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SU MAJESTAD, ESTE NO ES SU SIGLO, PERO TIENE MI CORAZÓN

SU MAJESTAD, ESTE NO ES SU SIGLO, PERO TIENE MI CORAZÓN

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Magia / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?

HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 15

El día empezó con un correo que decía:

“Felicidades, señorita Doren. Es oficialmente el nuevo rostro de la Fundación Lady Idolen.”

—¿Mi rostro? —repitió Isolda, con el ceño fruncido—. ¿Y el resto del cuerpo qué?

Tomás casi escupió el café.

—Es una forma de decir que eres la imagen pública del proyecto.

—¿Imagen pública? —preguntó ella, desconfiando—. ¿Como una estatua?

—No exactamente. Más bien como… alguien que sonríe en las fotos, da entrevistas y dice frases inspiradoras.

—Ah —dijo, pensativa—. Una reina sin corona.

Tomás sonrió.

—Y bien pagada.

Ella lo miró de inmediato.

—¿Pagada?

Él giró la pantalla del portátil para mostrarle el número.

Isolda lo leyó en silencio, parpadeó una vez, y volvió a mirar.

—¿Eso… es en monedas o en oro?

—En dinero real —dijo él, divertido—. Con eso podrías comprar medio pueblo.

Ella cruzó los brazos, seria.

—En mi época, por esa suma me habrían acusado de brujería.

—Tranquila —replicó Tomás—, ahora solo te acusan de tener estilo.

La tensión se rompió con una carcajada.

Isolda se dejó caer en el sofá, todavía asombrada.

—Nunca creí que posar y sonreír diera tanto fruto.

—Depende —dijo él—. Si posas así, cualquiera te contrataría.

Ella lo miró de reojo, con una media sonrisa.

—¿Eso fue un halago o una proposición?

—Aún no decido —respondió Tomás, encogiéndose de hombros.

El silencio que siguió tuvo algo delicioso.

Isolda se levantó, fue hasta la ventana y, sin mirarlo, dijo:

—Entonces será mejor que aprenda a posar… y tú a mirar sin tropezarte.

Tomás levantó las manos.

—Prometo nada.

Ella sonrió.

—Bien. Promesas rotas, contratos firmados y café derramado. Definitivamente, este siglo empieza a gustarme.

*

El estudio fotográfico olía a luces calientes, tela nueva y nervios.

—Por favor, señorita Doren, un poco más de hombro —pidió el fotógrafo, moviendo las manos como si dirigiera una sinfonía invisible.

Isolda obedeció… aunque no entendió muy bien qué significaba “un poco más de hombro”.

Giró tanto que casi se cayó del taburete.

—¿Así? —preguntó, recuperando el equilibrio con una elegancia milagrosa.

El fotógrafo aplaudió. —¡Perfecto! Natural, majestuosa, etérea.

Tomás, desde un rincón, murmuró entre dientes:

—Y un peligro público con tacones.

Ella lo escuchó.

—No murmures, arquitecto. Si caigo, tú me reconstruyes.

El equipo rió. Tomás también, aunque intentó disimular.

Nunca la había visto así: entre luces, risas y ese aire de reina fuera de tiempo.

—Ahora, una sonrisa —ordenó el fotógrafo.

Isolda lo intentó… pero sonrió como alguien que acaba de ganar una guerra.

—Un poco más suave, por favor —dijo el fotógrafo, apretando el obturador.

Tomás no pudo evitar intervenir:

—Imagina que estás viendo algo que te hace feliz.

—¿Como qué? —preguntó ella, desconfiada.

—No sé… —dijo él, acercándose—. Como un castillo recién terminado.

Ella lo miró a los ojos.

La sonrisa apareció sola, cálida, real.

El flash estalló justo en ese momento.

—¡Maravilloso! —gritó el fotógrafo—. ¡Esa es la toma!

Durante la pausa, Isolda examinó el monitor donde aparecían sus fotos.

—Parezco… feliz —dijo, con sorpresa.

—Lo estás —contestó Tomás, sin dudar.

Ella sonrió apenas. 

—¿Y tú?

—Yo estoy perdido.

Ella soltó una risa suave. 

—Entonces estamos en el mismo mapa.

El fotógrafo levantó la voz:

—¡Última toma! Esta vez, juntos.

—¿Juntos? —repitieron al unísono.

—Claro, ustedes son la dupla del proyecto. Él, el restaurador. Ella, la musa.

Isolda giró hacia Tomás.

—No sabía que los restauradores también posaban.

—Tampoco yo —dijo él, abrochándose la chaqueta—. Pero si voy a caer en ridículo, que sea contigo.

El resultado fue un desastre adorable: Ella no dejaba de reírse cada vez que él intentaba posar con seriedad, y él no podía dejar de mirarla.

Las fotos salieron hermosas. Naturales. Reales.

Demasiado reales.

Al terminar, el fotógrafo les mostró una en la pantalla: Isolda sonriendo hacia la cámara, Tomás mirándola a ella.

