Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
NovelToon tiene autorización de YESRABI para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La Esperanza Es Lo Último Que Muere
El sol del jueves entró por mi ventana con una insolencia que me resultó insoportable. No era un amanecer cualquiera; era el inicio de la cuenta regresiva que había empezado a torturarme.
Me quedé tumbado en la cama con la mirada fija en el techo blanquecino, atento en el silencio de la casa que pronto sería interrumpido por la mujer que seguía existiendo en mi mismo plano terrenal. Levantarme no estaba dentro de mis principales metas del día, aunque sabía que tenía que hacerlo. La comodidad del colchón premium me seducía con tal impulso, que no importaba si yo era el mismísimo presidente de la compañía Song.
Apenas me alcé, las piernas me llevaron cuesta abajo, como si llevara cientos de kilos en cada una. Me arrastré hasta la ducha, me afeité y, al final, elegí un traje gris marengo, casi fúnebre, como lo exigía la situación. Al anudarme la corbata frente al espejo, mis pensamientos se concentraron en la venda que aún cubría la herida de aquel accidente. Era, al parecer, lo único que me mantenía atento, pues todos mis movimientos iban bajo una coreografía mecánica. Me sentía sin un alma propia, tirado de la soga de un deber rutinario.
Bajar a la cocina fue un poco más desgarrador. Victoria estaba ahí como cada mañana antes de la firma del divorcio. Llevaba un conjunto de seda color crema y su cabello atado en una media coleta. Se encontraba revisando unos papeles sobre la barra. Se veía impecable, profesional y endemoniadamente lejana a mí.
Mi corazón estaba dispuesto a no dejarme tranquilo. Ahora bien lo entendía.
—Buenos días —saludó, sin alzar la vista.
—Buenos días —logré responder, acercándome a la cafetera para servirme una taza.
Lo hice despacio. Preocupado de perturbar su paz. Bebí un trago pequeño y la quemada en la lengua me dejó en claro una vez más que este día no era un jodido sueño.
—Leo llamó hace un momento —mencionó de pronto, marcando uno de los párrafos en el documento que tenía en manos—. Dice que los proveedores de París enviaron una confirmación extra, y que quieren una reunión de seguimiento el lunes.
Su voz fue suave. Tan tranquila como la brisa de viento en pleno verano. Mis dedos se aferraron a la taza y la incomodidad en la herida me atormentó, haciéndome morderme la lengua como un desgraciado suplente de anestesia.
—Gracias —murmuré.
El silencio volvió a instalarse, demasiado denso como una neblina. Quise decir algo, cualquier estupidez, incluso mencionar la cena que tendría más tarde. Algo que le dejara en claro que todavía existía; sin embargo, las palabras terminaron atascadas en mi garganta. Asfixiadas como las otras tantas que lo habían hecho por los años de orgullo mal gestionado.
—¿Saldrás hoy? —me atreví a preguntar, aferrándome a la idea de haber sonado casual y no como un estúpido.
Victoria bajó el marcador y me miró a los ojos. Su ceja estaba alta, completamente desconcertada por mi repentino interés. Y yo mismo quise darme una bofetada al darme cuenta de que era la primera vez en cinco años que le preguntaba sobre sus planes y no le daba la orden de llegar temprano a casa.
—Tengo algunas reuniones en la empresa con los accionistas y... bueno, tengo un compromiso —respondió con una calma agonizante que me hizo arder el pecho—. ¿Necesitas algo?
—Oh... Uh... No —negué, bajando mi taza—. Solo ten cuidado.
Frunció el ceño, pero no añadió más. Recogió sus cosas, dedicándome un asentimiento distante antes de salir de la cocina. Aunque el golpe final lo sentí cuando escuché la puerta principal cerrándose.
La jornada en la oficina fue un evidente desastre de productividad. Seguí sentado detrás de mi escritorio como cada día. Pero los informes eran extraños, como un montón de jeroglíficos esperando a un especialista para ser traducidos. Mi cerebro estaba quemado y me ahogué en el mismo ritual de preocupación. Con cada notificación de mi teléfono, el corazón lo tomaba como una nueva orden para volcarse en mi pecho.
La ansiedad me rascaba desde adentro, agonizando, exigiéndome levantar el jodido trasero para ir en su búsqueda. Pero el teléfono solo traía consigo mensajes y correos de gente interesada en los asuntos laborales.
—¿Está bien, Señor Song? —llamó repentinamente Leo, con el dedo apuntando el documento frente a mí—. Has firmado tres veces ese documento.
Sus palabras se oyeron nítidas esta vez. Miré abajo con la expectativa desecha. Mi firma estaba plasmada en tres distintos puntos, y el garabato ni siquiera tenía forma.
—Estoy distraído. Es todo.
—¿Es por Victoria? —tentó, llevando la mirada a su tableta electrónica—. Mencionaste que tenía una cita con su nueva conquista, ¿no?
Sus palabras se clavaron en mi cerebro. El bolígrafo tronó bajo mi agarre, en una explosión de tinta que solo aumentó mi molestia. Aun así, no me moví y solo me dediqué a analizar la zona donde le daría el golpe de gracia para que no volviera a mencionar una estupidez como esa.
—Ya están divorciados —recordó—. La madre de los hermanos Wang está organizando citas a ciegas para la hija menor —musitó sin mostrarse afectado—. ¿Quieres que te recomiende?
—Cierra la jodida boca de una vez, Leo —le amenacé desde mi sitio, aun sin sentirme afligido por el desastre de tinta en mi traje—... He preparado un ramo de flores para Victoria el día de mañana —me atreví a confesar, levantándome para mirar por el ventanal—. Además, Ginny me lo dijo, John solo está buscando ser un remplazo mío.
—Y a pesar de la mala fama que llevan consigo los sustitutos, la gente continúa prefiriendo la medicina similar por ser más accesible —mencionó despreocupado, soltando un suspiro que terminó con mi paciencia—. Me encargaré de solicitar un nuevo papel y llevarlo con John para que lo firme en tu ausencia... Tú, al menos, deberías ir a casa para que ella se dé cuenta de lo que está por dejar atrás.
Por primera vez, desde el inicio de este asunto, miré a Leo con la calma de un padre que ha descubierto que su hijo no era un cabeza de chorlito.
No tuve que pensarlo demasiado. Tomé mis pertenencias y salí de la compañía por el elevador trasero, donde nadie podía ver mi carrera hasta el auto.
Las ideas erróneas comenzaron a deteriorar mi paz mental. Mi pie buscó presionar hasta el fondo, pero mi buen raciocinio me mantuvo al margen. No podía darme el lujo de ser detenido por una patrulla a causa de la velocidad.