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TADMOR: La Historia De Una Asesina

TADMOR: La Historia De Una Asesina

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Thais Perdida

En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.

Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.

Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.

Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.

Espera que vengan por ella.

NovelToon tiene autorización de Thais Perdida para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XIII. DEBILIDAD.

La noche había caído sobre la isla.

La sala principal de los niños estaba en penumbra, iluminada solo por la luz cálida de una lámpara lateral y el reflejo lejano del océano entrando por los ventanales.

El silencio era tranquilo por primera vez en días. Ares estaba acostado en el sofá amplio del salón. Una escena imposible para cualquiera que lo conociera fuera de ese lugar.

Athan dormía sobre su enorme pecho, una pequeña mano cerrada sobre la tela negra de su camiseta. Athenas estaba acomodada contra su costado, abrazándolo como si fuese el lugar más seguro del mundo.

Y lo era. Los brazos enormes de Ares los rodeaban instintivamente, formando un refugio natural. Incluso dormido, su postura era protectora, como un escudo vivo entre ellos y cualquier amenaza.

Andrea observaba desde la distancia, apoyada contra la mesa. No podía apartar la mirada.

—Nunca lo había visto así —susurró.

Danielle, a su lado, sonrió suavemente.

—Nadie lo vio así.

El rostro de Ares estaba relajado. Sin dureza. Sin cálculo. Sin guerra. Solo paz. Andrea habló en voz baja:

—Son… su debilidad.

Danielle negó apenas.

—No. –lo miró con ternura—. Son lo único que lo hace humano.

Silencio. El sonido suave de la respiración de los niños llenaba el espacio.

Danielle cruzó los brazos, pensativa.

—Siempre quise algo simple para ellos.

Andrea la miró.

—¿Simple?

Danielle asintió lentamente.

—Que vayan a la escuela… —confeso—, que tengan amigos… que discutan por tonterías… que se enamoren… que formen sus propias familias.

Su voz se volvió más suave.

—Que tengan una vida lo más normal posible.

Andrea sonrió con cierta tristeza.

—Después de todo lo que son… eso suena casi imposible.

—Lo sé —respondió Danielle—. Pero sigue siendo lo que deseo.

En ese momento... Ares abrió un ojo sin mover la cabeza. Claramente llevaba rato despierto.Su voz salió baja, somnolienta:

—Athenas jamás tendrá novio.

Ambas mujeres lo miraron. Andrea soltó una risa involuntaria. Danielle alzó una ceja.

—¿Ah, sí?

Ares cerró el brazo un poco más alrededor de la niña dormida.

—Nunca.

Andrea rió más fuerte.

—Eso dicen todos los padres. —se burlo la doctora.

Ares murmuró:

—No todos los padres pueden desaparecer personas. —se acomodó—. Y no dejar rastro.

Danielle soltó una carcajada baja.

—Celoso.—se burlo.

—Precavido, amor —corrigió el.

Athenas se movió ligeramente, acomodándose contra él sin despertarse. Ares bajó la mirada hacia ella automáticamente, verificando que siguiera dormida.

El gesto fue tan natural… tan protector… que Andrea sintió un nudo en el pecho. Danielle lo observó en silencio unos segundos. Luego dijo suavemente:

—Mírate… el terror del mundo convertido en almohada humana.

Ares abrió apenas el otro ojo.

—No repitas eso fuera de esta habitación. —advirtió.

Andrea sonrió.

—Tu reputación sufriría demasiado.

—Exacto.

El silencio volvió. Tranquilo. Seguro.

Por unos minutos, no había Apocalipsis.

Ni gobiernos.

Ni experimentos.

Solo una familia y un padre que, incluso dormido, sostenía el mundo entero entre sus brazos.

Andrea cerró la puerta con cuidado. Sin hacer ruido.

La última imagen que se llevó fue la de Ares, inmóvil en el sofá, los mellizos protegidos contra su pecho como si el mundo entero pudiera romperse afuera… pero no ahí. Caminó por el pasillo en silencio.

