🚫 Novela en Emisión 🚫
Molly Dumont vive en un mundo de sombras donde nadie puede oírla. Tras un trágico accidente, todos creen que su mente se ha ido para siempre, pero ella está ahí, escuchando cada secreto, cada traición y cada suspiro.
Axel Brunner, el CEO del Holding Arcane, se casó con ella por un pacto de poder, pero ahora se encuentra librando la batalla más importante de su vida: proteger a la mujer que todos llaman "un cuerpo vacío". Mientras la justicia intenta arrebatársela y un tío ambicioso busca destruirla, Axel descubrirá que el amor no necesita palabras, y que Molly está enviando señales que solo un corazón dispuesto a escuchar puede entender.
¿Podrá Axel salvarla antes de que el tiempo se agote? ¿Logrará Molly romper las cadenas de su silencio antes de perderlo todo?
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Capítulo 20: El Búnker de Cristal
El día de la mudanza amaneció gris, con un frío que pelaba y nubes que daban por hecho que iba a nevar pronto. Lo que montó Hans fue un despliegue de esos que solo se ven en las películas de acción. Para que el tal Claude no tuviera por dónde agarrarlos, Hans soltó tres ambulancias igualitas, con los vidrios oscuros y sin un solo logo. Salieron de la clínica una tras otra, con cinco minutos de diferencia, agarrando caminos distintos para marear a cualquiera que estuviera vigilando.
Mientras tanto, Axel no podía ni estarse quieto en el ala oeste de su mansión. No quiso ir a la clínica porque sabía que su cara iba a llamar demasiado la atención y lo que menos quería era prensa o problemas en la calle. Su lugar era ahí, esperando a que le trajeran lo que ahora era su responsabilidad más grande. Iba y venía por la habitación que acababan de terminar; el único ruido que se escuchaba era el "pip, pip" de las máquinas que ya estaban prendidas y el viento que pegaba fuerte contra los vidrios blindados.
Stefan estaba apoyado en la puerta, viendo cómo su amigo se aguantaba los nervios. De pronto, por el audífono, se oyó la voz de Hans: la ambulancia de verdad, la que traía a Molly, acababa de cruzar el portón principal.
Unos minutos después, los médicos entraron a la habitación moviéndose rápido, como si llevaran toda la vida practicando. Axel se quedó de piedra viendo cómo pasaban a Molly a la cama nueva. Verla ahí, tan indefensa, moviéndola de un lado a otro como si fuera una muñeca de porcelana que se pudiera romper con cualquier roce, le dio una patada en el estómago. Se veía tan chiquita, casi desaparecida entre tanto cable y aparato que él mismo había mandado a poner.
Stefan se le acercó y le puso la mano en el hombro, sintiendo que Axel estaba tieso como un poste.
—La estamos sacando de donde le pueden hacer daño, Axel. Hiciste lo que tocaba —le dijo Stefan bajito.
Axel no dijo ni pío al principio. Se acercó un poco más a la cama para verle la cara a Molly. La casa ya no se sentía sola, ahora tenía un aire pesado, como si estuvieran esperando que explotara algo en cualquier momento.
—Todavía no lo sé, Stefan —soltó Axel sin quitarle el ojo de encima—. Pero si ese Claude se cree que puede seguir jodiéndonos la vida ahora que ella es mi esposa, no sabe con quién se metió. De aquí en adelante, este es el único sitio donde nadie la va a tocar, y aquí mando yo.
Axel se acomodó la camisa, se puso serio otra vez y se tragó cualquier rastro de duda. La pelea de verdad acababa de empezar, y esta vez, era en su propia casa.
El vestíbulo, antes minimalista y silencioso, era ahora un hervidero de actividad contenida. Dos enfermeras de uniforme azul celeste subían y bajaban las escaleras con bandejas y monitores portátiles. El sonido rítmico del respirador, ese shhh-paff constante, se filtraba desde la planta superior, reclamando su lugar como el nuevo latido de la casa.
—Señor Brunner, buenas tardes—dijo una de las enfermeras, deteniéndose frente a él con una carpeta—. La señora Molly ha tolerado bien el traslado. Sus constantes vitales se mantienen estables dentro de la gravedad. Hemos ajustado la medicación y el goteo de nutrientes. Por ahora, no hay cambios neurológicos, pero su cuerpo está descansando.
Axel escuchó el reporte con la mandíbula apretada. "La señora Molly". El título sonaba extraño, pesado, pero extrañamente reconfortante.
Margot, la ama de llaves que llevaba años cuidando de Axel y que conocía sus manías mejor que nadie, apareció desde la cocina. Se limpiaba las manos en su delantal blanco, mirando de reojo el despliegue de aparatos médicos con una mezcla de respeto y determinación.
—Vaya despliegue, señor Axel —dijo Margot, acercándose a él con tono maternal—. Parece que hemos montado un hospital de campaña en medio del salón. Pero no se preocupe, que aquí no le va a faltar de nada ni a usted ni a la señorita... bueno, a la señora.
—Gracias, Margot. Sé que es mucho pedir, pero confío en ti para que la casa siga funcionando —respondió Axel, dejándose caer en una silla del comedor, exhausto.
Margot lo miró fijamente, con los brazos en jarras.
—Imagino que no ha comido nada en todo el día, ¿verdad, señor? Tiene una cara de hambre que asusta.
—No tengo ganas de comer nada, Margot. Tengo el estómago cerrado —murmuró él, frotándose las sienes.
—¡Ni hablar! —sentenció la mujer con autoridad—. Si usted no come, ¿cómo piensa cuidar a la señora? Ella lo necesita fuerte y lúcido, no desmayado por los rincones. Mire, siéntese ahí. Le he preparado una sopita de pollo de esas que reparan el alma. Se la va a tomar entera y verá cómo se siente mejor. Mientras usted come, yo voy a subir a la habitación por si las enfermeras necesitan algo o si puedo ofrecerle alguna atención a la señora.
Axel esbozó una sonrisa cansada.
—Margot... gracias. Toda la ayuda y el cariño que podamos recibir es bienvenido ahora mismo.
—De nada, señor. Para eso estamos —respondió ella, sirviendo el cuenco humeante frente a él.
Axel apenas había probado un par de cucharadas de la sopa cuando la radio de uno de los guardias que custodiaban el comedor chirrió.
—Señor Brunner, tenemos un vehículo en la puerta principal—la voz del seguridad sonó alerta—. Es la señorita Chloe Vane. Dice que tiene una cita y que no se va a mover de aquí hasta que se le caigan los brazos.
Axel dejó la cuchara en el plato con un golpe seco. Entendió que Chloé no era de esperar. Miró a Hans, que ya estaba de pie, chequeando las cámaras en su tableta con el rostro serio.
—Dile que revisen el coche y que la escolten hasta la entrada principal —ordenó Axel—. Pero que no se baje hasta que el portón del patio interno esté cerrado. No quiero errores.
Minutos después, el sonido de los neumáticos sobre la grava anunció que "el problema" ya estaba en la puerta. Los golpes que dio Chloe en la madera tallada no fueron tímidos; sonaron fuertes, decididos, casi como disparos en medio del silencio sepulcral de la mansión.
Hans puso la mano cerca de su chaqueta, listo para cualquier cosa, pero Axel lo detuvo con un gesto de la mano mientras se limpiaba la boca con la servilleta de tela.
—Tranquilo, Hans. Abre la puerta. Es Chloe... y dudo mucho que venga con ganas de pedir permiso para pasar.