Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 15
El eco de la confesión de Killian aún flotaba en el aire de la habitación como un humo denso cuando el mundo estalló. No fue un ruido lejano; fue el rugido de la realidad rompiendo el capullo de su intimidad. El estallido de los cristales del salón principal, dos pisos abajo, resonó como un trueno de muerte.
Killian no se sobresaltó. Su cuerpo, entrenado en los márgenes de la supervivencia, reaccionó antes de que su mente procesara el sonido. En un movimiento fluido, pasó de la vulnerabilidad de la cama a la frialdad del guerrero.
—Han llegado —dijo él, su voz era ahora un susurro gélido—. Tu padre no envía cartas de despido, Lilian. Envía escuadrones de limpieza.
Lilian sintió un frío polar recorrerle la columna. La adrenalina, esa vieja amiga que había conocido en el callejón, volvió a encender sus terminaciones nerviosas. Killian sacó un rifle táctico de un compartimento oculto tras el cabecero de la cama y le entregó a ella una pistola semiautomática.
—Quédate detrás de mí. Si la puerta se abre y no soy yo, vacía el cargador —ordenó él con autoridad.
La mansión, que minutos antes era un santuario, se convirtió en una trampa de lujo. Las luces se apagaron automáticamente, dejando que solo los fogonazos de las armas iluminaran los pasillos. Killian se movía con una precisión aterradora, una sombra entre las sombras que despachaba a los hombres del Juez con una eficacia quirúrgica.
Lilian lo seguía, pegada a su espalda, sintiendo el calor del metal y el olor acre de la pólvora que empezaba a inundar el aire. Ella no tenía miedo; tenía una rabia fría que le quemaba las entrañas. Cada disparo que escuchaba era un intento de su padre por silenciar la verdad que ella ahora portaba.
Al llegar al rellano de la escalera, un destello rojo de una mira láser barrió el pecho de Lilian.
—¡Abajo! —rugió Killian, empujándola con una fuerza que la hizo rodar por el suelo.
Un disparo rasgó el aire. Lilian sintió un latigazo de fuego líquido en el hombro izquierdo. El dolor fue agudo, una mordida de metal caliente que le arrancó un grito ahogado. Killian respondió con una ráfaga que silenció al tirador de inmediato, pero cuando se giró y vio la sangre manchando la seda de la bata de Lilian, algo en él se rompió.
—¡Lilian! —su grito no fue de mando, fue de puro terror primario.
La batalla terminó minutos después. Los hombres de Killian, alertados, barrieron el resto de la propiedad, dejando tras de sí un rastro de cadáveres vestidos de negro con el emblema de la seguridad privada del Juez. Habían ganado, pero para Killian, el precio era inaceptable.
\*\*\*\*\*\*\*\*\*\*
Tres días después, la mansión era una fortaleza impenetrable, pero para Lilian , se había convertido en una jaula de cristal.
Killian no la dejaba sola ni un segundo. La herida en su hombro era leve, un roce que apenas requirió tres puntos de sutura, pero él la trataba como si estuviera hecha de porcelana fina a punto de estallar. La había confinado a la suite principal, rodeada de enfermeras y guardias, prohibiéndole incluso bajar al gimnasio.
—Necesitas descansar, Lilian —le decía él, su mirada oscurecida por una culpa que bordeaba la locura. Le llevaba la comida a la cama, le cambiaba los vendajes con una delicadeza que la desesperaba—. Casi te pierdo. Mi obsesión con la venganza casi te cuesta la vida. No volverá a pasar. De aquí no sales hasta que tu padre esté bajo tierra.
Lilian lo observaba desde la cama, sintiendo cómo el agradecimiento inicial por su cuidado se transformaba en una asfixia insoportable. Él no la estaba protegiendo; la estaba enterrando en vida por miedo a su propio dolor. Killian, el hombre que la había incitado a ser un monstruo, ahora intentaba devolverla a una caja de seda.
—No soy un trofeo de caza, Killian —le dijo ella una tarde, apartando la mano de él mientras intentaba acariciarle el rostro—. Esta cicatriz no es un recordatorio de mi debilidad. Es mi medalla de guerra.
—Es un recordatorio de que no soy capaz de mantenerte a salvo —gruñó él, levantándose bruscamente. Su sobreprotección era su forma de no perder la cabeza.
Esa noche, Lilian decidió que la tregua había terminado. Si quería ser la consorte del diablo, no podía permitir que el diablo la tratara como a una víctima.
Cuando Killian entró en la habitación, la encontró de pie frente al gran ventanal, vestida con el equipo de combate negro que él le había comprado semanas atrás. Llevaba el arma al cinto y la mirada cargada de una determinación feroz.