Necesitaba aire.

Necesitaba distancia.

El hangar estaba más custodiado que nunca. Guardias en puntos estratégicos. Sensores activos. Luces tenues marcando perímetros invisibles.

Desde allí se veía casi toda la isla.

La selva oscura extendiéndose como un manto vivo alrededor de la base. La catarata cayendo a lo lejos, plateada bajo la luna. El río corriendo cerca de la casa, constante, eterno. Y arriba… Un cielo limpio. Perfectamente estrellado.

Demasiado hermoso para el caos que se estaba gestando debajo. Andrea cruzó los brazos, respirando profundo.

—No estamos preparados para esto… —murmuró.

—Nadie lo está.

La voz surgió a su derecha. Tranquila. Grave. Andrea no se sobresaltó.

Solo giró el rostro... Asziel Garza estaba allí.

Impecable como siempre. Camisa oscura, postura relajada, manos en los bolsillos. Su presencia parecía parte natural de la noche.

El helicóptero negro con el emblema del lobo descansaba detrás, silencioso. Andrea lo estudió unos segundos.

—No haces ruido al caminar.

Él esbozó una sonrisa leve.

—Depende de quién esté escuchando.

Silencio cómodo. Ambos miraron la selva.

—Bonita prisión —comentó Asziel.

—No es una prisión.

—Todo lugar protegido por hombres armados lo es un poco.

Andrea suspiró.

—Viniste a observar.

No era pregunta. Él asintió.

—Y a confirmar, doctora.

—¿Qué cosa?

Asziel desvió la mirada hacia la casa a lo lejos.

—Que son reales.

Andrea lo miró de perfil.

—¿Te asustaron?

Él soltó una risa baja, casi inaudible.

—No. —pausa—. Me interesaron.

El viento movió levemente el cabello de Andrea.

—Apocalipsis también está interesado.

Asziel inclinó apenas la cabeza.

—Lo noté.

Silencio. El rugido lejano de la catarata llenó el espacio entre ambos.

Andrea habló sin mirarlo:

—Si el mundo descubre lo que pueden hacer… no habrá escondite suficiente.

Asziel la observó entonces. Con esa mirada calculadora, profunda.

—El mundo siempre descubre.

—¿Y qué haces cuando eso pasa?

Una mínima pausa.

—Te adelantas.

Andrea frunció el ceño.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una realidad. —silencio. Él miró el cielo estrellado—. Tu amiga quiere que tengan una vida normal.

Andrea lo miró sorprendida.

—¿Escuchaste?

—No necesito escuchar para entender a una madre. —pausa—. Pero la normalidad no es una opción para quienes nacen por encima del promedio.

Andrea sostuvo su mirada.

—Son niños.

—Por ahora.

El viento se intensificó un poco. Las hojas de la selva susurraron.Andrea habló con firmeza:

—Si alguna vez intentas utilizarlos…

Asziel levantó una mano suavemente, interrumpiéndola.

—No confunda interés con intención, doctora Spencer —ojos se endurecieron apenas—. Yo no daño a los míos.

La frase quedó flotando. Ambos sabían que “los míos” podía significar muchas cosas.

El silencio volvió.Más denso. Más cargado.Finalmente, Asziel habló con calma:

—Apocalipsis vendrá.

No era duda. Era certeza. Andrea tragó saliva.

—Lo sé.

Él la miró por última vez.

—Entonces será mejor que decidan pronto qué clase de mundo quieren que hereden.

Y sin añadir nada más, se giró hacia el helicóptero. Andrea quedó sola otra vez. El cielo seguía perfecto.

La isla seguía hermosa. Pero ahora sabía algo con absoluta claridad: La guerra no sería solo por poder. Sería por el futuro mismo y ya había comenzado.

El helicóptero se elevó con un rugido contenido.

Las aspas cortaron el aire húmedo de la isla, levantando hojas y polvo en espiral. Andrea sostuvo la mirada hasta que la silueta negra de Asziel desapareció sobre la línea oscura del océano.

