El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Santiago
Conducía.
Las manos firmes sobre el volante, la mirada fija en la carretera.
A mi lado, Sofía lloraba.
No era un llanto silencioso ni contenido. Era un llanto roto, profundo, de esos que salen desde el fondo del pecho y no se pueden controlar.
Y no la culpaba.
Sofía siempre había sido la niña de los ojos de Gregorio Reyes.
El orgullo de su padre.
La consentida.
Gregorio podía ser un hombre duro con medio mundo, pero con Sofía era diferente. Bastaba verla entrar a una habitación para que su expresión cambiara.
Había visto eso muchas veces cuando éramos más jóvenes.
El gran Gregorio Reyes… suavizando la voz solo para hablar con su hija.
Apreté el volante un poco más.
El ataque contra mí ya no parecía un simple aviso.
Primero siguieron a Sofía.
Luego me dispararon.
Y ahora…
Habían matado a Gregorio Reyes.
Esto ya no era una amenaza.
Era una guerra.
Miré de reojo a Sofía.
Tenía el rostro cubierto con las manos, el cabello cayendo sobre su cara mientras su cuerpo se sacudía con cada sollozo.
No dije nada.
No había palabras que sirvieran en ese momento.
Solo conduje más rápido.
---
Cuando llegamos a la clínica, ya había varias camionetas negras estacionadas frente a la entrada.
Hombres armados vigilaban todo el perímetro.
Luciano no perdía tiempo.
Estacioné y bajé primero.
Luego abrí la puerta de Sofía.
—Ven.
La ayudé a bajar.
Sus piernas parecían débiles, así que pasé un brazo por sus hombros para sostenerla mientras caminábamos hacia la entrada.
Apenas entramos, Sofía vio a su madre.
La señora Reyes estaba sentada en una silla del pasillo, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos.
Cuando vio a su hija, se levantó de inmediato.
—¡Sofía!
—¡Mamá!
Las dos se abrazaron con desesperación.
El llanto de Sofía se volvió aún más fuerte.
La señora Reyes también se quebró completamente.
Era imposible no entenderlo.
Habían perdido al centro de su familia.
Las observé un momento antes de apartarme.
Luciano estaba al otro lado del pasillo hablando con dos hombres de seguridad.
Karen estaba a su lado.
Me acerqué.
Luciano levantó la mirada cuando me vio.
Por primera vez desde que lo conocía… parecía realmente afectado.
Nos abrazamos brevemente.
Un abrazo fuerte.
Masculino.
Sin palabras.
Cuando nos separamos, habló en voz baja.
—Fue un tiro directo al corazón.
Apreté la mandíbula.
—¿Francotirador?
Luciano asintió.
—Sí.
Miró hacia el suelo un segundo.
—Ni siquiera tuvo oportunidad.
Guardamos silencio unos segundos.
Karen puso una mano en el brazo de Luciano.
Y, curiosamente, él no la apartó.
Quien diría que Karen terminaría siendo una buena esposa.
Hace meses, nadie habría apostado por eso.
Luciano respiró profundo.
—En cualquier momento puede ser alguno de nosotros.
Lo miré.
Y sabía que tenía razón.
Ya habían acabado con dos vidas, sin contar que Manrique seguía en UCI.
Alguien estaba tratando de eliminar a los líderes de las familias más poderosas del país.
Uno por uno.
Y si no hacíamos algo rápido…
Esto apenas estaba empezando.
Luciano volvió a ponerse en modo líder rápidamente.
—Refuercen todas las propiedades —ordenó a los hombres de seguridad—. Nadie entra ni sale sin autorización.
Ellos asintieron y se alejaron.
Yo miré hacia el otro lado del pasillo.
Sofía seguía abrazada a su madre.
Su rostro estaba rojo por el llanto.
Caminé hacia ella.
Me acerqué despacio.
—Sofía.
Le extendí un poco de papel higiénico que había tomado del dispensador del baño cercano.
Ella lo tomó sin decir nada.
—Gracias —murmuró con voz temblorosa.
Le limpié suavemente una lágrima que corría por su mejilla.
—Estoy aquí.
Sus ojos brillaban de dolor.
—No puede ser… —susurró—. Hace dos días estaba bien.
No supe qué responder.
Solo puse una mano sobre su hombro.
—Vamos a encontrar a quien hizo esto.
Ella negó con la cabeza, aún llorando.
—Quiero a mi papá…
Ese tipo de dolor…
No se puede arreglar.
Pero mientras la abrazaba otra vez, mirando por encima de su cabeza hacia Luciano…
Tomé una decisión.
Quien hubiera hecho esto…
Había cometido el peor error de su vida.