Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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relato omnisciente
El edificio corporativo de los Montenegro se alzaba como una promesa de poder en medio del ruido incesante de la ciudad. Sus paredes de vidrio reflejaban un cielo limpio, casi indiferente, como si nada de lo que ocurriera dentro pudiera alterar su perfección aparente.
A una hora de distancia, en un apartamento discreto pero cuidadosamente ordenado, Yubitza Sandoval observaba su reflejo en el espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared. Habían pasado cinco años, pero en su mirada aún persistía la misma determinación silenciosa que la había acompañado desde joven. No era la muchacha dulce que alguna vez fingió ser. Tampoco la víctima que todos imaginaron cuando desapareció sin explicaciones.
Ahora era algo distinto.
Más calculadora.
Más paciente.
Más peligrosa.
El traje que había elegido no era casual, la pollera a la rodilla marcaba sobriedad; la camisa clara suavizaba su imagen; el blazer estructurado le otorgaba autoridad. Nada demasiado llamativo, nada que pudiera asociarse con la mujer que una vez estuvo en el centro del escándalo social. Hoy necesitaba pasar desapercibida.
Porque las mejores jugadas… comienzan en silencio.
Sobre la mesa descansaba su currículum impreso en papel grueso. Experiencia en administración, manejo de agenda ejecutiva, idiomas, cursos en el extranjero. Todo cuidadosamente construido durante su ausencia. Nada de mentiras evidentes, pero sí muchas verdades acomodadas con inteligencia.
Yubitza tomó aire con lentitud.
Volver a esa ciudad no había sido sencillo.
Volver al mundo de Elías… mucho menos.
Pero no había regresado por nostalgia.
Había regresado por lo que le pertenecía.
Sus dedos se posaron un instante sobre la fotografía pequeña que guardaba dentro del bolso: una niña de ojos brillantes y sonrisa tranquila. Karencitha, su mayor secreto, su razón, su arma más poderosa… aunque aún nadie lo supiera.
—Es hora —susurró, más para sí misma que para el vacío.
El vestíbulo del edificio Montenegro era amplio, luminoso y frío. El mármol pulido devolvía ecos suaves de cada paso, como si incluso el sonido debiera comportarse con elegancia en aquel lugar. Recepcionistas impecables, guardias discretos, empleados que caminaban con prisa contenida.
Todo seguía igual.
Excepto ella.
Yubitza avanzó sin titubeos, nadie la reconoció, nadie la detuvo, era solo otra mujer buscando trabajo, otra historia común en una ciudad que olvidaba rápido.
En el área de recursos humanos, una asistente le indicó que tomara asiento. Varias postulantes aguardaban en silencio, algunas revisando sus teléfonos, otras repasando documentos con nerviosismo evidente.
Yubitza no mostró ansiedad.
Observó.
Siempre observaba.
Analizó la dinámica del lugar, los tiempos de espera, las puertas que se abrían, los nombres que eran llamados. Midió jerarquías en detalles mínimos: quién saludaba a quién, quién evitaba mirar, quién parecía tener miedo de equivocarse.
Información.
Todo era información.
Cuando pronunciaron su nombre, se puso de pie con calma perfecta.
La entrevista se desarrolló en una oficina sobria. Dos personas frente a ella: una mujer de expresión meticulosa y un hombre que apenas levantaba la vista de los papeles.
—Veo que estuvo varios años en el extranjero —comentó la entrevistadora.
—Sí. Perfeccionando mi formación administrativa —respondió Yubitza con tono sereno.
No hubo titubeos.
No hubo exceso de amabilidad.
Solo equilibrio.
Eso generaba confianza.
—El puesto es de secretaria, es una posición básica.— dijo el entrevistador.
Lo sabía.
Por supuesto que lo sabía.
Y aun así, asintió con humildad medida.
—Estoy interesada en crecer dentro de una empresa sólida.— respondió Yubitza
La respuesta correcta.
Ni ambición evidente… ni conformismo.
El entrevistador la observó por primera vez con atención real.
Algo en ella transmitía control.
No sumisión.
Control.
Mientras tanto, en otro piso del edificio, Elías Montenegro terminaba una reunión que parecía no tener fin. Su voz sonaba firme, pero en su interior persistía un cansancio antiguo, uno que ni el éxito empresarial ni los años habían logrado borrar.
Cinco años.
Cinco años intentando ordenar una vida que nunca eligió del todo.
Cinco años mirando a su hijo crecer desde una distancia que él mismo había creado.
Cinco años conviviendo con un silencio llamado Araceli.
No sabía por qué ese día se sentía distinto.
Solo una incomodidad leve, casi imperceptible.
Como si algo se estuviera moviendo fuera de su campo de visión.
