Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: Solo un rato
La cafetería de la universidad huele a aceite reutilizado y a detergente de fregona, la luz del mediodía entra por los ventanales sucios y dibuja manchas pálidas sobre las mesas de plástico, esas manchas que nadie limpia del todo. El rumor de las bandejas, el choque de los cubiertos, las voces que se superponen en una nube de palabras sueltas.
Mauro y Nico han conseguido una mesa en el rincón, la única que no está pegajosa y donde el ruido se oye amortiguado, como si el lugar quisiera concederles un pequeño respiro. Leo tiene clase a esta hora, así que están solos, no es habitual, pero Nico ha pedido que se vean sin él.
—¿Qué querías decirme? —pregunta Mauro, dejando la mochila en el suelo.
Nico no responde de inmediato, mira su taza de café, ya fría, los dedos girando el borde sin necesidad, no sabe por dónde empezar. Mauro espera, no pregunta otra vez, sabe que su amigo hablará cuando esté listo. Afuera, un grupo de estudiantes ríe al pasar junto a la ventana.
—Hablé con Mireia —dice Mauro al final, rompiéndolo el silencio—, como te dije.
Nico levanta la vista, el corazón le late más rápido pero su cara no lo muestra.
—¿Y?
Mauro bebe un sorbo de su café, lo deja sobre la mesa con un pequeño golpe seco, como si ese gesto fuera más importante que las palabras.
—No fue nada raro, solo charlamos un rato, le pregunté por Jean, sin que sonara extraño. Me dijo que es buena persona pero muy cerrado, que lleva años así, no se le acerca a nadie y parece que él tampoco quiere que nadie se le acerque.
Nico siente un nudo en el pecho, aprieta la taza con más fuerza.
—¿Eso te dijo?
—Más o menos. —Mauro se recuesta en la silla, cruza los brazos—. También dijo que intuye que tuvo una mala experiencia, algo que lo marcó, pero no sabe los detalles. Nadie los sabe, Jean no habla de eso con nadie.
El nudo se aprieta, Nico mira por la ventana; la luz blanca del mediodía, los árboles del patio, una chica que camina sola con los auriculares puestos. Piensa en Jean, en la forma en que baja la cabeza cuando alguien se le acerca demasiado, en cómo sus manos tiemblan a veces, sin razón aparente.
Alguien le hizo daño, piensa, alguien lo lastimó tanto que ahora vive con miedo.
No sabe por qué, pero esa certeza le duele. No es lástima, es otra cosa, una rabia sorda hacia quien sea que lo hirió y al mismo tiempo una ternura que no sabe dónde poner.
—Por eso —Mauro baja la voz, aunque no hay nadie cerca—, si vas a seguir con esto mejor ve con cuidado, no sabemos qué pasó, pero se nota que no es un omega cualquiera. Cualquier paso en falso puede salir mal.
—Ya lo sé —dice Nico.
—No creo que lo sepas del todo. —Mauro lo mira fijamente, sus ojos café, siempre tranquilos, ahora tienen un brillo de advertencia—. Tú crees en el amor, en las parejas, en los para siempre y está bien, pero Jean no es como los chicos con los que has salido antes, ni siquiera es como los omegas que conoces. Si te acercas, tienes que estar seguro de que no vas a hacerle daño, porque si él confía en alguien y esa persona le falla… no sé si podría recuperarse.
Nico siente que las palabras de Mauro le caen encima como una losa. Pero no es miedo lo que siente, o sí, pero no es solo eso, hay algo más, una certeza que no sabía que tenía.
—No quiero hacerle daño —dice, y su voz suena más firme de lo que esperaba—. Nunca querría hacerle daño, pero tampoco quiero no intentarlo.
Mauro asiente, no añade nada más, los dos se quedan en silencio, escuchando el rumor de la cafetería, las bandejas que se apilan, los pasos que van y vienen.