—Vuelve a la cama, Lilian —ordenó él, su voz vibrando con una advertencia peligrosa.
—No —respondió ella, caminando hacia él con un paso que no tenía rastro de la enferma que él quería ver.
Él intentó atraparla por los hombros para obligarla a sentarse, pero Lilian fue más rápida. Usando la técnica que él mismo le había enseñado, bloqueó su brazo y lo empujó contra la pared. La sorpresa en los ojos de Killian fue total. Él podría haberla reducido en un segundo usando su fuerza bruta, pero se quedó congelado ante la llama de autoridad que emanaba de ella.
Lilian le puso la palma de la mano en el pecho, justo sobre su corazón acelerado, y con la otra mano le tomó la mandíbula con una fuerza que le obligó a mirarla a los ojos.
—Mírame bien, Killian —susurró ella, su voz era un látigo de seda—. ¿Ves a la niña que rescataste? ¿Ves a la princesa asustada? Porque yo ya no la encuentro por ninguna parte.
Él intentó hablar, pero ella le puso un dedo sobre los labios, una orden silenciosa que él, por primera vez, obedeció.
—Tu miedo me está debilitando más que la bala de mi padre —continuó ella, acercándose tanto que sus alientos se mezclaron—. Si quieres una mujer que se esconda mientras tú peleas, te equivocaste de persona. Si quieres ganar esta guerra, necesitas a la mujer que mató a Martínez sin parpadear. Necesitas a la mujer que lleva la marca de tu enemigo en el hombro y no siente miedo, sino sed de sangre.
En un movimiento audaz, Lilian se despojó de la parte superior de su equipo, dejando al descubierto el vendaje en su hombro. Con un tirón seco, arrancó la gasa, exponiendo la herida roja y reciente.
—¿Ves esto? —le obligó a tocar la cicatriz—. Esto me hace real. Esto me hace tuya en la batalla, no solo en la cama. No vuelvas a asfixiarme con tu miedo. Si quieres protegerme, enséñame a ser más letal que ellos. No me pidas que vuelva a ser nada.
Killian la miró, y por primera vez en días, la niebla de la culpa se disipó para dejar paso a una admiración salvaje. Vio en ella la misma oscuridad que él portaba, la misma resiliencia que lo había mantenido vivo en los vertederos. Ella no estaba pidiendo permiso; estaba reclamando su lugar.
Él la rodeó por la cintura, pegándola a su cuerpo con una intensidad que casi le cortó la respiración, pero esta vez no era para esconderla, sino para fundirse con ella.
—Eres una criatura feroz, Lilian —gruñó él, su voz cargada de una lujuria que era pura devoción—. Tienes razón. Perdoname por intentar apagar el fuego que yo mismo encendí.
La reconciliación fue un choque de fuerzas, una escena de dominación donde Lilian no permitió que él fuera el único en control. Ella dictó el ritmo, recordándole con cada gesto que su voluntad era de acero. El sexo fue su nuevo pacto de sangre, una forma de sellar que, a partir de ese momento, caminarían como iguales hacia el abismo.
Sin embargo, la paz duró poco. El equipo de vigilancia de Killian detectó un segundo convoy acercándose. Esta vez no eran solo mercenarios; eran agentes estatales corruptos bajo el mando directo del Juez. Venían con órdenes de demolición.
—Tenemos que irnos —dijo Killian, recuperando su frialdad operativa—. Si nos quedamos aquí, nos rodearán. Mi red segura en la costa está lista.
Lilian no cuestionó. Recogió su arma y los documentos robados. Salieron por los túneles inferiores mientras la mansión comenzaba a arder bajo el fuego de granadas enemigas. El escape fue una carrera contra el tiempo a través de bosques y carreteras secundarias, esquivando bloqueos con una coordinación que solo dos personas unidas por el mismo odio podrían lograr.
Mientras el coche se alejaba hacia la oscuridad de la noche, dejando atrás el incendio que consumía su antiguo refugio, Lilian miró por el retrovisor. Las llamas iluminaban el horizonte.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, limpiando una mancha de pólvora de su mejilla.
Killian tomó su mano y la apretó con fuerza. Ya no era el protector asfixiante, sino el comandante de una guerra que ella ahora colideraba.
—Vamos a buscar el lugar donde tu padre se siente más seguro —respondió él—. Vamos a buscar su final.
Lilian sonrió. La herida en su hombro pulsaba con el ritmo de su corazón, recordándole que estaba viva, que era libre y que, junto al hombre que la había corrompido, estaba a punto de escribir el capítulo más sangriento de su historia.
Lograron cruzar la frontera del estado al amanecer, dos sombras moviéndose hacia la venganza final. La cacería había cambiado de bando.