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Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:782
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

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Amor y libertad

El sol de la mañana iluminó el comedor privado del palacio real con una claridad incómoda. Los grandes ventanales mostraban la niebla que se disipaba sobre los cañones, pero el ambiente dentro de la sala estaba cargado de sospecha. En el centro de la mesa, el desayuno imperial consistía en frutas frescas, pan recién horneado y té del norte.

La princesa Lysandra permanecía sentada frente al príncipe Valkarn. Ella vestía un traje de seda azul pálido, con el cabello recogido con una elegancia impecable. Nadie al mirarla podría adivinar que sus manos habían sostenido una daga sangrienta pocas horas antes en la biblioteca.

Valkarn, por el contrario, no había tocado su comida. Tenía el rostro serio y golpeaba la mesa rítmicamente con su anillo de plata.

—Es extraño —habló Valkarn, rompiendo el silencio con una voz fría—. Uno de mis mejores exploradores, el hombre encargado de revisar la seguridad de mis aposentos, no regresó a los cuarteles anoche. Los guardias dicen que lo vieron caminar hacia el ala de la biblioteca antes de la tormenta.

Lysandra tomó un sorbo de su té, manteniendo la mirada fija en los ojos del príncipe. Su corazón latía con calma, usando toda su experiencia en el control diplomático.

—La biblioteca real tiene pasadizos antiguos y suelos desgastados, príncipe Valkarn —respondió Lysandra con naturalidad—. Durante las tormentas de viento, las puertas pesadas suelen cerrarse solas. Si su hombre no conoce el palacio, podría haberse perdido en los niveles inferiores. O tal vez bebió demasiado vino en el banquete de bienvenida y resbaló por la muralla. El abismo no perdona a los descuidados.

Valkarn se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos se entrecerraron con malicia.

—Mi explorador nunca bebía durante el servicio, princesa. Y era un experto en moverse por las sombras. Sospecho que encontró algo que no debía en esa biblioteca. O a alguien.

—¿Está sugiriendo que mi palacio es peligroso para sus hombres, príncipe? —la voz de Lysandra se volvió afilada como un témpano de hielo—. Si no confía en la seguridad de Aethelgard, es libre de tomar a su flota y regresar al norte. Mi infantería demostró en el sur que puede contener a las sombras de Umbralia sin necesidad de que sus espías vigilen mis pasillos privados.

El viejo emperador, que observaba la escena con preocupación, intervino rápidamente.

—Príncipe Valkarn, mi hija tiene razón. Buscaremos a su hombre con la guardia real. No hay necesidad de crear tensiones antes de la boda.

Valkarn guardó silencio por unos eternos segundos. Finalmente, esbozó una sonrisa falsa y se reincorporó en su silla, tomando su copa de plata.

—Por supuesto, majestad. Solo es una baja menor. Los preparativos de la boda deben continuar. Si me disculpan, iré a revisar los barcos en el puerto.

El príncipe se levantó de la mesa y salió del comedor con paso firme. En cuanto las puertas dobles se cerraron, Lysandra soltó un largo suspiro y apretó los puños debajo de la mesa. Sabía que Valkarn no se había creído la historia del accidente. El tiempo para actuar se había reducido a unas pocas horas.

Al mediodía, Lysandra utilizó los pasadizos secretos para descender a la terraza baja de la ciudad, el territorio de la infantería. Cubierta con su capa oscura de cazadora, entró en los cuarteles de herrería, donde el olor a carbón, sudor y hierro inundaba el aire.

En el fondo del almacén militar, ocultos entre cajas de herraduras y armaduras viejas, la esperaban la general Kaelith y Mael. Junto a ellos, tres hombres vestidos con ropas de comerciantes de telas gruesas permanecían en silencio. Eran los delegados de los señores feudales de Osoria.

Al ver entrar a la princesa, los tres comerciantes se arrodillaron de inmediato, bajando la cabeza en señal de respeto.

—Majestad —habló el líder de los delegados, un hombre robusto con manos llenas de cicatrices—. Recibimos el mensaje de Mael anoche. El este no olvida las promesas de la corona. Si usted está dispuesta a firmar el decreto contra los ministros que apoyan al norte, nosotros cumpliremos nuestra parte.