Elías ignoró la sensación.
Tenía demasiadas cosas que sostener como para escuchar presentimientos.
En la sala de entrevistas, Yubitza respondió la última pregunta con precisión tranquila. No necesitaba impresionar; necesitaba ser aceptada.
Porque esto no era un trabajo.
Era una entrada.
La puerta más pequeña… hacia el lugar correcto.
—Le avisaremos —dijo finalmente la entrevistadora.
Yubitza sonrió con cortesía perfecta, se levantó y agradeció el tiempo brindado. Ningún gesto de desesperación. Ninguna prisa.
Sabía que la llamarían.
No por suerte.
Porque había calculado todo.
Al salir del edificio, el sol de la tarde iluminó su rostro por un instante. Cerró los ojos apenas un segundo, sintiendo el peso invisible del pasado y la fuerza silenciosa del futuro.
Había vuelto al tablero.
Y esta vez…
no pensaba perder.
Porque Araceli Durango había aprendido a ser villana en un mundo de máscaras.
Pero Yubitza Sandoval…
había aprendido a esperar.
Y en el ajedrez verdadero,
la paciencia siempre vence a la fuerza.
La primera parte de su plan
acababa de comenzar.
Esa mañana, mientras la ciudad continuaba su rutina sin sospechar los movimientos invisibles que comenzaban a entrelazarse, en el colegio privado Saint Gabriel una nueva historia daba su primer paso.
El edificio escolar, rodeado de jardines perfectamente cuidados, parecía un lugar ajeno a las tensiones del mundo adulto. Allí, las ambiciones se disfrazaban de juegos, y los secretos aún no tenían nombre. Sin embargo, incluso en espacios así, el destino encontraba la forma de escribir sus propias coincidencias.
Karencitha Sandoval ingresó tomada de la mano de la coordinadora académica. Llevaba el uniforme impecable, el cabello cuidadosamente peinado y esa serenidad extraña en una niña tan pequeña. No miraba con miedo, tampoco con entusiasmo desbordado. Observaba… como alguien que ya había aprendido a medir el mundo antes de confiar en él.
La maestra la presentó con una sonrisa amable, diciendo su nombre en voz alta, invitando a los demás niños a recibirla. Algunas miradas curiosas se alzaron; otras volvieron rápido a sus juegos. Para ellos, las llegadas y despedidas aún eran cosas simples.
Pero para Karencitha, nada era simple, sus ojos recorrieron el aula con calma hasta detenerse en un rincón cercano a la ventana. Allí, un niño jugaba con bloques de construcción. No hablaba con nadie. No parecía necesitarlo, su concentración era silenciosa, casi adulta, como si en lugar de torres estuviera levantando algo mucho más importante.
Había tranquilidad en él.
Una calma que no pertenecía del todo a la infancia.
Sin pedir permiso, Karencitha caminó hacia ese rincón. Sus pasos fueron suaves, seguros, como si una fuerza invisible la guiara exactamente a ese lugar.
Se detuvo frente al niño unos segundos, observándolo. Él no levantó la vista de inmediato; colocaba cada bloque con precisión paciente, cuidando el equilibrio de la estructura.
Entonces ella habló, con una voz clara y pequeña que rompió la quietud del momento.
—Hola, soy Karencitha Sandoval —se presentó.
El niño inhaló despacio antes de alzar la mirada, como si salir de su mundo interior requiriera un esfuerzo mínimo pero real. Sus ojos eran serenos, profundos, demasiado atentos para su edad.
—Maximus Montenegro —respondió, respirando hondo.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue… extraño.
Como si algo invisible se hubiera reconocido sin palabras.
Karencitha miró la torre de bloques.
—Está torcida —dijo con naturalidad.
Maximus observó la estructura, analizando.
Tenía razón.
—Si le pones uno aquí, no se cae —agregó ella, señalando con suavidad.
Él tomó el bloque indicado y lo colocó, la torre se estabilizó.
No sonrió.
Pero algo en su expresión cambió apenas.
Un gesto mínimo… suficiente.
Desde la puerta del aula, la maestra observaba la escena con ternura distraída, sin saber que presenciaba un cruce mucho más profundo que una simple amistad infantil.
Porque fuera de ese salón, dos historias marcadas por el pasado comenzaban a acercarse de una forma que nadie había planeado del todo…
y que, sin embargo, parecía inevitable.
En otra parte de la ciudad, Yubitza caminaba sin imaginar que, en ese mismo instante, su hija estaba frente al niño que representaba todo lo que alguna vez perdió.
Y lejos de allí, Araceli continuaba construyendo su imperio con la certeza de que tenía cada pieza bajo control.
Pero el destino no avisa cuando mueve sus propias fichas.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