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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:18.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Miradas que Hablan

La cafetería La Pausa olía a café recién molido y pan tostado, un aroma de rutina y consuelo que normalmente calmaba los nervios de Valentina. Pero hoy, el olor le resultaba agobiante.

Cada tintineo de la campanilla de la puerta hacía que su corazón diera un vuelco ridículo. Estaba sentada en el mismo sillón, el del desastre del chocolate, intentando leer una novela que no lograba captar su atención.

Había vuelto deliberadamente, una forma de exorcizar fantasmas, de demostrarse a sí misma que podía reclamar ese espacio. O quizás, admitió una parte más profunda y terca de su alma, porque era el lugar donde él sabía que podría encontrarla.

Tras la tormenta del episodio cardiaco de la noche anterior, se sentía como cristal hecho añicos y vuelto a pegar con cuidado.

Frágil, con fisuras visibles para quien supiera mirar. Se había puesto un suéter de cuello alto beige, no por elegancia, sino para ocultar la palidez cadavérica de su piel y sentirse arropada. Las manos, alrededor de la taza de chocolate —descafeinado, siempre descafeinado—, temblaban levemente.

La campanilla sonó de nuevo. Esta vez no se sobresaltó. Sintió, en cambio, una calma extraña, una certeza visceral antes de siquiera alzar la vista. Sabía que era él.

Dante estaba en la entrada, desabrochándose el abrigo negro. Su mirada barrió la estancia con eficiencia militar hasta encontrarla. No hubo sorpresa en sus ojos grises. Solo una satisfacción profunda, la del depredador que ha encontrado a su presa exactamente donde esperaba.

Caminó hacia ella con esa seguridad innata que parecía apartar el aire a su paso. Valentina no hizo ningún movimiento. No sonrió. No apartó la mirada. Lo observó acercarse, sintiendo cómo cada latido de su corazón marcaba el compás de sus pasos.

Se detuvo frente a su mesa. Su sombra la envolvió.

—Parece que el universo tiene un sentido del humor repetitivo —dijo, su voz, un bajo vibrato que le erizó la piel.

—O que a algunos les cuesta aprender de sus errores —replicó ella, forzando una neutralidad que no sentía—. ¿Viene a causar más estragos en la vajilla?

—Vine por un café. Lo otro depende de usted —espetó él, pero una lucecita juguetona brilló en sus ojos, desmintiendo la severidad de sus palabras.

Sin pedir permiso, se sentó en el sillón frente al suyo, ligeramente de lado, apoyando un brazo en el reposabrazos, como si se estuviera instalando para una larga conversación. Marco, el barista, apareció como por arte de magia.

—¿El usual, señor Moretti? —preguntó, con una familiaridad que a Val le hizo arquear una ceja.

—Sí, Marco. Gracias.

—¿Ya tiene descuento de habitual? —preguntó Val, incapaz de resistirse—. ¿O es que compró la cafetería para evitar futuras demandas por quemaduras de chocolate?

—Solo aprecio la eficiencia —dijo él, sin despegar los ojos de ella—. Y el café bueno. Algo que, al parecer, usted aún no ha probado —añadió, señalando su taza de chocolate con un gesto de la barbilla.

—Mi cardióloga tiene opiniones muy fuertes sobre la cafeína —soltó Val, y de inmediato quiso morderse la lengua. Había sido un comentario casi automático, una defensa sarcástica, pero que insinuaba demasiado.

Los ojos de Dante se ensombrecieron ligeramente, perdiendo el deje juguetón. Su mirada se intensificó, volviéndose analítica. Escaneó su rostro, y Valentina sintió que la estaba desmontando pieza por pieza.

Se vio a sí misma a través de sus ojos: las ojeras que el corrector no había logrado ocultar por completo, la palidez que el cuello alto no ocultaba del todo, la ligera tensión alrededor de su boca que delataba el esfuerzo de parecer normal.

—¿Su cardióloga? —repitió él, su voz más suave, pero no menos intensa.

Ella se encogió de hombros, mirando su taza.

—Todo el mundo debería tener una. Son muy útiles para sermonear sobre el azúcar y el ejercicio.

Intentó que sonara a broma, pero la frase cayó como una losa en el espacio entre ellos. Él no sonrió. No siguió el juego. Solo la miró. El silencio se extendió, pero no fue incómodo. Fue denso, cargado de cosas no dichas.

Él estaba procesando la información, conectando puntos: el mareo en el mercado, su reacción exagerada en la librería, su comentario sobre la terquedad de los narcisos, el temblor casi imperceptible de sus manos ahora.

Marco trajo el café de Dante —un espresso negro y espeso— y se retiró discretamente. Dante no le prestó atención. Su mundo se había reducido a ella.

—¿Está bien, Valentina? —preguntó al fin. No era una pregunta vacía de cortesía. Era directa, cargada de un significado más profundo. ¿Está bien de verdad? ¿O solo está fingiendo para mí?

Ella sintió una oleada de pánico mezclada con una necesidad desesperada de decir la verdad. De soltarlo todo. De dejar de cargar con el peso sola. Pero el miedo era más fuerte.

—Perfectamente —mintió, alzando la mirada para encontrarse con la suya—. Solo un poco de cansancio. Las novelas de Tolstói son agotadoras —añadió, señalando el libro que tenía abandonado en la mesa.

Él sostuvo su mirada. Sabía que mentía. Lo podía ver en sus ojos. Pero no la presionó. No la llamó mentirosa. Asintió lentamente, aceptando la fachada por ahora.

—Tolstói es un pesado —afirmó, tomando un sorbo de su espresso—. Prefiero a los rusos más directos. Dostoievski. Gógol.

—Gógol no es directo, es surrealista —contraatacó ella, agradecida por el cambio de tema—. ¿Acaso encuentra directo que un hombre se persiga su propia nariz?

