Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 15: Lo Que Decidimos Sostener
El cambio no fue dramático.
Nadie anunció nada.
Nadie señaló directamente.
Pero el ambiente se volvió más denso.
No era hostilidad abierta.
Era algo más sutil.
Observación.
Durante los días siguientes, cada gesto parecía medido por terceros. Cada conversación se alargaba un segundo más de lo normal. Cada silencio era demasiado consciente.
Y sin embargo…
Nosotros no retrocedimos.
Cassian estaba más contenido en público, pero no distante. No volvió a levantar muros. No volvió a tratarme como algo que debía apartar para proteger.
Solo… ajustó.
Y yo también.
Aprendimos a caminar juntos sin exagerar el contacto. A hablar con naturalidad sin desafiar miradas innecesarias. A sostenernos sin convertirlo en espectáculo.
No era esconderse.
Era equilibrio.
Una tarde, mientras revisábamos los resultados preliminares de la auditoría, uno de los consejeros dejó caer una frase con demasiada suavidad.
—La estabilidad del liderazgo requiere claridad emocional.
Silencio breve.
Cassian no reaccionó.
Yo tampoco.
Pero entendimos lo que significaba.
Cuando el consejero se retiró, cerré el documento lentamente.
—Van a intentar separar lo político de lo personal —murmuré.
—Siempre lo hacen —respondió Cassian con calma.
—¿Te molesta?
—No.
Levanté la vista.
—Eso fue rápido.
—Porque no lo permitiré.
No fue dicho con arrogancia.
Fue dicho como quien ya tomó una decisión.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
—No quiero ser el motivo por el que tengas que demostrar fortaleza todo el tiempo.
—No lo eres.
—Entonces no actúes como si tuvieras que endurecerte por mí.
Silencio.
Sentí su presencia acercarse antes de escucharlo.
—No me estoy endureciendo —dijo, más bajo.
—Estás tensando todo lo que no quieres que toquen.
Eso lo dejó quieto un segundo.
—Es instintivo.
—Lo sé.
Me giré hacia él.
—Pero no estoy en peligro por estar contigo.
Sus ojos descendieron ligeramente.
—Estás en peligro porque el poder siempre busca grietas.
—Entonces no nos convirtamos en una.
Silencio.
No discutió.
Pensó.
Siempre pensaba.
—No quiero que cargues con el peso de esto —añadió finalmente.
—No estoy cargando nada.
—Lo estás.
—No.
Di un paso más cerca.
—Estoy eligiendo estar aquí.
Esa palabra volvió a asentarse entre nosotros.
Elegir.
No obligación.
No sacrificio.
Elección.
Sus dedos se movieron apenas, como si quisiera tocarme pero midiera el espacio.
—Eso no te vuelve invulnerable.
—Tampoco te vuelve débil a ti.
Sus ojos se elevaron a los míos.
Más suaves.
Más humanos.
—No me preocupa parecer débil.
—Entonces ¿qué?
Un segundo largo.
—Me preocupa que intenten hacerte daño para afectarme.
Ah.
Ahí estaba.
No orgullo.
No poder.
Temor.
Mi mano subió hasta su pecho, sin dramatismo.
—No puedes anticiparlo todo.
—Lo intento.
—Lo sé.
—Y fallaré en algún momento.
—También yo.
Eso pareció desconcertarlo más que cualquier argumento.
—No soy una extensión de tu vulnerabilidad —continué con calma—. Soy parte de tu elección.
Silencio.
Se quedó mirándome como si estuviera recalculando algo distinto esta vez.
No el imperio.
No el consejo.
Nosotros.
—No sé hacer esto sin intentar protegerte —admitió.
—No quiero que dejes de hacerlo.
—Entonces ¿qué quieres?
Sonreí apenas.
—Que no lo hagas solo.
Eso cambió algo en su postura.
La tensión en sus hombros se suavizó apenas.
—No estoy acostumbrado a compartir ese peso.
—Empieza ahora.
No fue un desafío.
Fue invitación.
Sus dedos finalmente se deslizaron hasta mi cintura.
Sin urgencia.
Sin posesión.
Solo contacto.
—Esto no es sencillo.
—Nunca quise que lo fuera.
—Y aun así te quedas.
—Porque quiero.
Silencio.
Y por primera vez en días, no hubo análisis detrás de su mirada.
Solo aceptación.
—El consejo va a intentar presionar más fuerte —dijo después.
—Lo sé.
—Quizá con insinuaciones más directas.
—Entonces responderemos con claridad.
—¿Sin provocarlos?
—Sin darles espectáculo.
Eso pareció tranquilizarlo más que cualquier gesto romántico.
—No quiero convertirnos en escándalo.
—No lo somos.
—Lo saben.
—Que sepan que no es una grieta.
Se quedó pensativo.
Luego, más bajo:
—No voy a retroceder.
—Yo tampoco.
El aire entre nosotros ya no era tenso.
Era firme.
Como algo que decidió mantenerse sin necesidad de declararlo.
—Esto nos cambia —dijo finalmente.
—Lo sé.
—Y no puedo volver atrás.
—No te lo pediría.
Sus dedos subieron lentamente hasta mi mejilla.
El gesto fue breve.
Casi discreto.
Pero cargado de algo más profundo que pasión.
—No me arrepiento —añadió.
—Yo tampoco.
Silencio.
No hubo beso inmediato.
No hubo urgencia.
Solo cercanía.
Porque ya no necesitábamos demostrar nada.
Ya no era desafío.
Era estabilidad compartida.
—¿Sabes qué es lo más molesto de todo esto? —pregunté al final.
Una sombra leve de curiosidad cruzó su mirada.
—¿Qué?
—Que el villano terminó siendo el más sentimental.
Su expresión se tensó apenas.
—No soy sentimental.
—Claro que sí.
—No.
—Te preocupas demasiado.
—Eso no es sentimentalismo.
—Eso es cariño.
Un segundo.
—Eso es responsabilidad.
—Eso es afecto.
Sus labios se curvaron apenas.
—Eres insoportable.
—Y tú ya decidiste quedarte con eso.
Esta vez sí me besó.
No urgente.
No impaciente.
Solo seguro.
Cuando se apartó, su mirada era clara.
No había cálculo.
No había duda.
—No voy a permitir que conviertan esto en debilidad —dijo.
—No lo es.
—Lo sé.
Y lo sabía.
Ya no como afirmación.
Como convicción.
El imperio seguiría observando.
El consejo seguiría midiendo.
Pero lo que habíamos decidido sostener no era frágil.
No era improvisado.
No era impulsivo.
Era elección compartida.
Y eso…
Eso no se rompe con insinuaciones.
Se rompe cuando alguien decide soltar.
Y ninguno de los dos tenía intención de hacerlo.