El sonido se desvaneció. La selva volvió a respirar. El río siguió su curso. El silencio regresó… pesado, reflexivo.

—Es un hombre en el que se puede confiar.

La voz de Conrad surgió detrás de ella, tranquila. Andrea no se giró de inmediato.

—¿Eso dijiste de otros antes? —pregunto con ironia.

Conrad se colocó a su lado, con las manos en los bolsillos de su chaqueta clara.

—Asziel no les hará daño a los niños.

Andrea lo miró entonces.

—Ahora nadie es de confianza.

El viento movió suavemente el cabello de ella. Conrad inclinó la cabeza, estudiándola.

—¿Nadie? —preguntó con cierta indignación—.¿Tampoco yo?

Andrea lo sostuvo unos segundos. Luego sonrió de lado.

—En ti menos confío. —se cruzó de brazos.

Conrad soltó una risa baja.

—Eso duele.

—Te gusta el riesgo —respondió ella.

Silencio. Pero no era el mismo silencio de antes. Había algo eléctrico en el aire ahora. Conrad dio medio paso más cerca. No invasivo. Solo lo suficiente.

—Confías más de lo que admites —murmuró.

Andrea arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sigues aquí.

Sus miradas se sostuvieron un segundo demasiado largo. El sonido lejano de la catarata parecía más tenue ahora. Conrad esbozó una sonrisa con más picardía que antes.

—Tengo café en mi habitación.

Andrea lo miró sin apartarse.

—¿Café? —se acercó un paso mas.

—Importado. Fuerte. Nada de esa versión descafeinada que sirve la cocina.

Ella cruzó los brazos.

—¿Eso es todo lo que ofreces? —lo miró de arriba abajo.

Él inclinó apenas la cabeza, con descaro elegante.

—Depende de cuánto tiempo quieras quedarte. —respondió el joven científico.

La chispa encendió rápido. Sin dramatismo. Sin palabras grandes.

Solo tensión contenida y sorpresiva. Andrea dio un paso hacia él.

—Está bien.

Conrad parpadeó una sola vez.

—¿Está bien…?

—Acepto el café.

Silencio breve. Conrad sonrió más amplio ahora.

—Perfecto.

Comenzaron a caminar hacia el ala privada de la residencia. La selva volvió a quedar detrás. La noche seguía quieta.

Pero algo había cambiado. Entre amenazas, experimentos y futuros inciertos… también había espacio para decisiones pequeñas.

Impulsivas.

Humanas.

Y mientras se alejaban del hangar, el sonido del río acompañó sus pasos.Como si la isla misma guardara el secreto de lo que estaba por comenzar.

...----------------...

La luz de la mañana entraba suave por las cortinas entreabiertas. El aire era tibio.

Silencioso.

Andrea dormía profundamente desnuda, el cuerpo relajado, acomodada sobre el pecho firme de Conrad. El brazo de él la rodeaba con naturalidad, firme incluso en el sueño.

Respiraciones acompasadas. Calma absoluta. Hasta que...

— Andrea…

La voz no vino del cuarto. Vino de dentro. Clara. Infantil.

Pero perfectamente articulada.

—Andrea… despierta…

Sus párpados se movieron levemente. Confusión.

—Andrea.

Abrió los ojos poco a poco. Miró el techo primero. Luego parpadeó, intentando ubicarse.

El peso cálido bajo su mejilla.

El brazo fuerte rodeando su espalda.

El recuerdo volvió de golpe.

Se incorporó apenas y se quedó rígida. Frente a la cama. De pie. Mirándolos. Los mellizos. Athenas sostenía uno de los cachorros de ligre en brazos. Athas estaba con los brazos cruzados, expresión demasiado seria para un niño de su edad.

Andrea abrió los ojos completamente.

—¿Qué… qué hacen aquí? —preguntó la doctora.

Athan inclinó la cabeza.

—Eso queríamos preguntar.

Andrea parpadeó.

—¿Perdón?

