me gustaba. Jamás me imaginé junto a mi enemigo, jugando como compañeros de un mismo equipo, alardeando y luchando con palabras.
Fue divertido, no lo negaba.
Me levanté de la silla, un poco irritaba cuando no terminó de aparecer. No esperaba que me dejara plantada en la cena, me dió a elegir y yo decidí no huir, pero en ningún momento dijo que no cenaría conmigo y eso me pareció descortés. Debió tomarse la molestia y avisarme, para yo no tener que quedarme allí, con las velas y la leve oscuridad como única compañía.
Volví a mi habitación y me preparé para dormir, pero estuve dando vueltas en la cama y terminé con el libro de poesía, acercando el candelabro a la mesita de noche para poder visualizar las letras en la oscuridad.
— Labios de terciopelo, ojos de un profundo pozo que calma la sed de los que se cruzan con él, su cabello agita como los campos de trigo mecidos por el viento que los acaricia suavemente — Leí uno de los versos — En su piel lleva la marca de rocío, en sus voz el correr de aguas cristalinas, algunas veces pacíficas, sutiles, juguetonas y otras rugiendo furiosas, golpeando las rocas... Besos de párpados... — Mi voz se apagó, recordando el cabello largo del duque, sus labios sensuales y sus pestañas largas.
Mi mano sujetó el rizo de mi cabello, recordando como el duque lo había tomado y la extraña respuesta al sentir sus dedos rozar mi oreja se repitió. Erizando mis bellos y punzando en mi estómago.
Sacudí mi cabeza y cerré el libro.
Lo coloqué sobre la mesita de noche, junto al barco de papel y en seguida sentí enojo conmigo misma. ¿Cómo le dejé acercarse tanto? Estaba tan sumida en esa imagen hermosa y devastadora, en la forma de sus músculos, que olvidé por completo lo que se escondía bajo su belleza.
Terminé cerrando los ojos, el entrenamiento me había dejado agotada, me dolían los brazos de tanto tirar las dagas, disparar las flechas y la pierna derecha por apoyar el peso de mi cuerpo.
Me dormir rápidamente gracias a eso.
...****************...
Un dolor agudo me despertó, se disparó en mi tobillo y me dejó la pantorrilla rígida, gracias al horrible calambre.
Ahogué un gemido de dolor, girando en la cama, elevando mi pierna para alcanzar mi tobillo por debajo de las sábanas. Intenté masajear, pero el dolor no me dejó en paz, se agudizó más y ahogué un grito contra la almohada.
Del cansancio, olvidé por completo el masaje diario que impedía que se me atrofiara el tobillo en la noche. Eso que aún no llegaba el invierno, la época más odiada para mí, cuando el dolor me perseguía con más fuerza.
Se me salieron las lágrimas cuando el dolor se hizo insoportable.
Intenté encontrar el bálsamo tanteando con las manos. Las velas se habían apagado y no podía visualizar el cajón de la mesita de noche, tampoco podía moverme porque el dolor me lo impedía.
Tendría que aguantar, esperar a que pasara. No quería despertar a Lira, ella estaba lejos y mis gritos solo espantarían a todos en el palacio.
Mordí la almohada, extendiendo mi pierna un poco, jadeando por el dolor.
Algo crujió a mi izquierda y me quedé callada cuando la puerta interna se abrió, una luz se filtró por la habitación.
Giré mi cabeza hacia la puerta.
Encontrando al duque en el umbral con una lámpara de queroseno colgando de su mano.
La luz revelaba su rostro soñoliento y su cabello revuelto, despeinado, revelando que el ruido lo había sacado de la cama.
No llevaba camisa, solo unos calzones que no cubrían sus piernas musculosas.
— ¿Qué hace aquí? — Ladré, mi voz sonó forzada gracias al dolor.
— Me despertó con sus quejidos — Gruñó y cerró la puerta, me tensé ante la acción, no lo quería en mi habitación — ¿Qué le sucede?
— ¡Nada, vuelva a sus aposentos, no tengo nada! — Casi grité, sintiendo otro latigazo.
— Eso no sonó como si no estuviera teniendo nada — Se acercó al pie de la cama.
Traté de cubrirme hasta el cuello.
— Estoy bien, váyase.
— No sea orgullosa, dígame que es lo que tengo que hacer — Dijo servicial, con expresión demandante, negué con la cabeza.
— No es necesario...
— ¡Ya deje de mentir, de aquí puedo ver como suda del dolor! ¿Qué lo que tiene? — Exigió impaciente.
— Tengo un calambre en mi tobillo — Jadeé, derramando lágrimas.
— ¿Es la primera vez que sucede?
— No, pero lo puedo evitar — Observé el cajón en la mesita de noche — Hay un frasco con bálsamo allí, lo uso todas las noches, pero lo olvidé por completo.