—Es directo en su absurdo —argumentó él, y por primera vez desde que se había sentado, esbozó una media sonrisa—. No esconde la locura bajo capas de decoración social. La expone. Es… refrescantemente honesto.

Como usted no, decía su mirada. Como ninguno de nosotros.

Bebieron en silencio un momento. La tensión inicial se había transformado en algo más complejo. Ya no era solo atracción o curiosidad. Había una capa de preocupación tangible en la manera en que Dante la observaba, en la forma en que sus dedos jugueteaban con la taza de café, como si contuvieran el impulso de alargar la mano y tocarla.

—Tengo que irme —dijo Val de repente, sintiendo que si se quedaba un minuto más, las lágrimas que había contenido desde anoche podrían traicionarla—. Turno en la librería.

Él no se inmutó. Asintió.

—Claro.

Ella se levantó, recogiendo su libro y su abrigo. Él se levantó también, un gesto de caballerosidad antiquado que, viniendo de él, no parecía fuera de lugar, sino natural y dominante.

Mientras ella se ponía el abrigo, él sacó un bolígrafo delgado y plateado de su bolsillo interior. Sin pedir permiso, tomó el libro que ella sostenía, Ana Karenina, y abrió la contraportada. Con una caligrafía firme y segura, escribió algo. Le devolvió el libro.

—Por si algún día —dijo, su voz grave— decide que prefiere hablar de surrealismo ruso… o de cualquier otra cosa… en lugar de con Tolstói.

Valentina miró lo que había escrito. No era solo un número. Era un nombre, Dante, y debajo, un número de teléfono móvil. Y debajo de eso, una sola palabra entre paréntesis: (Directo).

Una sonrisa involuntaria asomó a sus labios. Era tan él. Tan arrogante. Tan seguro. Tan… directo.

—No suelo llamar a números que me dan en cafeterías —dijo, intentando mantener la compostura—. Las políticas de mi cardióloga sobre extraños arrogantes también son muy estrictas.

—No soy un extraño —replicó él, sin pestañear—. Soy Dante. Y ya te he visto llorar. Eso nos saca de la categoría de extraños, creo.

La mención de su momento de vulnerabilidad le dio en el blanco. La dejó sin palabras. Él lo sabía. Le sonrió, un gesto rápido que llegó a sus ojos y que le quitó el aire.

—Hasta luego, Valentina.

Echó mano de su abrigo y se marchó, dejándola plantada allí, con el libro caliente en las manos y un número de teléfono que parecía pesar una tonelada.

Marco se acercó a recoger las tazas.

—Vaya. Eso fue… intenso.

Valentina no respondió. Abrió el libro de nuevo y miró la escritura firme y segura. (Directo).

Y supo, con una certeza que le agitó el estómago, que tarde o temprano iba a marcar ese número. El miedo seguía ahí, gritando que era una locura. Pero algo más fuerte, una curiosidad feroz y un anhelo profundísimo de esa conexión cruda y honesta que él parecía ofrecer, estaba ganando la batalla.

Salió a la calle, abrazando el libro contra su pecho. El corazón le latía con fuerza, pero de una manera que no tenía nada que ver con la enfermedad y todo que ver con la promesa de un futuro lleno de miradas que hablaban, silencios elocuentes y una honestidad aterradora y maravillosa.

1
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
Melisuga
Imagino lo abrumada que debió sentirse Valentina con tanta información médica a considerar y los riesgos a su vida a corto, mediano y largo plazos; en dependencia de la decisión que tome y conducta que siga.
Melisuga
Dante ha hecho una de las declaraciones de amor más extrañas y hermosas que haya visto o leído.
😍😍😍
Melisuga
¡Qué lindo y dulce sonó es "mi vida"!
😍😍😍
Melisuga
La forma en que Dante quiere y trata a Valentina es maravillosa y sublime. ¡Me ilusiona!
😍😍😍
Melisuga
¿Ves lo que te digo, Valentina? Él sabe distinguir una joya real escondida entre imitaciones, sean de poca o mucha calidad.
Melisuga
Y en lo único que tienes razón es en que tú no das con facilidad lo que ellas sí: tu cuerpo y una conversación fatua y poco interesante. Eres mucho más que eso, eres inteligencia, valores, humildad y respeto. Y Dante lo sabe y por eso te busca y protege.
😍😍😍
Izy Maldonado
Ijole que dificil
Izy Maldonado
No que no muera😭😭😭😭
Izy Maldonado
Es una lástima que fallo el tratamiento 😢
Izy Maldonado
Que bueno que despertó 😭
America Lopez
creo que ocurrió algo, el capítulo 45 no está y el 46 es el mismo contenido del 44, pero es una observación, la historia está demasiado interesante, me encanta
America Lopez
guao, no me esperaba que el tratamiento fuera fallar, que pena... seguimos vamos a la operación ahora le toca resistir y persistir
Guillermo Peralta
estupenda llore en toda la lectura pero me fascinó mucho 💖🥰👏🤭
America Lopez
Dios que terrible esa experiencia, pero que hermoso amor nació entre ellos, la adversidad. la escritora es genial, porque vives cada momento bueno y malo, lo sientes tu corazón se alegra y llora con los protagonistas
Izy Maldonado
Es hermosa, triste😢 pero hermosa y esta llegando la esperanza de no estar sola en esa lucha continua
America Lopez
/Whimper/
America Lopez
que intenso este capitulo, amo esta historia
Melisuga
Es cierto que Valentina tiene un padecimiento que la hace estar al borde de la muerte cada tanto. Pero vivir de la forma en que lo hace, limitándose hasta para las pequeñas alegrías de la vida, es casi que morir a plazos.
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