Athenas dio un pequeño paso adelante, curiosa.

—¿Tuviste pesadillas? —preguntó con total inocencia—. ¿Por eso dormiste con el tío Conrad?

Andrea sintió cómo la sangre le subía al rostro. Miró hacia abajo. Estaba… completamente desnuda. Tomó la sábana con rapidez y se cubrió hasta el cuello.

—No es lo que parece. —se defendió.

Athan alzó una ceja con una expresión casi adulta.

—Parece que estás desnuda sobre mi tío.

Andrea abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.

—Yo… esto…

Athenas ladeó la cabeza.

—¿Los adultos duermen así cuando se quieren? —pregunto la bella niña.

Silencio mortal. Andrea giró lentamente hacia Conrad. Seguía dormido. Imperturbable. Demasiado tranquilo.

Conrad respiró profundo, completamente ajeno al caos. Andrea le dio un codazo seco en las costillas.

—Despierta.

Nada.

Otro codazo, más fuerte.

—¡Conrad!

Él gruñó apenas.

—Cinco minutos…

Athan lo miró con decepción.

—Es decepcionante que no tenga percepción ambiental.

Andrea murmuró entre dientes:

—Te juro que si no te despiertas ahora mismo…

Conrad abrió un ojo lentamente. Luego el otro.

Parpadeó.

Enfocó.

Vio a los mellizos. Silencio. Demasiado silencio. Luego habló con total calma:

—Buenos días, engendra de satanás y pedazo de anticristo.

—Le diré a mi papá que nos llamaste asi —Athenas lo miró enojada.

—Dile, fue el quien invento esos apodos.

Andrea lo miró horrorizada.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? —la indignación le ganó de mano.

Athenas sonrió.

—Buenos días, tío.

Athan seguía evaluando la escena.

—Papá dice que siempre hay que tocar antes de entrar. —dijo el niño.

Andrea intentó recomponerse.

—Exacto. Eso. Tocar. Antes de entrar.

Athenas frunció el ceño levemente.

—Toqué.

Andrea se quedó quieta.

—¿Qué?

—En tu mente. —respondió con obviedad.

—Eso no es lo mismo, corazón.

Silencio. Conrad finalmente se incorporó un poco, todavía relajado.

—¿Entraron solos?

Athan asintió.

—Las cerraduras electrónicas son muy básicas.

Andrea lo miró.

—Tienen cinco años.

—Cuatro —corrigió Athas.

—Tres tarado —volvio a corregir su melliza.

Conrad suspiró, pasando una mano por su cabello.

—Bueno… esto es incómodo.

Andrea lo fulminó con la mirada.

—¿Recién te das cuenta?

Athenas miró a Andrea con curiosidad genuina.

—¿Te gusta mi tío?

Silencio absoluto. Andrea se quedó congelada. Conrad, ahora sí despierto del todo, observó la escena con creciente diversión.

Athan agregó:

—Si la respuesta es afirmativa, papá debería saberlo.

Andrea abrió los ojos como platos.

—¡No!

Demasiado rápido.

Demasiado fuerte.

Los mellizos intercambiaron una mirada. Conrad sonrió de lado.

—Creo que eso fue un sí.

Andrea le dio otro codazo.

—Cállate.

Athenas sonrió suavemente.

—No diremos nada.

Athan añadió con total seriedad:

—Por ahora. —arqueó sus cejas—. quizás después cueste algo.

—Niños chantajistas —Conrad los miró.

Silencio. Andrea respiró hondo. Se pasó una mano por el rostro.

—Necesito café.

Conrad apoyó la espalda contra la cabecera, mirándola con picardía.

—Tengo.

Andrea lo miró.

—Ni una palabra más.

Los mellizos seguían allí, observando todo con una mezcla de inocencia y análisis avanzado.

Y mientras la mañana se asentaba sobre la isla…Andrea entendió algo con absoluta claridad: Apocalipsis no era lo único que podía desestabilizar su mundo.

