“Salvé al alfa más peligroso del reino…
y ahora dice que soy suyo.”
Aren Solaris es un omega sanador que nunca creyó en el amor.
Pero todo cambia cuando salva a un hombre que no debía sobrevivir.
Darian Valerius.
El alfa más temido del reino.
Frío. Poderoso. Peligroso.
Y ahora completamente interesado en el omega que lo salvó.
Pero Aren no es un omega común.
Su presencia calma incluso a los alfas más salvajes…
y hay quienes están dispuestos a capturarlo a cualquier precio.
Porque algo antiguo está despertando.
Un destino que une a la vida… y la muerte.
Y Darian ha tomado una decisión peligrosa:
Proteger a ese omega.
Porque si alguien intenta llevárselo…
tendrá que enfrentarse primero con el alfa más peligroso del reino.
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Capítulo 12 El legado de los Solaris
La enfermería quedó en silencio después de las palabras de Elric.
La lámpara de aceite iluminaba tenuemente el rostro de los tres hombres.
Aren Solaris permanecía de pie junto a la mesa, el anillo de plata aún entre sus dedos.
El último heredero del santuario Solaris.
La frase seguía resonando en su mente.
Pero lo que más lo inquietaba era otra cosa.
No recordaba nada de aquello.
Finalmente habló.
—Eso no explica por qué me están cazando.
Elric suspiró suavemente.
—Lo sé.
Darian Valerius observaba al hombre con una mirada fría.
—Entonces empieza a explicarlo.
Elric levantó la mirada hacia el alfa.
—No todo puede explicarse en una sola noche.
Darian cruzó los brazos.
—Entonces comienza por lo más importante.
Elric dudó unos segundos.
Luego volvió a mirar a Aren.
—¿Alguna vez te preguntaste por qué tu aroma es diferente?
Aren levantó ligeramente una ceja.
—Darian lo ha mencionado varias veces.
Darian respondió sin apartar la mirada de Elric.
—Calma mis instintos.
Elric asintió lentamente.
—Eso es exactamente lo que debería hacer.
El silencio cayó sobre la habitación.
Aren frunció ligeramente el ceño.
—¿Debería?
Elric dio un paso más cerca de la mesa.
—Los Solaris eran conocidos por una habilidad muy particular.
Darian habló.
—¿Qué habilidad?
Elric respondió con calma.
—Equilibrio.
Aren lo observó.
—Eso es muy vago.
Elric sonrió ligeramente.
—Lo sé.
Luego continuó.
—Hace siglos, los santuarios Solaris protegían a personas con habilidades especiales.
Darian frunció ligeramente el ceño.
—¿Magia?
Elric negó.
—No exactamente.
—Entonces explícalo mejor.
Elric miró a Aren.
—Los Solaris podían influir en las emociones y los instintos de quienes los rodeaban.
El silencio se volvió pesado.
Darian habló primero.
—Eso explicaría el aroma.
Elric asintió.
—Sí.
Aren permanecía completamente quieto.
—¿Estás diciendo que puedo manipular a las personas?
Elric respondió con calma.
—No manipular.
—Entonces ¿qué?
—Armonizar.
Aren frunció el ceño.
—Eso sigue siendo vago.
Darian habló con voz baja.
—Pero encaja con lo que he sentido.
Aren lo miró.
—¿Qué has sentido exactamente?
Darian respondió sin dudar.
—Calma.
El silencio volvió.
Elric continuó.
—Los Solaris no despertaban miedo en los alfas.
Despertaban equilibrio.
Aren observó el anillo entre sus dedos.
—Eso suena como una habilidad bastante inofensiva.
Elric negó lentamente.
—No lo es.
Darian levantó una ceja.
—Explícate.
Elric miró al alfa.
—En tiempos de guerra, un Solaris podía detener una batalla con solo su presencia.
Darian se quedó en silencio.
Eso era imposible.
Pero al mismo tiempo…
Recordó algo.
La primera vez que había despertado en la enfermería.
La calma que había sentido.
Una calma que no tenía sentido después de haber estado al borde de la muerte.
Sus ojos volvieron a Aren.
—Interesante.
Aren cruzó los brazos.
—Eso no explica por qué los Custodios me quieren muerto.
Elric negó.
—No quieren matarte.
—¿Entonces qué?
—Controlarte.
La palabra cayó como una piedra en el silencio.
Darian habló.
—Eso suena peor.
Elric asintió.
—Lo es.
Aren frunció ligeramente el ceño.
—No entiendo.
Elric se acercó un poco más.
—Un Solaris puede cambiar el curso de un reino.
Darian respondió con voz baja.
—Porque puede controlar a los alfas.
Elric asintió lentamente.
—Exactamente.
Aren permaneció en silencio.
Su mente trataba de procesar todo aquello.
—Eso no tiene sentido.
Elric lo observó.
—¿Por qué?
—Nunca he sentido que tenga ese tipo de poder.
Elric sonrió ligeramente.
—Porque nunca lo has usado.
Darian habló.
—¿Se activa solo?
Elric respondió.
—Normalmente cuando el Solaris está en peligro.
Aren frunció el ceño.
—He estado en peligro antes.
—Pero nunca de esta forma.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
Entonces…
Un golpe resonó en la puerta.
Los tres se giraron.
Darian ya estaba caminando hacia ella.
Su mano descansó sobre la empuñadura de su espada.
—¿Quién está ahí?
Una voz respondió desde el pasillo.
—Guardia del palacio.
Darian abrió la puerta ligeramente.
Un soldado estaba allí.
Su expresión era tensa.
—Comandante Valerius.
—Habla.
—Encontramos algo en la muralla norte.
Darian frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
El soldado tragó saliva.
—Un símbolo.
Darian se giró hacia Elric.
—¿De los Custodios?
El soldado negó.
—No.
Darian lo miró fijamente.
—Entonces de quién.
El soldado respondió con voz baja.
—De los Cazadores.
Elric se tensó inmediatamente.
—Eso es imposible.
Aren levantó la mirada.
—¿Quiénes son los Cazadores?
Elric respondió lentamente.
—La única organización que los Custodios temen.
El silencio cayó sobre la habitación.
Darian habló.
—Eso significa que no solo los Custodios te están buscando.
Elric asintió.
—Significa que alguien más quiere encontrarte primero.
Aren miró el anillo en su mano.
Luego levantó la mirada.
—Esto se está volviendo complicado.
Darian sonrió ligeramente.
—Un poco.
Elric observó la ventana abierta.
—Si los Cazadores están aquí…
Su voz se volvió más seria.
—Entonces la cacería ya no es secreta.
Darian respondió con calma.
—Entonces tendremos que estar listos.
Aren lo miró.
—¿Para qué?
Darian sostuvo su mirada.
—Para la guerra que está a punto de comenzar.
El viento nocturno entró nuevamente por la ventana.
Moviendo las cortinas.
Y en algún lugar del palacio…
Un hombre observaba desde las sombras.
Su capa negra se movía con el viento.
Sus ojos estaban fijos en la enfermería.
—Así que finalmente apareció…
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—El último Solaris.
Y luego susurró algo que nadie escuchó.
—Perfecto.
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