Nico mira su taza vacía, solo queda un rastro de café seco en el borde. Piensa en Jean otra vez, en su mirada. esquiva, en la forma en que a veces se queda quieto, como si el mundo se hubiera detenido un segundo. Si está solo, piensa, si no tiene a nadie, entonces no hay nadie que se interponga no hay excusa.
La idea se queda flotando en su cabeza, se repite: no tiene a nadie, está solo y él también lo está, de alguna forma. No en el mismo sentido, pero lo está. Entonces voy a arriesgarme, decide, voy a invitarlo, no importa si dice que no, pero tengo que intentarlo.
Mauro se levanta, estira los brazos.
—Voy a casa —dice—. ¿Te vienes?
Nico niega con la cabeza.
—Después, tengo que pasar por Offline.
Mauro sonríe, esa sonrisa suya, tranquila, que sabe más de lo que dice. No pregunta por qué, solo asiente, recoge la mochila y se va. Nico se queda un momento más en la mesa, mira la ventana, la luz que se mueve, la gente que entra y sale. Saca el móvil, no hay mensajes, lo guarda.
Respira hondo y se levanta.
El trayecto hasta Offline se le hizo más corto que de costumbre. Las calles, los semáforos, la tienda de bicicletas, el local de comida china, nada de eso registró, solo repetía las palabras en su cabeza, como quien ensaya un discurso que no quiere olvidar. Voy a invitarlo, no importa si dice que no, pero tengo que intentarlo. El corazón le latía con fuerza al empujar la puerta de cristal.
Offline está casi vacío, la tarde ha entrado por los ventanales y ha teñido las mesas de madera con un brillo cálido, dorado, ese color que tienen las cosas cuando están a punto de terminar. Solo un chico con auriculares en la mesa del fondo, los dedos tecleando sin descanso, y la chica de la laptop roja en su esquina, con la mirada fija en la pantalla y un café a medio beber junto al codo.
Jean está detrás de la barra, tiene la cabeza ligeramente baja, el pelo recogido en la coleta de siempre, sus manos secan un vaso con el trapo, un gesto repetido hasta el cansancio, pero que en él parece tener algo de meditación. La campanilla suena, Jean levanta la cabeza, ve a Nico y no se sorprende, ya no se sorprende, es casi una constante su presencia en Offline, como el olor a café o el rumor de la máquina de espresso.
—Hola —dice Nico, acercándose al mostrador.
—Hola.
Nico apoya los codos en la barra, no pide nada, solo se queda ahí, mirando. Jean nota que algo es diferente, no sabe qué, pero lo nota. Hay una tensión en los hombros de Nico, una forma de respirar más pausada, como si estuviera reuniendo valor.
—¿No vas a pedir? —pregunta Jean, para decir algo.
—Sí, pero no tengo prisa.
Jean arquea una ceja, no dice nada, sigue secando el vaso, aunque el vaso ya está seco. El trapo gira y gira, y sus dedos, finos, huesudos, se mueven con esa precisión automática que ha aprendido a fuerza de años.
Nico lo observa.
—He estado pensando —dice Nico.
—¿En qué?
—En que nos vemos casi todos los días, hablamos un poco, pero apenas nos conocemos.
Jean deja el vaso sobre la barra, lo mira. Sus ojos ámbar, siempre tan cautelosos, ahora tienen algo distinto, no es curiosidad, no es miedo, es una pausa, una espera.
—¿Y eso te preocupa? —pregunta.
—No, solo me parece curioso.
Jean guarda silencio, el trapo cuelga de sus manos, inmóvil, detrás de él, la máquina de espresso respira con un ruido bajo, constante.
—¿Qué haces después de salir de aquí? —pregunta Nico.
—Voy a casa, descanso.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
Nico asiente, se queda callado un segundo, mira sus propias manos apoyadas en el mármol, luego vuelve a mirar a Jean, a sus ojos, a la forma en que la luz de la tarde le dibuja el borde de la mandíbula.