Los verdaderos peligros medían menos de un metro veinte y sabían abrir cerraduras electrónicas.

Conrad suspiró y se inclinó levemente hacia los mellizos.

—Muy bien, estrategas avanzados… —dijo con tono serio fingido—. ¿Por qué no van a supervisar que los ligres no estén intentando dominar la cocina?

Athenas lo miró con sospecha.

—Los ligres no dominan cocinas.

Athan cruzó los brazos.

—Pero podrían intentar abrir el refrigerador. —habló el niño.

Conrad asintió con gravedad.

—Exactamente. Es una amenaza potencial.

Andrea lo miraba, aún envuelta en la sábana, entre divertida y avergonzada. Athenas suspiró.

—Está bien.

Athan señaló a Conrad antes de girarse.

—Luego hablaremos.

—Estoy ansioso —respondió él con una sonrisa contenida.

Los dos niños salieron finalmente, el cachorro en brazos de Athenas, murmurando algo sobre protocolos de seguridad alimentaria.

La puerta se cerró. Silencio finalmente.

Conrad esperó apenas un segundo… y giró la llave. Andrea lo miró.

—Eso fue manipulación infantil.

—Fue liderazgo estratégico.

Ella soltó una risa baja. Conrad se subió nuevamente a la cama con calma deliberada, avanzando hacia ella apoyado en las manos, acercándose lentamente.

—Como te decía… —murmuró con picardía—. El café sigue en pie.

Andrea lo observó acercarse, los ojos brillándole ahora con una osadía distinta a la de hace unos minutos.

—¿Ah, sí?

—Muy fuerte. Muy estimulante.

Se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca como para sentir su respiración. Ella alzó una mano y lo tomó por la nuca, atrayéndolo hacia sí.

—Acepto —susurró antes de besarlo.

El beso empezó suave. Pero no se quedó ahí.

Había algo acumulado desde la noche anterior. Tensión. Riesgo. Risas contenidas. La sábana cayó descuidadamente a un lado mientras Conrad la sostenía con firmeza, respondiendo con la misma intensidad.

Andrea se rió contra sus labios.

—Si vuelven a entrar…

—No lo harán —murmuró él contra su piel.

—Son capaces de hackear un satélite.

Conrad sonrió, rozando su mejilla con la suya.

—Entonces que aprendan sobre privacidad avanzada.

Ella negó con la cabeza, divertida, antes de volver a besarlo. La mañana seguía clara detrás de las cortinas. La isla parecía en paz y por unos minutos más, lejos de amenazas, proyectos y futuros inciertos… solo existía el calor compartido.

El resto del mundo podía esperar un poco más.

...----------------...

La cocina estaba inundada por la luz dorada de la mañana.

Danielle se movía con naturalidad entre la isla central y la estufa, preparando panqueques mientras el aroma del café recién hecho llenaba el ambiente.

Athenas estaba sentada sobre la encimera, balanceando los pies. Athan, más serio, observaba cómo el jarabe caía lentamente sobre su plato.

—Mamá —dijo Athenas con total normalidad—, Andrea tuvo pesadillas anoche.

Danielle alzó una ceja sin girarse todavía.

—¿Ah, sí? —preguntó mirándolos.

Athan asintió con solemnidad.

—Durmió con el tío Conrad. Desnuda. —susurró Athan como un secreto nacional.

Danielle se quedó completamente quieta por medio segundo. Luego retomó el movimiento con absoluta calma.

—¿Desnuda? —se giró hacia ellos.

—Sí —confirmó Athenas—. Sobre él.

Athan añadió:

—Técnicamente, ambos estaban desnudos.

Danielle apretó los labios para no reír.

—Ya veo.

Se giró por fin, apoyándose en la encimera frente a ellos.

—¿Y tocaron antes de entrar?

Athenas frunció el ceño.

—Toqué en la mente de Andrea.

Athan añadió con tono crítico:

—El tío Conrad no tiene buena percepción ambiental. —diagnóstico.

Danielle soltó una pequeña risa.

