un romance entre un mafioso y un femboy
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LA ROSA NEGRA
Durante los días siguientes, la ciudad comenzó a sentirse diferente. No era solo una sensación vaga, algo en el aire había cambiado, como si el cielo se hubiera vuelto un poco más gris y el silencio de las calles escondiera secretos que antes no existían.
Dante lo notaba de inmediato. Automóviles idénticos que aparecían repetidamente en su camino, estacionados a una distancia prudente pero inconfundible. Personas desconocidas que permanecían demasiado tiempo cerca de su casa, fingiendo consultar un teléfono o leer un periódico sin pasar una sola página. Mensajes sin remitente que aparecían en el teléfono de Dante: solo una hora, una fecha, nada más. No era paranoia. Conocía demasiado bien el peso de una mirada ajena clavada en la espalda. Alguien los estaba observando, y lo hacía con paciencia, con el tipo de calma que solo tiene quien sabe que tiene el tiempo de su lado.
Adrián también empezó a notarlo. Al principio creía que eran solo nervios, que el pasado de Dante les estaba jugando una mala pasada. Pero una tarde, mientras caminaban por una calle comercial, entre gente que iba y venía con sus bolsas y sus prisas, vio a un hombre observándolos desde el otro lado de la calzada. No fingía nada. Simplemente estaba allí, de pie, con una chaqueta gris y una expresión impasible, como si estuviera memorizando cada paso que daban.
—Dante —susurró Adrián, sin dejar de sonreír como si nada hubiera pasado.
—¿Qué? —respondió Dante en el mismo tono, sin girar la cabeza.
—El hombre de la chaqueta gris. Al otro lado de la calle. No ha parado de mirarnos desde que salimos de la panadería.
Dante miró discretamente, solo un movimiento de ojos, casi imperceptible. Vio al hombre, su postura rígida, sus manos escondidas en los bolsillos, la forma en que no parpadeaba lo suficiente.
—No lo mires directamente —advirtió Dante, su voz se había vuelto más baja, más tensa.
—¿Por qué?
—Porque si está vigilándonos, sabrá que lo descubrimos. Y si sabe que lo sabemos, puede cambiar de estrategia. No quiero que se apure.
Continuaron caminando, paso a paso, como si nada estuviera ocurriendo a su alrededor. Pero la atmósfera entre ellos se había vuelto densa, pesada. Adrián sentía el pulso acelerado en sus oídos, pero obligó a sus piernas a seguir avanzando al mismo ritmo tranquilo de antes.
Al doblar la esquina, Dante se detuvo en seco. Se giró lentamente hacia la calle que acababan de dejar atrás.
El hombre había desaparecido.
—¿Lo ves? —dijo Adrián, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—Sí. Se fue demasiado rápido. Estaba esperando a que nos distrajéramos. Sabía que doblaríamos por allí.
Dante permaneció serio, pero sus ojos habían perdido aquella calma que tanto le costaba recuperar.
—Tenemos que volver a casa. Ahora.
—¿Ya? Ni siquiera hemos terminado de comprar lo que necesitamos —dijo Adrián, aunque en el fondo sabía que no era una sugerencia.
—Sí. No nos gusta estar fuera más tiempo del necesario hoy.
—Pero Dante…
—Adrián.
El tono de Dante fue suficiente. No era una orden, era una advertencia, y había algo en su mirada que hizo que Adrián asintiera sin decir una palabra más. Regresaron a casa por caminos más largos, cambiando de dirección varias veces, mirando hacia atrás de vez en cuando. Cuando por fin cerraron la puerta tras de sí, ambos soltaron el aire que llevaban retenido sin darse cuenta.
Esa noche, la lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas cuando Dante recibió algo que no era un mensaje en su teléfono. Alguien lo había dejado en el alféizar de la ventana del salón, perfectamente visible, como si quien lo puso allí hubiera querido asegurarse de que lo encontrara.
Era una fotografía.
Esta vez era de Adrián. Estaba saliendo de la cafetería, sonriendo con un compañero, ajeno a todo. La fotografía había sido tomada desde una distancia considerable, con un teleobjetivo potente, lo que significaba que quien la tomó estaba lo suficientemente cerca para verlo todo pero lo suficientemente lejos para no ser visto. Y en la esquina inferior, con tinta roja, alguien había escrito una sola palabra: Pronto.