Kaelith avanzó un paso, colocándose al lado de Lysandra. Su costado izquierdo aún le dolía, pero su postura era firme y protectora. Con un movimiento de su mano, señaló una gran caja de madera que los comerciantes habían traído oculta en una carreta de paja.

—Muestren lo que traen —ordenó Kaelith con su voz marcial.

El líder de los delegados abrió la cerradura de la caja. Al levantar la pesada tapa de madera, un tenue resplandor azul iluminó los rostros. Dentro de la caja yacían espadas cortas y lanzas hechas de un metal plateado y brillante, con runas talladas a lo largo de las hojas.

—Acero rúnico de Osoria —explicó Mael con una sonrisa de orgullo—. Estas armas están encantadas con magia elemental pura. No se rompen ante el hielo de Zephyria y pueden cortar las armaduras oscuras de Umbralia como si fueran de papel. Es el primer cargamento para tu infantería, general.

Kaelith se acercó y tomó una de las espadas cortas. El metal era ligero y equilibrado. Al sostener el pomo, las runas brillaron con más intensidad, respondiendo a la energía remanente que la princesa le había entregado en el campamento médico. La general miró a Lysandra con los ojos oscuros encendidos por una mezcla de respeto y amor combativo.

—Con estas armas, mis soldados podrán mantener la barricada del cañón sin necesidad de depender de los hombres de Valkarn —dijo Kaelith, apuntando la hoja hacia el suelo con destreza.

Lysandra dio un paso al frente y sacó el documento enrollado que llevaba oculto en su túnica. Lo extendió sobre una caja de madera y tomó una pluma con tinta negra. Con un trazo firme y decidido, firmó el decreto real con el sello de la heredera al trono.

—Aquí tienen su garantía —dijo la princesa, entregando el pergamino al líder de los comerciantes—. Osoria enviará las provisiones de comida al sur a través de los caminos de la montaña mañana mismo. Valkarn cree que tiene el control porque sus barcos bloquean el puerto del norte, pero no sabe que la verdadera fuerza de este imperio nace del barro y del hierro de su gente.

El comerciante tomó el papel con reverencia y lo ocultó entre sus ropas.

—Osoria marchará bajo sus órdenes, princesa Lysandra. El resto de las armas llegará antes del final de la semana —dijo el hombre, haciendo una última inclinación antes de retirarse silenciosamente junto a sus compañeros por la puerta trasera del almacén.

La carpa de la herrería quedó sumida en un silencio tenso pero esperanzador. Mael se retiró hacia la entrada para vigilar el perímetro, dejando a la princesa y a la general solas en el fondo del almacén, rodeadas por el resplandor azul de las armas rúnicas.

Kaelith envainó la espada de prueba y la colocó sobre la caja. Se acercó a Lysandra despacio, rompiendo la distancia que la formalidad militar exigía. Su mano buscó la mano de la princesa, entrelazando sus dedos con suavidad en mitad de la penumbra.

—Valkarn estuvo a punto de descubrirte esta mañana en el desayuno —susurró Kaelith, con la mirada llena de preocupación—. Arriesgaste demasiado en la biblioteca anoche, Lysandra. Si ese espía hubiera logrado defenderse...

—Hice lo que tenía que hacer, Kaelith —interrumpió la princesa, apretando el agarre de sus dedos, disfrutando del calor de la general—. Valkarn cree que soy una muñeca de cristal que puede comprar con sus barcos de plata, pero se equivoca. Las armas Osoria ya están aquí. El plan está en marcha. Soportaremos sus sospechas unos días más, y luego limpiaremos la corte de sus soldados del norte.

Kaelith se inclinó levemente, apoyando su frente contra la de la princesa por un breve segundo, permitiendo que el aroma a rosas borrara el olor a carbón de la herrería.

—Seré tu espada en esta rebelión, mi princesa —susurró la militar contra sus labios—. Ganaremos esta guerra por el imperio, y luego ganaremos el derecho de no tener que escondernos nunca más en las sombras.

Lysandra sonrió, sintiendo que la opresión en el pecho desaparecía por completo ante la determinación de su general. El contraataque de las Torres de Marfil había comenzado oficial y secretamente, y las dos mujeres estaban listas para arriesgarlo todo por su amor y su libertad.

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