—Eso es algo que ya sabía. —besó sus cabezas.

Athenas inclinó la cabeza.

—¿Los adultos duermen juntos cuando se quieren?

Danielle sonrió suavemente.

—A veces sí.

Athan la miró con ojos analíticos.

—¿Y eso significa que Andrea quiere al tío Conrad? —preguntaron con inocencia.

Danielle tomó una taza de café y dio un sorbo antes de responder.

—Significa que son adultos… y que eso es asunto de ellos.

Athenas sonrió.

—No le diremos a papá.

Danielle dejó la taza lentamente.

—Eso sería prudente.

Athan ladeó la cabeza.

—Papá podría reaccionar de forma territorial.

Danielle soltó una carcajada breve.

—Tu padre siempre reacciona de forma territorial.

Athenas bajó la voz conspiratoriamente.

—Pero parecía feliz. —comentó Athenas.

Danielle se suavizó al escuchar eso.

—¿Feliz?

—Sí —dijo la niña—. Andrea sonreía.

Athan asintió.

—Y el tío Conrad tenía frecuencia cardíaca elevada. —Athan hablo con inteligencia.

Danielle negó con la cabeza, divertida.

—Desayunen antes de que empiece otra auditoría emocional en esta casa.

Los mellizos comenzaron a comer. Danielle los observó con ternura. Entre amenazas globales, enemigos invisibles y poderes imposibles también existían conversaciones absurdamente inocentes sobre adultos desnudos y cafés misteriosos.

Y por un momento, mientras los veía reír con jarabe en los labios permitió que la normalidad, aunque frágil, llenara la cocina.

 

...----------------...

La sala de operaciones estaba completamente activa. Pantallas encendidas.

Mapas tácticos flotando en proyección tridimensional.

Rutas marcadas en rojo y azul. El ambiente había cambiado respecto a la noche anterior. Nada de risas.

Nada de ironías. Solo concentración.

Ares estaba de pie frente a la mesa central, brazos cruzados, mirada fija en el holograma de la isla.

Danielle y Andrea revisaban datos de perímetro.

Conrad avanzó un paso y tomó el control de la proyección.

La imagen cambió. Debajo de la estructura principal apareció un entramado subterráneo complejo.

—Plan de defensa primario —dijo con voz clara y eficiente—. Perímetro activo con sensores térmicos y sísmicos. Drones autónomos en patrón irregular. Protocolos de neutralización no letal… inicialmente.

Ares asintió apenas.

—Si cruzan el segundo anillo, ya no será no letal. —se cruzó de brazos.

Conrad no discutió eso.

La proyección cambió nuevamente. Ahora mostraba una estructura alargada oculta bajo la base. Un túnel inclinado descendiendo hacia la roca.

—Plan de extracción de emergencia —continuó—. Si el perímetro es comprometido y no podemos contener la intrusión, activamos Protocolo Arca.

Andrea murmuró:

—Evacuación inmediata de los niños. —observó.

Conrad asintió. El holograma mostró el jet.

Elegante.

Compacto.

Diseñado con líneas agresivas y aerodinámicas.

—Diseño conjunto entre Ares y yo —explicó—. Motor híbrido de impulso vectorial. Capacidad de aceleración máxima en tres segundos. Cabina blindada con absorción de impacto.

La imagen giró, mostrando el trayecto.

—El acceso no es aéreo convencional. Se abre una compuerta subterránea bajo la plataforma central. El túnel atraviesa la roca base y se proyecta en línea recta hacia la base de la cascada.

En la proyección, el jet avanzaba por el túnel a velocidad extrema.

—La salida está camuflada detrás del flujo de agua. Invisible térmica y visualmente desde el exterior. —enseño.

Danielle observaba con atención.

—¿Tiempo total desde activación hasta salida al Pacífico?

Conrad respondió sin dudar:

—Cuarenta y siete segundos.

Ares añadió con voz baja:

—Treinta y nueve si yo piloto. —ajustó el holograma.

