Una vez creí en los cuentos de hadas, pero tarde me di cuenta de que solo eran una mentira que nos cuentan de niños para desviarnos de la maldad de este mundo en el cual por desgracia y caí y morí sabiendo que él no me amaba.
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Capítulo 12: No lo permitiré
NIKOLAY
Ella había despertado. Lo supe por sus pasos aunque cortos y débiles, eran decididos, crujían en la madera con cada paso que ella daba. Mi mandíbula se tensó.
Salí de mi oscura habitación y al verla de pie en la puerta mirando hacia el largo pasillo pensando en si debía o no huir, sinceramente no iba a permitir eso. Ella llegó a mi territorio sin permiso y, por lo tanto, debía asumir la consecuencia de ese error.
Pasé toda la noche en ese estado intermedio... sin dormir en verdad. No por preocupación. No por ella.
El sonido de sus pasos era lo único que acompañaba el pasillo mientras avanzaba hacia la habitación donde la dejé. Donde debía estar. Y entonces la vi, la puerta estaba entreabierta. Un error. Uno que no iba a permitir que se repitiera. Y justo cuando su mano cruzó el umbral.
—No.—Mi voz cortó el aire. Seca. Baja. Definitiva.
Se quedó inmóvil. Lentamente giró hacia mí. Y hubo un instante, solo un instante en que el tiempo se detuvo. Sus ojos. Despiertos. Alerta. Vivos. Nada que ver con la figura inerte que encontré en el bosque. Mi pecho se tensó. Molesto conmigo mismo al darme cuenta.
—Déjame pasar...—dijo. Su voz era débil, pero su tono no. Negué una sola vez.
—No.
No levanté la voz. No era necesario. Di un paso hacia ella. Y eso bastó. Retrocedió. No por miedo, ella no me temía. Fue por instinto. Y eso era interesante.
—No puedes retenerme—continuó, frunció el ceño.—Tengo que irme.
La miré en silencio. Evaluando. Midiendo.
—No, no puedes irte. No en tu estado.
Ella suspiró harta.
—Estoy bien.
Eso era mentira. Su cuerpo lo decía todo. La tensión en sus hombros, la manera en que se sostenía apenas con equilibrio, la ligera rigidez en su pierna. No estaba bien. Y no iba a permitir que fingiera lo contrario.
—Vuelve adentro—ordené. Sus ojos se endurecieron.
—No.
Silencio. Podría haber discutido. Podría haber explicado. Podría haberle dado razones. No lo hice, eso no era necesario. Avancé y ella reaccionó. Quiso esquivarme, pasar a mi lado, salir al pasillo como si eso fuera suficiente para recuperar el control. No lo era. La sujeté antes de que diera dos pasos. Un movimiento limpio. Preciso.
Mi mano rodeó con firmeza su muñeca. Se tensó casi de inmediato.
—Suéltame—espetó, girándose hacia mí. No lo hice.
—No estás en condiciones de decidir eso—respondí, sin cambiar el tono.
—No eres nadie para decidir eso.
Esa frase... era molesta. Algo en mi interior se movió. Oscuro. Molesto. Pero no lo dejé salir.
—En esta casa... lo soy.
Sus labios se abrieron, lista para responder. No se lo permití. La levanté. De un solo movimiento.
La cargué sobre mi hombro como si no pesara nada. Su cuerpo se tensó al instante.
—¡¿Qué haces?! ¡Bájame!—su tono se elevó, entremezclado con la sorpresa y la indignación.
Ignoré sus palabras. Cada intento por liberarse. Cada golpe leve que me daba, que eran más bien por frustración que por fuerza real.
Caminé de vuelta a la habitación. Sin prisa, sin duda.
—¡Estoy bien! ¡Puedo caminar!—insistió.
No respondí. Eso no me importaba. No en ese momento. No cuando era evidente que apenas podía sostenerse. No cuando la idea de dejarla salir... no era una opción.
Entré en la habitación. La dejé en la cama con cuidado. Más del necesario. Me aparté apenas. Lo suficiente para mirarla. Para asegurarme de que seguía ahí.
—No vuelvas a intentarlo—dije finalmente. Ella me miró con rabia contenida. Más de lo que debería, más de lo que quería admitir. Pero eso no cambia nada.—No vas a ir a ningún lado.
Sus ojos avellana brillaron. Con determinación, desesperación.
—Tengo que encontrar a Sarai.
El nombre flotó en el aire entre ambos. Pesado. Peligroso. Mi cuerpo se tensó de una forma casi imperceptible.
—No.—respondí. Más rápido esta vez. Más firme.
—No—Repitió ella con negación—. No sabes nada, no lo entiendes. Debo ir con ella.
—Suficiente.
Mi voz la calló. No quería oír más. No quería que ese nombre siguiera resonando en este lugar. No quería. Me detuve. Demasiado. Mis manos se cerraron lentamente en puños.
Ella abrió la boca, pero no habló. Solo me miró. Como si intentara entender algo. Como si intentara... atravesarme. No lo permitiría. Di un paso atrás. Debía mantener la distancia, el control.
—No vas a salir—dije, más bajo—. No hoy.
Ella suspiró pesadamente.—Descansa—añadí, sin mirarla directamente—. Es lo único que necesitas hacer.—Me giré. Pero antes de salir me detuve. Por una fracción de segundo. Sin razón. O tal vez con demasiadas.
—No vuelvas a forzarme a detenerte—dije, sin voltear—. La próxima vez... no te tendré tanta consideración.
Abrí la puerta. Y salí. Pero no me fui muy lejos. No podía. Porque algo en mí... no debería de existir...
Ya había decidido. Que ella... no se iría.