🚫 Novela en Emisión 🚫
Molly Dumont vive en un mundo de sombras donde nadie puede oírla. Tras un trágico accidente, todos creen que su mente se ha ido para siempre, pero ella está ahí, escuchando cada secreto, cada traición y cada suspiro.
Axel Brunner, el CEO del Holding Arcane, se casó con ella por un pacto de poder, pero ahora se encuentra librando la batalla más importante de su vida: proteger a la mujer que todos llaman "un cuerpo vacío". Mientras la justicia intenta arrebatársela y un tío ambicioso busca destruirla, Axel descubrirá que el amor no necesita palabras, y que Molly está enviando señales que solo un corazón dispuesto a escuchar puede entender.
¿Podrá Axel salvarla antes de que el tiempo se agote? ¿Logrará Molly romper las cadenas de su silencio antes de perderlo todo?
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Capítulo 12: Un Refugio llamado Villa Dorada
El motor del coche de Axel roncaba suavemente mientras se alejaban de la clínica, pero dentro de su cabeza, el ruido era ensordecedor. En un cruce dejo a Hans con los escoltas, necesitaba sentir la adrenalina de la velocidad.
Sus manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se le marcaban blancos bajo la luz de los tableros. La confusión no era solo una palabra; era una red física que lo asfixiaba.
El camino hacia las afueras de la ciudad fue rápido. Axel manejaba con calma, sorteando el tráfico de la tarde mientras su mente iba y venía entre la imagen de Molly en el restaurante y la Molly del hospital. ¿Era el destino? ¿Era una trampa de los viejos? ¿O era simplemente el caos de la vida golpeando su puerta?
Finalmente, los neumáticos crujieron sobre la grava fina al entrar en los dominios de la Villa Dorada.
¿Qué gano yo con esto?, se preguntaba una y otra vez, mirando el asfalto que se extendía bajo los faros. Tengo mi vida resuelta. Fortuna, éxito, libertad. ¿Por qué amarrarme a una mujer que ni siquiera puede decir mi nombre? ¿Por qué comprarme una guerra contra un tal Claude que ni siquiera conozco?
Pero entonces, la imagen de Molly regresaba. Molly, tan pequeña en esa cama gigante. Molly, cuya única culpa había sido ser una excelente negociadora y la hija de un hombre sentenciado a muerte. La vulnerabilidad de Julien, ese león herido suplicando por la vida de su cachorra, le quemaba la conciencia.
Axel pulsó el manos libres con un gesto brusco.
—Stefan, no voy a volver a la oficina hoy —dijo en cuanto su amigo respondió. Su voz sonaba hueca, como si viniera de otro lugar.
—¿Axel? ¿Qué pasa, hombre? Suenas como si te hubiera pasado un camión por encima —respondió Stefan, dejando de lado las bromas al detectar el tono de su amigo—. ¿Qué te dijo el viejo Dumont?
—No puedo hablar de esto por teléfono. Solo... quédate a cargo. Necesito pensar.
Sin esperar respuesta, Axel colgó. No fue a su moderno ático en el centro. No fue a un bar a ahogar la duda en whisky. Condujo durante cuarenta minutos hacia las afueras, donde los jardines se volvían más salvajes y las casas tenían historias de siglos. Solo había una persona en el mundo capaz de desenredar el nudo de su pecho.
Cuando las puertas de hierro forjado de la "Villa Dorada" se abrieron, el aroma a jazmín y tierra mojada lo recibió como un bálsamo. Era el refugio de ella, la única mujer que lo conocía en esencia.
Beatriz estaba en el porche, envuelta en una elegante túnica de seda azul que se ceñía a su figura con una sofisticación atemporal. Tenía un libro en el regazo, pero no necesitó que Axel dijera una palabra para saber que algo andaba mal. En cuanto él bajó del coche, ella se puso de pie con esa gracia magnética que los años no habían podido arrebatarle.
Axel caminó hacia ella con paso lento, buscando en su mirada el consuelo que no encontraba en ningún otro lugar. Ella lo observó en silencio, con una mezcla de ternura y autoridad que solo alguien que ha poseído el corazón de un hombre durante décadas puede permitirse.
—Has tardado en volver a mis brazos, Axel —murmuró ella, extendiendo una mano delicada para acariciar su rostro. —A ver, a ver... ¿qué viento fuerte sopló hoy para traer a mi nieto favorito a estas horas? —preguntó ella con una sonrisa cálida—. ¿Estás bien, mi amor?
Axel no respondió. Simplemente se acercó a ella y se fundió en un abrazo largo, hundiendo el rostro en su hombro. Beatriz sintió el temblor en los hombros de su nieto y le acarició la nuca con suavidad.
—Creo que no, abuela —murmuró él, soltándose con dificultad.
Entraron en la casa, un lugar lleno de muebles de madera noble y recuerdos de familia. Sentados frente a una chimenea que chispeaba suavemente, Axel abrió su corazón. Le contó todo: la cena en Madrid, su juicio injusto hacia Molly, el estado de coma, la enfermedad terminal de Julien y la propuesta de un matrimonio por contrato para protegerla de Claude.
Beatriz lo escuchó en un silencio absoluto, asintiendo de vez en cuando mientras tomaba un poco de té. Cuando Axel terminó, se hizo un silencio pesado.
—Y bien... ¿qué piensas hacer? —preguntó ella, clavando sus ojos sabios en él.
—No lo sé, abuela. Por eso vine. Necesito organizar mis ideas. Es una locura, ¿verdad? Casarme con una mujer inconsciente, entrar en una guerra que no es mía...
Beatriz dejó la taza con un tintineo seco y lo miró con una mezcla de ternura y firmeza.
—Hijo, deja de hacer tanto drama. Aquí no hay nada que organizar, todo está más que claro. Solo debes ir y casarte con esa pobre muchacha —sentenció ella, dejando a Axel con la boca abierta—. Julien te está pidiendo un escudo, y tú eres el mejor escudo que existe en esta ciudad.
—Pero abuela, es mi vida... mi libertad...
—¡Oh, por favor! —ella hizo un gesto de desdén con la mano—. Tu libertad ahora mismo consiste en trabajar dieciséis horas diarias y comer solo frente a un televisor. Lo peor que puede pasar es que te enamores de ella mientras la cuidas, y todos sabemos que eso no va a ocurrir, ¿verdad? Eres demasiado "lógico" para eso. Haz lo que tu corazón te diga, Axel... bueno, si es que tienes uno, porque a veces pareces un bloque de granito.
Axel frunció el ceño.
—No es que tenga un corazón de piedra, es que...
—Es que tienes miedo —lo interrumpió ella—. Tienes miedo de que esa "responsabilidad" te cambie. Pero escucha a tu abuela. Si la dejas sola, y algo le pasa, nunca te lo perdonarás. No por la empresa, sino por el hombre que eres.
Axel se quedó pensativo, mirando sus manos. Greta siempre tenía esa forma de quitarle las capas de frialdad y dejarlo expuesto.
Axel se quedó mirándola, procesando la cruda honestidad de la mujer. Beatriz se acercó y le tomó las manos.
—Ella no tiene a nadie más, Axel. Y tú... tú necesitas algo por lo que valga la pena luchar más allá de los balances bancarios. Ve por ella.
Esa noche, de vuelta en su casa, el silencio se sentía diferente. Axel se dio una ducha de agua caliente, dejando que el vapor relajara sus músculos tensos. Se puso una pijama ligera de algodón y se paró frente al gran ventanal que daba a las luces de Zúrich.