Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.
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Capítulo 14 - …
Sin perder tiempo, él la tomó de la mano y la llevó nuevamente al interior, cerrando la puerta de uno de los cubículos con firmeza. Su semblante había cambiado; la expresión relajada desapareció y en su lugar quedó una concentración absoluta, como si cada sonido del exterior pasara por un filtro en su cabeza. Sacó su arma y la mantuvo baja, listo para reaccionar si era necesario.
Isabella lo miró con asombro. Sabía que él estaba entrenado para cuidarla, pero nunca lo había visto actuar así. No era miedo lo que sentía, sino una mezcla de sorpresa y una extraña tranquilidad al verlo tan seguro.
—No te preocupes —le dijo en voz baja—. Estoy aquí.
Y aunque afuera el caos continuaba, esa frase logró anclarla un poco.
Mientras tanto, en el área VIP, varios hombres encapuchados preguntaban directamente por Isabella. No parecían interesados en dinero ni en nadie más. Jay intentó interponerse cuando lo sujetaron para exigirle información, y en ese instante entendió que aquello no era una casualidad. Lucía, alterada por el alcohol, comenzó a gritar, pero Jay decidió ganar tiempo. Les dijo que Isabella se había ido hacía rato con su novio en una camioneta y hasta inventó un hotel con dirección incluida. Los hombres se comunicaron por radio, dudaron unos segundos y finalmente se retiraron para verificar la supuesta información.
Cuando todo pareció despejarse, Jay llamó a Nicolás y le contó lo ocurrido. La preocupación fue inmediata; ya no era solo un incidente en una discoteca, era evidente que alguien estaba buscando a Isabella de manera directa. Nicolás mantuvo la calma y le pidió que bajara con Lucía a un lugar discreto mientras él salía con Isabella y buscaba a Lucas, quien seguía en el baño sin saber lo que ocurría. Como habían dejado los teléfonos en la mesa, no pudieron avisarle antes, así que Nicolás pasó primero por el baño de hombres y encontró a Lucas visiblemente asustado, intentando entender el alboroto.
Finalmente lograron salir todos sin que la situación escalara más. Afuera, el aire nocturno parecía demasiado tranquilo en contraste con lo que acababan de vivir. En el camino a casa, el silencio pesaba más que la música.
—Me preocupa que esos tipos recuerden tu rostro —comentó Nicolás mirando por el retrovisor hacia Jay—. Si descubren que mentiste, podrían intentar buscarte.
Isabella bajó la mirada.
—Perdón… no quería meterlos en problemas. Creo que lo mejor habría sido quedarme en casa.
—Tranquila —respondió él con serenidad—. Justamente estoy aquí para evitarte problemas y cuidarte. Nadie sabía que esto iba a pasar. Y dentro de todo… la pasamos bien, ¿o no?
—¡Sííí! —respondió Lucía desde atrás—. Deberíamos seguirla, vamos para mi casa.
Lucas la miró divertido.
—Ay, Luci, si ni siquiera puedes mantenerte en pie. En tu organismo ahora mismo hay más alcohol que sangre.
Nicolás terminó llevándola a casa. Se bajó primero y le abrió la puerta como siempre, ayudándola a salir del auto. Isabella caminó hacia la entrada intentando mantener la compostura, pero entre el susto de lo ocurrido y lo que había bebido, perdió un poco el equilibrio y estuvo a punto de caer. Nicolás reaccionó rápido y la sostuvo por la cintura antes de que tocara el suelo.
Sus miradas chocaron.
Se quedaron así unos segundos, demasiado cerca, demasiado conscientes el uno del otro. Ella podía sentir la firmeza de su mano sujetándola y él parecía haberse olvidado por completo de soltarla.
—Creo que me vas a desgastar —dijo Isabella, rompiendo el momento con una risa suave mientras se enderezaba.