Él rodeó la cama y se agachó un poco, noté que se detenía a observar el barco y el libro por unos segundos, pero siguió mis indicaciones y registró dentro del cajón.
Me enseñó el frasco.
Asentí con la cabeza y extendí mi mano para que me lo entregara, pero dejó el candelabro en una mesa cercana, volvió y se sentó al pie de la cama.
— Yo lo haré — Me apartó las sábanas del cuerpo y me sonrojé al quedar expuesta, solamente llevando un camisón que no alcanzaba a cubrir mis piernas.
— No es necesario, puedo hacerlo sola, siempre lo hago — Intenté tirar de las sábanas que aún sujetaba para cubrir mis vergüenzas, pero mantuvo su mirada en mi rostro.
— No lo dudo, pero sería más fácil para usted si yo lo hago, quédese quieta — Alejó las sábanas, observando mis piernas, me estremecí, sintiéndome indefensa.
— Será desagradable para usted.
Frunció el ceño.
— ¿Por qué sería desagradable?
— Porque a nadie le gusta lidiar con un tobillo deforme y mucho menos poner sus manos en él — Dije y resopló.
— Jamás me desagradaría algo así, he tratado con cosas peores.
Claro, si curaba animales con heridas fatales un tobillo deforme no era nada para él.
Pero, yo no era un animal.
Destapó el frasco.
— Solo hará falta un poco — Expliqué apenada, poniendo especial atención en el líquido aceitoso que caía en su palma, dejó el frasco en la mesita y frotó el bálsamo entre sus manos.
Intenté indicarle cual era el pie lastimado, pero no hizo falta cuando se percató de la deformidad del izquierdo. Su mandíbula se tensó, ocultando sus pensamientos y luego posó sus manos en mi lesión.
Me sobresalté y elevó su mirada.
El contacto era demasiado cálido en mi piel rígida y helada. Fue una mezcla de dolor y alivio.
— ¿Está bien? — Preguntó, con sus manos inmóviles.
— Estoy bien, hágalo suave por favor.
Volvió su vista hacia mi tobillo, empezó a mover sus manos con delicadeza y lentitud. Los primeros movimientos me dolieron, pero lentamente el dolor se apaciguó cuando masajeo la zona.
Elevé mis ojos hacia su rostro, sus pestañas eran como medias lunas, jugando con sus pómulos marcados, bajo la luz de la lámpara.
El cabello le caía hacia adelante. Al parecer nunca lo usa a corto, pero no me lo imaginaba en un estilo más reservado y sinceramente le quedaba muy bien.
Parpadeé, volviendo mi atención hacia el masaje.
No esperaba tanta dedicación en su labor, ni mucho menos tanta experiencia en los masajes.
No pude contener el suspiro de alivio y me observó por debajo de sus párpados.
— ¿Cómo están los cachorros? — Pregunté y sus hombros se le tensaron.
Pensé que no iba responder, pero después de un silencio hizo un gesto de impaciencia.
— Cada vez están más inquieto.
— ¿Suelen ser muy traviesos cuándo tienen pocos días de nacidos?
— Si, digamos que es una forma de explorar el nuevo mundo que se abre ante ellos — Habló sin detener el masaje — Son muy confiados en ese tiempo.
— Son muy tiernos... Quisiera abrazarlos — Hice un mohín y elevó una comisura.
— Cuando quiera ir a verlos, dígame.
Lo observé con la cabeza inclinada.
— ¿Ya no tengo prohibida la entrada?
— Le dije que sin mi permiso no debe entrar, solo sin mi permiso — Me aclaró, deteniendo sus manos un instante — Le estoy dando mi permiso de ir a ver a los cachorros cuando guste.
Mis ojos se sintieron un poco pesados, gracias al masaje relajante.
— ¿Qué hará con ellos cuando crezcan?
— Aún no lo tengo decidido — Murmuró, suspirando.
— Puede darlos en adopción.
— Si, pero debe ser a personas indicadas, no me gustaría dejarlo en manos de irresponsables y maltratadores.
Su dedicación a los animales empujaba un poco mi desagrado. No quería, pero al oírlo expresar tanta preocupación y cariño, me hacía verlo con otros ojos, ojos de admiración, pero nuevamente recordaba que hacía todo lo contrario con las personas y me dominaba el enojo.
— Su amor hacia los animales es maravilloso — Suspiré y me observó, sus ojos brillantes al recorrerme con la mirada.
— ¿Eso es un complicado?
— Solo lo estoy admitiendo — Me encogí de hombros.
Observó hacia la mesita.
— ¿Le gusta la poesía?
Giré mis ojos al libro reposando allí.
— Me gusta, pero no tanto para memorizar cada una de ellas, lo leo por entretenimiento.
— Conozco ese libro y la mayoría de los poemas, mi...
