Luego de 10 años sin verse, Hanna se reencontró con un viejo compañero de la preparatoria. Pero para su sorpresa, aquella persona que estaba frente a ella era totalmente diferente al muchacho que había conocido. Hanna intentará descubrir qué le ocurrió durante todos esos años de ausencia y quizás ablandar ese duro corazón. ¿Podrá hacerle frente a su oscuro pasado?
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Puesto callejero
El castaño fue a buscar a Hanna luego de llevar su auto a un estacionamiento. Tal y como ella dijo, le estaba esperando en una plaza muy bonita y bien decorada, con amplios jardines y la fuente característica en el medio. Ella estaba agachada, al principio no sabía por qué, pero a medida que se acercaba supo que la mujer lo que hacía era acariciar a un perrito. El hizo una mueca de desagrado y comenzó a desacelerar su paso.
—Oye. ¿Qué crees que haces?—comentó para llamar su atención.
—¡Ah! Regresaste rápido. Ven, ven. ¿No te perece lindo esta criaturita?—le responde ella refiriéndose a la mascota.
—Si...hermoso—contestó con ironía.
—Tócalo. Es muy suavecito—propone la chica mientras se va acercando a Yahír con el perro en brazos.
—No, no, no. Él allá y yo aquí. No lo acerques a mí. ¿Dónde está su dueño? Deberías devolvérselo y no perder más tiempo.
—¡Pero que aburrido eres! ¡no tienes corazón! ¿Cómo no te van a gustar los perritos?
—No es que no me guste. Simplemente no nos llevamos muy bien que digamos. Solo hazme caso y deja ese animal.
Hanna de mala gana y con tristeza devolvió al perrito. Ella regresó junto a Yahír e inconscientemente sacudió sus manos para quitar los pelos del animal que quedaron en sus palmas. Cuando Yahír se dio cuenta de su acción, era demasiado tarde. Maldijo un par de veces internamente y solo le pidió a Hanna que lavara sus manos.
Ella sin entender mucho, accedió. Consideró que Yahír podía sufrir de TOC. Pero no le iba a preguntar, porque sabía que él no hablaría y lo haría molestar.
Pronto emprendieron su camino rumbo a alcanzar su objetivo: encontrar un vestido apropiado para la dichosa fiesta de cumpleaños de Jade.
Fueron a los centros comerciales más grandes y sofisticados de la zona y los recorrieron por completo. Hanna era un poco exigente, no cualquier vestido le gustaba. Muchos de ellos se probó. Ella caminaba con mucha prisa, como si estuviera corta de tiempo. Era una maña que había adquirido, después de todo era médico y siempre estaba preparada para cualquier emergencia. Yahír intentaba seguir su paso, pero a medida que pasaban las horas comenzaba a sentirse mal. No paraba de estornudar y estaba tan rojo como un tomate. Hanna se probaba el vestido que definitivamente usaría para tal reunión. Se enamoró de él apenas lo vio.
Yahír esperaba sentado en un pequeño sofá dentro de la tienda. Trataba de contener los estornudos, empeorando aún más su situación. La muchacha que atendía el local se dio cuenta que el hombre no estaba bien. Ella intentó ayudarlo pero él muy descortés rechazó su ayuda. A lo lejos escuchó a la morena decir que estaba decidida a comprar el vestido que se había probado. Él como pudo le entregó su tarjeta a la cajera y canceló el vestido para luego salir como murciélago del infierno.
La chica buscó por todas partes a Yahír. La cajera, quien sabía que habían entrado juntos, le comentó que él ya había pagado el vestido y que se había ido del lugar.
—Creo que no se sentía muy bien su novio, señorita.
—¿De verdad? Gracias por informarme. Y no es mi novio—justificó sin necesidad. Pero tal cosa al parecer alegró a la cajera, que evidentemente se había interesado en él. Así que Hanna lanzó un strike—Es mi amigo gay.
La morena salió rápido del lugar, ya que no aguantaba la risa luego de ver el rostro de esa mujer. Era todo un poema, expresaba confusión, desilusión. Ella recorrió todo aquel piso en busca de Yahír. Luego de unos minutos, vio a lo lejos un hombre de espalda muy parecido a él. Ella sin dudarlo se acercó a él y posó su mano sobre su espalda.
—¿Qué ocurre?—preguntó ella. Él negó con la cabeza. Hanna intentaba verle a la cara pero no se dejaba, así que a la fuerza lo obligó a verla.