—¿Por qué no vamos a cenar algo? —dice—. Cuando termines.
La pregunta cae entre ellos como una piedra en un estanque, las ondas se expanden, lentas, imparables. Jean se queda quieto, todo su cuerpo se tensa, los dedos aprietan el trapo.
—No —dice.
—¿Por qué no?
—Porque no.
La voz de Jean es cortante, pero no es enfado, es miedo. Nico lo sabe, lo escucha en el tono, en la forma en que las palabras salen más rápido de lo que deberían.
—Solo para conversar —insiste Nico, suave—. Un rato, sin compromiso, como dos personas que quieren conocerse.
Jean siente algo extraño en el pecho, el miedo le sube por la garganta, denso, conocido, pero debajo del miedo, inoportuna, molesta, hay otra cosa, algo que se parece demasiado a la esperanza. Algo que creía haber enterrado hacía cuatro años y que ahora pugna por salir, como una mala hierba que se niega a morir.
—No es buena idea —dice, pero su voz ya no es tan firme.
—¿Por qué?
—Porque…
Busca las palabras, pero no las encuentra. Mira hacia otro lado: la barra, los vasos, la máquina de espresso, cualquier cosa que no sea la mirada de Nico, porque si lo mira, si se deja atrapar por esa mirada limpia que no exige nada, va a perder el control que tanto le ha costado mantener.
—Porque no —repite, pero esta vez suena a derrota.
Nico no se mueve, no insiste más de la cuenta, pero tampoco se va, solo lo mira. Espera. El silencio se alarga, el chico de la mesa del fondo se levanta, cierra su ordenador, se va, la campanilla suena otra vez. Luego solo quedan ellos dos y la chica de la laptop roja, abstraída en su mundo.
Jean respira hondo, siente el pecho llenarse de aire y luego vaciarse, sabe que debería decir que no otra vez, debería negarse, inventar una excusa, cualquier cosa. Pero hay algo en ese chico, algo que empuja desde dentro, algo que le susurra que esta vez quizás sea diferente, o quizás solo quiere creerlo. No lo sabe, pero es más fuerte que su determinación, más fuerte que el miedo, más fuerte que todo lo que ha construido alrededor de sí mismo para no volver a sentir.
—Está bien —dice al fin. La voz le sale baja, casi un susurro—. Solo un rato.
La sonrisa de Nico es tan brillante que Jean tiene que apartar la mirada. No es la sonrisa fácil de siempre, es otra, más torpe, más humana, como si no pudiera contenerla, como si le brotara de dentro sin permiso.
Nico exhala, no sabía que estaba conteniendo la respiración.
—¿A qué hora sales? —pregunta.
—En una hora.
—Bien. —Nico se separa de la barra, coge la mochila del suelo—. Entonces espero.
Se sienta en su mesa, saca el cuaderno, pero no dibuja, solo mira la página en blanco, escuchando el rumor de la máquina de café, el roce de los vasos que Jean sigue colocando en la estantería. Jean se queda detrás de la barra con el trapo en la mano, el corazón le late demasiado rápido. Demasiado. Respira hondo otra vez, pero no sirve.
Mira el reloj de la pared, faltan cincuenta y tres minutos.
Nico sigue con la cabeza inclinada sobre el cuaderno, no dibuja, solo espera yJ ean, desde la barra, lo observa de reojo mientras finge ordenar los vasos que ya están ordenados. Siente el peso de la decisión que acaba de tomar, siente el miedo, pero también siente otra cosa, una chispa diminuta, casi imperceptible, que le recorre el pecho. Algo que hacía cuatro años creyó haber perdido para siempre y que ahora, contra todo pronóstico, volvía a latir.
Solo un rato, se dice, pero sabe que está mintiendo. El reloj sigue avanzando, la tarde se vuelve más anaranjada.
Y Nico espera.