Se interrumpió.
— Ya está listo.
Elevé mi cabeza de la almohada cuando alejó sus manos, intenté no hacer un gruñido de protesta y soltó una risita.
— ¿Ya no duele? ¿Prefiere que siga haciendole masajes toda la noche? — Su voz gutural hizo eco en partes de mi cuerpo que creí inexistentes.
Me sonrojé y me cubrí con las sábanas rápidamente.
— No, ya se puede retirar — Corté con un tono severo.
— A la orden — Me guiñó un ojo.
Se levantó de la cama.
— Muchas gracias por la ayuda — Dije, sin poder dejar la vergüenza.
— No es nada, tenía que venir, sino no iba dejarme dormir.
— Claro, tenía que ser por eso — Gruñí al arrogante.
Tomó la lámpara para alejarse.
— Buenas noches, Señorita Eleana.
— Espere — Se detuvo cerca de la puerta y me observó — ¿Qué le sucedió? ¿Por qué no llegó a cenar en el comedor?
Me dió una expresión relajada.
— Si lo hice, pero ya era tarde, me quedé dormido, el entrenamiento me dejó sin nada de energía.
Abrió la puerta y se marchó.
Dejando mi habitación en completa oscuridad.
Me acomodé, sintiendo mi tobillo más ligero que cuando yo me hacía los masajes. El calor de sus manos se mantuvo por mucho tiempo y pronto pude descansar sin ningún problema.
...****************...
A la mañana siguiente las doncellas entraron en lugar de Lira y me quedé sentada en la cama, con expresión incómoda cuando se presentaron muy melosas, ofreciendo sus servicios con tan falsa amabilidad.
— ¿Dónde está Lira?
— Está un poco ocupada con el Duque, nos ha pedido que vengamos a asistirla en lo que necesite — Dijo la morena, alisando su delantal.
Tomé el bastón y me levanté, rodeando ambas mujeres.
— Preparen la bañera, luego déjenme sola — Pedí y asintieron, se precipitaron al baño y urge el interior del armario para buscar un vestido que colocarme.
Al menos el duque no había insistido en cambiar mi forma de vestir, ni en comprarme ropa.
Coloqué el vestido sobre la cama, junto a la ropa interior y las medias.
Me acerqué a la puerta del baño, pero nuevamente oí a esas mujeres murmurar.
"Tiene unos pocos días aquí y ya se le subieron los humos"
"Es una mosca muerta, dentro de poco la veremos queriendo controlar al duque y cambiando todo a su forma"
La rabia me hizo apretar el bastón hasta que los nudillos se me tornaron blancos.
Entré cuando se callaron y ambas se formaron junto a la bañera.
No quería que me ayudaran, pero necesitaba que me quitaron los botones del vestido.
Les ordené hacerlo, con menos amabilidad. Se observaron, pero procedieron a hacerlo.
Entré en la bañera, sosteniéndome de una de ellas y me sumergí en el agua.
— Mi Señora, iré por el desayuno — Dijo la tal María o Anastasia, no puse atención en cuál correspondía a cada nombre.
— Y yo iré a dejar su ropa en la lavandería.
Cerré mis ojos, aliviada cuando se marcharon, pero no volvieron después de tanto tiempo que se me arrugó la piel.
Me elevé, intentando no resbalar cuando me hizo falta el bastón, pero no estaba donde lo había dejado junto a la ropa.
Maldición, lo habían hecho a propósito, eso era seguro.
El duque tenía razón respecto a esas doncellas.
Esperé para no sacar conclusiones precipitadas, pero empecé a temblar de frío.
Intenté de nuevo, usando mis brazos para apoyarme. Saqué mi pierna sana primero, apoyando con cuidado mi pie en las baldosas, luego saqué la otra pierna, apoyando la puntas de mis dedos únicamente.
Mis pies estaban húmedos cuando se posaron en el suelo y casi me resbalé. Recuperé el equilibrio y salté a tropezones hacia la puerta.
Giré la perilla, pero no se abrió.
Tiré de ella furiosa, estremeciendo la puerta cuando me percaté de que me habían dejado encerrada.
— ¡Ayuda! — Grité, golpeando la madera — ¡Alguien, estoy encerrada! — Tiré de la perilla nuevamente — Infelices, me van a pagar por esto — Murmuré, golpeé más fuerte — ¡Ayuda, por favor!
La puerta de afuera se abrió, unos pasos se escucharon y me sentí aliviada.
— Lira, estoy aquí, en el baño.
Los pasos se detuvieron, pero no parecían los de Lira.
La cerradura hizo click y me aparté de la puerta.
Se abrió lentamente, pero no se trataba de Lira.
El duque apareció, inmóvil en el umbral, sus ojos bajaron por todo mi cuerpo.
Grité, cubriendo con mis manos todo lo que pude.