El resto del mundo podía pensar que era una imagen de campaña.Pero ellos sabían que era otra cosa. Algo que no se fingía.

De regreso a casa, Isolda estaba analizando su teléfono como si fuera un mapa de guerra.

Tomás dejaba las llaves cuando ella soltó, sin mirarlo:

—Tomás… creo que nos han invadido.

—¿Qué? —se alarmó él.

Ella giró la pantalla hacia él:

—Mira. Hay miles de imágenes nuestras. La gente nos observa desde… ¿estos espejos luminosos?

—Son redes sociales —explicó él—. Comparten fotos, videos.

Isolda siguió deslizando el dedo, con expresión perpleja.

—¿Por qué ponen música de fondo? ¿Acaso somos un ritual?

—Una especie de… entretenimiento romántico —dijo Tomás.

—¿Romántico? —preguntó ella, con los ojos entrecerrados.

Él abrió la boca para responder, pero ella se detuvo en una imagen:

una donde él la mira como si fuera la única persona en la sala.

Ella levantó la vista con ironía suave.

—Tomás, si me miras así en público…

—¿Así cómo?

—Como si ya… —ella buscó la palabra— …recordaras mis labios.

Él se quedó sin aire.

—Bueno —murmuró él—, es que los recuerdo.

Ella no se sonrojó; sonrió, que era peor.

—Entonces explícamelo. —Se cruzó de brazos, muy cerca de él—. Porque veo estas imágenes, estos comentarios, estos corazones que la gente lanza sin motivo… y me pregunto:

¿Tenemos algo o no tenemos nada?

Pero lo dijo con una calma peligrosa, como quien ya sabe la respuesta.

Tomás no retrocedió; dio un paso hacia ella.

—Isolda… después de los besos que te di en la cocina, en la biblioteca, y en el auto cuando creíste que estaba dormido…

—No estaba dormida, por cierto —interrumpió ella.

—Lo sé —sonrió él—. Por eso seguí.

Ella contuvo una sonrisa triunfante.

—Entonces dime —insistió—. ¿Qué somos?

Tomás tomó el teléfono de sus manos, lo dejó a un lado y la sostuvo por la cintura, con naturalidad, como si ya lo hubiera hecho muchas veces.

—Somos… lo que estamos construyendo.

Ni nada.

Ni poco.

Ni casual.

Ella lo miró, sin apartarse.

—Entonces somos algo.

—Somos mucho —corrigió él—. Pero tú y yo… —la miró a los labios, sin besarla— …sabemos que esto no se define por un título ni por una foto viral.

Ella apoyó la frente en la de él, divertida, confiada, eléctrica.

—Me gusta tu respuesta —susurró—. Es práctica. Y provocadora.

—Las mejores combinaciones —murmuró él.

Ella lo besó entonces: breve, tierno, pero con la claridad de quien sí sabe lo que quiere.

Cuando se separaron, respiró hondo.

—Tomás…

—¿Sí?

—Creo que debemos vigilar estas redes sociales. —Tomó el celular de nuevo y frunció el ceño—. Alguien puso tu cara en el cuerpo de un gladiador.

Tomás palideció.

—¿QUÉ?

—Y tu espada es…

—¡Eso no es mío!

—Tranquilo —dijo ella encogiéndose de hombros—. Ya te he visto en persona.

Tomás abrió los ojos como platos.

Ella solo sonrió y salió caminando con la elegancia de una reina que acaba de ganar la guerra sin disparar una flecha.

Él se dejó caer en el sofá.

Estaba perdido.

Deliciosamente perdido.

1
Lupita Espinoza Castro
Rara historia, interesante, gracias escritora
RENE: Gracias ☺️
total 1 replies
Thibizay Garcia
Excelente
RENE: Gracias ☺️
total 1 replies
Thibizay Garcia
Me ha encantado leerte y mucho /Proud//Proud//Proud/
Ana Elena Jiménez
felicitaciones @RENE muy linda la historia 👏👏👏
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja jajajaja
Ana Elena Jiménez
super fascinante 🫶
Ana Elena Jiménez
muy linda la historia,
Ana Elena Jiménez
cuanto misterio 🫢
MANATE
😘💯
RENE: Gracias ☺️
total 1 replies
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja con isolda es para morirse de la risa definitivamente 🫢
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja isolda totalmente atropellada por la tecnología
Ana Elena Jiménez
eso sí es cierto
Ana Elena Jiménez
amo esta historia,es espectacular 🫶
Ana Elena Jiménez
está historia es espectacular muchas gracias René Tello por continuarla 🫶🫶🫶
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja
Ana Elena Jiménez
este par son todos un personaje 🫶🫶🫶
Ana Elena Jiménez
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Ana Elena Jiménez
jajajaja jajajajajaja ya no puedo más con isolda
Ana Elena Jiménez
me encanta este amor 😍😍
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