Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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El amor que nunca vio
Cuando era niña, me daba miedo la vida, ya que desde muy pequeña mi papá era soldado y nos mudábamos de un lugar a otro.
Hasta que llegamos a un barrio donde las casas eran lindas y bonitas. Los vecinos parecían tranquilos... aunque, de vez en cuando, se escuchaban los gritos de un niño.
—¡Nooo...! ¡Mamá, no quiero vegetales! —gritaba.
Cada día me resultaba tierno escucharlo.
Hasta que un día terminaron el verano y llegó las clases . salí para ir a la escuela,Y allí estaba él.
Sus ojos se quedaron mirándome fijamente.
Cómo ahora.
—¿Y vamos a comer? —preguntó Mónica con una sonrisa.
Andrés soltó un suspiro.
—Bien, vamos.
Llegaron a una parrillada muy linda.
—¡Qué emoción! Tengo hambre —celebró Mónica.
Andrés solamente la miró, serio.
—¿Ya vas a borrar ese puchero? —preguntó ella, mirándolo de reojo—. ¿Qué pasa?
—Nada. Son mis problemas. ¿Y tú qué? ¿Ya te aburriste de ir a ver a mi mamá?
En ese momento se acercó la mesera.
—¿Qué se les ofrece?
—Yo quiero un plato de fideos y un vaso grande de cerveza.
Mónica hizo una mueca.
Andrés la miró.
—¿Algún problema?
—No... solo me pregunto por qué estás tan amargado.
—¿Puedes dejar de meterte? Debes agradecer que acepté salir contigo.
La mesera se quedó incómoda.
Mónica intervino rápidamente.
—No le hagas caso. Es un bebé gigante. Yo quiero carne con papas.
La mesera tomó nota y se alejó.
Mónica volvió a mirar a Andrés.
—Andrés, ¿por qué eres así? Dabas miedo.
—Perdón. Es que... ya sabes. Agustina.
Tomó un poco de cerveza.
—Desde que volvió Louis estoy nervioso.
—Ah, pero él tiene esposa.
—Lo sé. Pero todo esto es nuevo.
Poco después llegaron los platos.
Andrés miró el plato de Mónica y soltó una risa.
—Veo que no cambiaste tu forma de comer.
—Me gusta y es mi favorito.
Mónica comenzó a comer su carne con papas.
Andrés tomó otro trago, pero ella lo miró feo.
—¿Qué pasa?
—Es que no debes tomar mucho. Te puede hacer mal. Sabes que tu mamá no quiere que te dañes el hígado.
Andrés simplemente rio.
—Siempre haces lo mismo. Te metes donde nadie te llama.
Volvió a tomar y se rio.
Mónica sonrió al verlo.
—Es que me preocupa.
Andrés la miró y sonrió.
Horas después, Andrés había tomado de más y tenía mucho sueño.
Estaba esperando el autobús. No había llevado su auto porque sabía que iba a tomar.
Por suerte, Mónica vivía cerca de él, así que ambos subieron al autobús.
—Sabes... hace mucho que no comíamos juntos —comentó ella con una sonrisa.
Mónica sentía que, poco a poco, había avanzado.
—Sí. Estuvo delicioso.
Andrés apenas podía mantener los ojos abiertos por el sueño.
—Oye, Andrés... —Mónica se puso tímida—. ¿Quieres salir conmigo en una cita?
Andrés no respondió.
Cuando Mónica se dio cuenta, la cabeza de él ya descansaba sobre su hombro.
Ella lo miró en silencio.
—Siempre pasa lo mismo... Aun así, espero poder entrar algún día en tu corazón.
Mónica bajó la mirada.
Cuando volvió después de mucho tiempo, lo volvió a ver.
Pero justo cuando regresó, se hizo amiga de la chica que realmente le gusta a él.
Horas después llegaron a la casa.
—Llegamos —murmuró Andrés con una sonrisa.
Miró alrededor.
—Qué bonita.
Mónica lo observó fijamente.
—¿Qué? Andrés, sí que estás borracho. No puedo creerlo.
Él la miró.
—Eres muy bonita. Esas pecas... tu cabello... tu manera castrosa...
Intentó recomponerse.
De repente, tomó el rostro de Mónica y le apretó suavemente las mejillas.
—Tan linda como el día que volviste.
Mónica se quedó completamente seria.
—Entra.
Lo hizo pasar y luego lo tiró sobre la cama.
Andrés cayó sobre ella.
Mónica salió rápidamente y se puso roja.
Entonces un recuerdo apareció en su mente.
Recuerdo
Era el día de la fiesta de Juliana.
Ese día, Agustina había desaparecido y Mónica había quedado al lado de Andrés.
—Andrés, ya no bebas más.
Él la miró molesto.
—Otra vez con eso. ¿Por qué no dejas de ser metiche?
Mónica se ofendió.
—¡Ya basta! —gritó—. ¡Es que tú me gustas!
Andrés rio.
Le tomó el rostro y la besó apasionadamente.
—¡Andrés! —Mónica se sorprendió.
Fin del recuerdo.
Mónica suspiró.
—Pero estaba borracho y no se acuerda...
Preparó una nota, le dejó algo para la resaca y se fue.
Al llegar a su casa, Mónica se tiró sobre la cama y miró su teléfono.
Pero no podía dejar de pensar.
En el día en que volvieron a verse.
Ella había regresado y fue a visitar a la señora Duarte, la mamá de Andrés.
Y allí estaba él.
Otro recuerdo
—¡Andrés, ayuda hijo dame ese peine! —exclamó la señora enojada.
Mónica Se acercó y le dio un golpe en la cabeza.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? ¿Cómo te atreves a pegarme?
—Porque debes hacerle caso a tu mamá.
—¡Eres una metiche!
Fin del recuerdo.
Mónica hizo un pequeño puchero.
—Ojalá Andrés me viera como ve a Agustina...
Mientras tanto, Agustina había llegado a casa de Louis.
Todo era normal. Leo solo tenía cinco años y estaba con alguien que todavía no conocía bien.
Agustina se quedó allí hasta que el pequeño se quedó dormido.
Louis lo observó unos segundos y luego agustina agarro su cartera.
—Bueno, se durmió. Me voy.
Él le agarra su mano Agustina lo miró confundida.
—¿Qué haces?
Louis soltó su mano de inmediato.
—No, perdón. Es que es muy tarde para que estés sola. Quédate. Duerme en mi cama y yo dormiré en el sofá.
Agustina lo miró, incómoda.
—¿En tu casa? ¿Donde duermes con tu esposa? No quiero ser maleducada, pero no.
Louis le dedicó una pequeña sonrisa.
—No, descuida. Esta es mi casa. Carolina nunca durmió aquí. Es una casa nueva. Compramos una casa de cuatro habitaciones porque quería tener un estudio... pero bueno, ahora que se lo di a Leo.
Agustina se puso tímida.
—Perdón. Fui una tonta. Dije estupideces.
No sabía dónde mirar.
Louis le tomó suavemente el rostro y le apretó las mejillas, haciendo que lo mirara directamente.
—No pasa nada, Agustina. Está bien que estés celosa.
Lo dijo en tono de broma.
Agustina le dio un pequeño empujón.
Louis rio.
—Yo no estoy celosa.
—No sé... tus orejas dicen otra cosa.
Louis tomó una de sus orejas.
Agustina se puso roja.
—¿Qué pasa, tomatito? —sonrió.