—¡Dios mío! ¿Por qué estás así?—se alarmó al ver su cara toda roja y llorando de tanto estornudar. Él intentaba cubrirse con un pañuelo que cargaba para limpiar sus ojos y nariz. Y como pudo le dijo:
—Alergia. Necesito una pastilla...
—Dime cual anti alérgico utilizas.
—Cualquiera está bien.
Ella a toda prisa fue a una farmacia por la pastilla, además de una botella de agua natural.
—Ten—extendió su mano para entregarle el medicamento. Yahír se sorprendió al ver que era exactamente la marca que él usaba con frecuencia. Estuvieron allí un buen rato, mientras el hombre se recuperaba.
—Luego deberías ir al medico—le dijo Hanna.
—Ya estoy bien. No hace falta. Esto es más común de lo que crees.
—¿Pero que fue lo que te causó ese ataque?
—El bendito perro que cargaste. Soy alérgico al pelaje. Por eso te dije que lavaras tus manos. Pero resulta que las sacudiste, alborotando los pelos.
—¿Y por qué no me dijiste? No tenía idea que fueras alérgico.
—Es por eso que no quería tocarlo.
—Lo siento...—Dijo la chica con culpa.
—Ya no importa. No te culpo, fue mi error por no decirte. ¿Compraste el vestido?
—Si. La cajera me comentó que ya lo habías pagado. También me dijo que te sentías mal. Eres demasiado orgulloso. Simplemente pudiste decirme que te sentías mal. Quien sabe qué hubiera pasado si las cosas se hubieran complicado.
—No necesito un sermón en estos momentos. No eres mi madre.
—Al menos agradece que me preocupé por ti. En fin. ¿Quieres comer? Yo invito. Y luego vamos por los zapatos.
—Bien.
—Pero no me desplumes, por favor. Recuerda que no soy multimillonaria y aquí las cosas exceden un poco los dígitos que manejo en el banco.
—No necesito cosas extravagantes. Con cualquier cosa para mi está bien.
—¿Qué te parece si comemos hamburguesa en un puesto callejero?
—¿Perdón?
—Dijiste que te conformabas con cualquier cosa. Te aseguro que te encantará—Ella lo tomó de la muñeca y lo llevó a un puesto de comida chatarra que había visto mientras lo esperaba en la plaza.
—Buenas tardes, señor. Quiero dos "Diablas" para comer aquí.
—Claro mi amor. ¿Con todo?—preguntó el dueño del puesto.
—¿Eres alérgico a otra cosa?—preguntó dirigiéndose al castaño.
—Muy graciosa. No, no soy alérgico a ningún ingrediente.
—Entonces con todo, señor—le notifica al hombre.
Ellos esperaban pacientemente sus hamburguesas.
—Te noto ansioso. ¿Acaso nunca has comido hamburguesas?—le pregunta a Yahír.
—Yo creo que no. Se ve muy ricachón el novio suyo. Pero no se preocupe, le aseguro que no se resistirá a esta belleza—interrumpe el señor entregándole la hamburguesa a Yahír—agárrala papi, sin miedo.
Yahír estaba más que en shock. No solo por el increíble tamaño de su comida, sino además por la forma en que le habló aquel hombre. El castaño volteó a ver a Hanna y su rostro transmitió perfectamente lo que estaba pensando.
—Es normal que se dirijan a ti de ese modo. No le tomes mucha importancia. Gracias bebé —respondió al recibir su pedido.
—¿Dónde están los platos y los cubiertos?
—¿Cubiertos? ¡Qué va! Esto se come con las manos—Hanna daba grandes mordiscos a su hamburguesa. Yahír quedaba impresionado por la forma en que abría la boca y entraba todo el relleno sin mucho esfuerzo. Incluso tuvo algunos pensamientos sucios por andar de mirón.
—¿Comerás todo eso?
—Si. Aunque no lo creas, soy un barril sin fondo.
Yahír quedó fascinado con aquel almuerzo. El si había comido hamburguesas, pero las hacía su nana en casa cuando era pequeño. Jamás había probado tal majestuosidad de impresionante dimensión. Quedó muy lleno, ya que no acostumbraba comer grandes porciones de comida. Estaban de regreso al centro comercial, ahora en busca de zapatos.
—Dime, ¿qué te pareció la comida? ¿Te gustó?
—Me encantó, debo admitir que nunca había probado algo tan grotesco.
—Nunca me dijiste si era tu primera vez comiendo hamburguesa.
—Por supuesto que no. ¿Piensas que vivo bajo una roca o qué? Simplemente nunca las había probado en la calle. Las comía en casa.
—Ya veo. ¡Bueno! ¡Ahora debemos quemar esas calorías! Completemos este outfit.