Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
NovelToon tiene autorización de ReWorld para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15
Adrián terminó bebiendo con Julián.
—Clara me dijo que quería ser mi apoyo —murmuró, con el vaso ceremonial entre los dedos—. No puede haberlo olvidado.
Julián soltó una risa.
—Las mujeres hacen eso. Te dan la espalda para obligarte a bajar la cabeza. En diez días vuelve.
—Tres —dijo Adrián—. En tres días vendrá a pedirme perdón.
Mónica entró a pedir dinero a su hermano. Llevaba un pasador de plata vieja con una luna mal grabada.
Adrián se quedó quieto.
—Detente.
Mónica palideció.
—Alpha Adrián...
Él le arrancó el pasador del cabello.
Lo miró por el costado. Había una marca pequeña, casi invisible. La que él mismo había hecho al entregárselo a Clara.
—¿Dónde lo conseguiste?
Mónica tragó saliva.
—Lo compré.
Julián frunció el ceño.
—Habla claro.
—Vi a la criada de Clara venderlo con un platero de marcas lunares. Lo compré barato.
Adrián dejó el vaso sobre la mesa. Se levantó sin una palabra y salió.
Mónica intentó recuperar el pasador.
—Era mío.
Julián se quedó pensando.
—Entonces Clara vendió el regalo de Adrián.
—¿Para qué?
—Para hacerlo rabiar. Para que la busque.
Mónica sonrió, aunque no entendía del todo.
Esa misma tarde Clara llevó a Regina y Pilar a una posada discreta.
Dejó sobre la mesa la única moneda que le quedaba.
—No puedo darles más por ahora. Pintaré. Pagaré la deuda de Adela y después les buscaré una casa.
Pilar se arrodilló con Regina.
—Nos salvaste.
Clara las levantó.
—Regina es mi amiga. No iba a verla entrar a una jaula.
Sacó los contratos de libertad y los rompió frente a ellas.
Regina se le echó encima llorando.
—No sé cómo pagarte.
Clara cerró los ojos. Vio a la Regina de la otra vida, apagada antes de tiempo.
—Viviendo. Encuentra a alguien bueno algún día. Eso me basta.
Luego recordó algo y tomó el rostro de Regina entre las manos.
—No te acerques a nadie de apellido Ortega.
Regina parpadeó.
—¿Tan malo es ese apellido?
Clara improvisó.
—Una vidente me dijo que tu desgracia tendría ese nombre.
Regina lloró más fuerte.
—Me quieres tanto que hasta fuiste con una vidente.
—Claro. Somos las mejores amigas del mundo.
Al salir de la posada, Clara compró papel, tinta y pigmentos. Gastó lo último.
—Rosa, prepara la tinta.
—¿Ahora?
—Ahora. Tenemos que comer.
Durante dos días Clara casi no salió. Pintó hasta que los dedos se le entumieron.
Elena mandó a preguntar por ella.
Inés regresó con la noticia.
—Luna, Rosa dice que Clara no deja de pintar. Quiere vender lienzos.
Elena cerró los ojos con culpa.
—La he descuidado. Toma dinero. Y si no basta, vende mis joyas.
Inés llevó cincuenta monedas al ala de Clara.
La encontró inclinada sobre un lienzo. El parecido con Elena le golpeó otra vez: los ojos, el gesto al concentrarse, la forma de fruncir apenas la boca.
—Se parecen tanto...
Clara levantó la vista.
—¿Dijo algo?
Inés se inclinó.
—La Luna me pidió traerle esto.
Clara rechazó la bolsa.
—No puedo aceptarlo. Mamá Elena ya ha hecho demasiado.
—Una joven necesita dinero propio. Si lo toma, la Luna descansará.
Clara acarició el bordado de nubes en la bolsa.
—Dígale que gracias. Cuando termine, iré a verla.
Cinco días después, llevó los lienzos a una galería.
Se cubrió con un velo ligero. No por vergüenza, sino por prudencia.
El encargado observó su porte y la condujo a una sala interior.
—Espere aquí. Avisaré al dueño.
Cuando la puerta se abrió, Clara se sorprendió.
—Emiliano.
Emiliano Chávez inclinó la cabeza.
—Clara Robles. Esta galería es mía.
—No lo esperaba.
—Me ayuda a pagar mis propios caprichos sin pedir permiso a la Matriarca.
Tomó los lienzos. Los miró uno por uno. Su expresión seria se volvió más atenta.
—¿Quién le enseñó?
Clara guardó silencio.
—Hay trazos de Joaquín Cárdenas —dijo Emiliano—. El viejo maestro no tiene discípulos. O eso dice.
El nombre de su maestro de la otra vida le hizo doler la garganta.
—No puedo hablar de eso.
Emiliano no insistió.
—Necesita dinero.
Clara asintió.
—Tres lienzos. Hay fallas por la prisa. Puedo darle cien monedas.
Los ojos de Clara brillaron.
—Gracias.
Él colocó cuatro billetes sobre la mesa.
—Las otras trescientas son anticipo por tres obras futuras. No quiero que mi pintora trabaje con hambre.
Clara entendió la bondad y no la rechazó.
—Acepto.
Con ese dinero pagó a Adela Suárez.
Adela rompió los documentos anteriores con una sonrisa nerviosa.
—Nunca pensé que una hija de rama menor movería tanto dinero.
Clara tomó los nuevos papeles de libertad.
—Gracias por el buen augurio.
Después llevó a Regina y Pilar a una casa pequeña en la orilla de Obsidiana. Pilar negoció el precio con una habilidad que hizo sonreír a Clara.
—Siempre se me dio hablar —dijo Pilar—. A Regina no pude enseñarle eso.
La casa tenía cuatro cuartos, patio y un pozo.
Regina la acompañó hasta el callejón.
—Cuando mi padre aceptó venderme por setenta monedas, me dolió. Pero también pensé que, si era tan barata, quizá podía comprar mi libertad.
Clara la abrazó.
—Nunca vuelvas a medir tu valor con el dinero de otros.
Regina asintió.
—Y recordaré lo de los Ortega.
Clara no sabía que, esa misma noche, un hombre herido se arrastraría hasta esa puerta.
—Me llamo Iván Ortega —diría con voz seca—. ¿Podrían darme agua?
Y Regina, demasiado buena para su propio bien, dudaría antes de ayudarlo.
Elena y Rodrigo
😍😍😍😍
CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