Dante apretó el papel entre sus dedos hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Sentía que el aire se le escapaba del pecho.
—No… —murmuró, casi sin voz.
Adrián, que estaba preparando té en la cocina, entró en la habitación y lo vio de pie, rígido, con la mirada fija en aquella imagen.
—¿Qué ocurre? —preguntó, acercándose lentamente.
Dante le mostró la fotografía sin decir nada. Adrián la tomó, y al verla, se quedó inmóvil. El calor se le fue del cuerpo, reemplazado por una sensación fría y pesada que se le instaló en el estómago.
—¿Me estaban siguiendo? —preguntó, apenas un susurro.
—Sí. Y no fue solo ese día. Han estado esperando. Observando. Buscando el momento exacto para atacar.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé. Quizás desde antes de que supiéramos que existían. Quizás todo este tiempo hemos estado caminando en una trampa que no vimos.
Dante comenzó a caminar de un lado a otro, sus pasos cortos y rápidos, llenos de una inquietud que no había sentido en meses. Su antigua personalidad comenzaba a regresar: la necesidad de controlarlo todo, la urgencia de saber cada detalle, la necesidad de eliminar cualquier amenaza antes de que pudiera acercarse demasiado. Sentía que la pared se cerraba sobre él, y la única forma de salir era destruyendo lo que estuviera al otro lado.
Adrián lo observó y vio el miedo transformarse en oscuridad en sus ojos. Se acercó y lo tomó del brazo, con firmeza, sin dejar que se alejara.
—Dante. Mírame. Ahora mismo.
Dante lo hizo, y en sus ojos había una lucha feroz entre el hombre que quería ser y el hombre que había sido.
—No vuelvas a convertirte en quien eras —dijo Adrián, su voz clara y firme—. Porque si te pierdes a ti mismo, ellos ya habrán ganado, sin necesidad de tocarme siquiera.
Aquellas palabras lo hicieron detenerse. Dante cerró los ojos con fuerza, respiró hondo, y por un instante dejó caer sus hombros, permitiéndose mostrar lo que realmente sentía.
—Tengo miedo —confesó, tan bajo que casi no se escuchaba—. Tengo tanto miedo de que te hagan daño que no puedo pensar con claridad.
—Lo sé. Y yo también tengo miedo. Pero el miedo no nos hace enemigos. No tienes que cargar con esto tú solo.
Adrián apretó su mano, entrelazando sus dedos con los de él.
—No me vas a perder por tener miedo. Pero tampoco puedes dejar que el miedo decida por ti. Si actuas como ellos quieren que actúes, entonces les estás dando exactamente lo que buscan.
Dante abrió los ojos y miró a Adrián, viendo no solo a la persona que amaba, sino la razón por la que valía la pena mantener la calma.
—Entonces acabaremos con esto juntos —dijo, y por primera vez no sonó como una amenaza, sino como una promesa—. No huiremos. No nos esconderemos. Vamos a descubrir quién está detrás de todo esto, y lo haremos bien.
Por primera vez en mucho tiempo, Dante decidió no enfrentarse al enemigo desde las sombras. Reunió todo lo que sabía, cada pista, cada nombre, cada mensaje, y comenzó a conectar los hilos uno por uno. Buscó en archivos viejos, habló con personas que creía haber dejado atrás, siguiendo el rastro de una organización que se hacía llamar la Rosa Negra.
Y cuando finalmente el rompecabezas encajó y el nombre apareció escrito claramente en una nota que tenía en la mano, Dante sintió que el mundo se detenía bajo sus pies.
El nombre no era de un extraño. No era de un rival de negocios ni de un enemigo antiguo.
Comprendió entonces que el verdadero enemigo no estaba al otro lado de la ciudad, escondido en una oficina oscura. Estaba mucho más cerca. Mucho más cerca de lo que jamás se hubiera atrevido a imaginar. Y lo peor de todo era que Adrián también conocía ese nombre.