Una leve tensión cruzó el ambiente. Conrad continuó:

—Una vez atravesada la cascada, el jet entra en modo supersónico rasante. Altitud baja sobre el océano para evitar radares. En menos de seis minutos desaparece del rango de rastreo convencional.

Andrea cruzó los brazos.

—Destino preprogramado. —los miró.

—Múltiples —aclaró Conrad—. Coordenadas variables. Ningún destino fijo para evitar patrones.

En la pantalla apareció una última capa: protocolos de activación.

—La compuerta solo se abrirá con orden biométrica combinada —dijo—. Ares o yo. Nadie más.

Silencio.

El sonido de la cascada, lejano, se filtraba apenas a través de los muros reforzados. Danielle habló despacio:

—¿Y si nos separan?

Conrad la miró.

—No lo harán.

Ares sostuvo su mirada. No era arrogancia. Era determinación. La proyección se desvaneció

lentamente.

El plan estaba claro: Defender primero. Evacuar si era necesario. La isla podía caer. La base podía arder. Pero los mellizos no... Jamás.

Ares apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Apocalipsis cree que esto es una cacería. —levantó la mirada hacia todos—. Se equivoca.

El silencio fue absoluto. Porque todos entendían lo mismo. No estaban preparando una huida. Estaban preparando una guerra y esta vez… estaban listos.

 

...----------------...

Mientras en la sala de operaciones se discutían probabilidades de ataque y rutas de escape dos variables no contempladas volvieron a salirse del sistema.

Athenas y Athas corrían por los pasillos con esa coordinación imposible que hacía inútiles los intentos de los guardias por anticiparlos.

—Deténganse, por favor —pidió uno, ya resignado.

Doblaron una esquina. Esquivaron otro pasillo. Ascensor. Techo. Escalera de mantenimiento.

Tres minutos después estaban frente a la puerta del piso de enfermería. Athenas apoyó la mano en el panel. La cerradura hizo clic.

—Sigue siendo muy básica —murmuró Athas.

Entraron.

La habitación estaba en penumbra suave, con luz natural filtrándose por las ventanas reforzadas. El sonido constante de un monitor cardíaco marcaba el ritmo.

Arthur estaba recostado, todavía pálido, con vendajes visibles bajo la bata hospitalaria. Se giró apenas al escuchar el ruido. Frunció el ceño.

—¿Quién…?

Sus ojos se enfocaron. Dos niños. Desconocidos. Observándolo con atención clínica.

Arthur parpadeó confundido.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunto mirándolos.

Athenas dio un paso adelante.

—Hola.

Athas lo examinó en silencio. Frecuencia respiratoria irregular, tensión en el hombro izquierdo. Rigidez defensiva.

—¿Te duele algo? —preguntó Athenas con genuina preocupación—. ¿Por eso estás en cama?

Arthur intentó incorporarse un poco. Una punzada le cruzó el torso. Respiró hondo.

—Estoy bien —respondió con voz algo ronca—. Solo… descansando.

Athas ladeó la cabeza.

—Te dispararon.

No fue pregunta. Arthur lo miró fijo.

—¿Cómo sabes eso?

El niño señaló con el mentón la zona vendada.

—Trayectoria lateral. Sangrado importante. Cicatrización reciente.

Athenas frunció el ceño al verlo más de cerca.

—Te ves viejo.

Arthur abrió los ojos indignado.

—¿Perdón?

Pero antes de que pudiera reaccionar, Athenas ya había trepado con agilidad sobre la cama, acomodándose con cuidado a su lado.

Arthur quedó completamente rígido.

—¿Qué estás…?

—¿Te sientes mal? —preguntó ella suavemente, tocándole la mano con delicadeza—. Tu corazón late diferente.

El contacto fue inesperadamente cálido. Arthur miró esa pequeña mano sobre la suya y por un segundo… algo se quebró en su expresión.

Athas se acercó al otro lado de la cama.

—No deberías moverte mucho. —observo el niño—. La herida aún no consolida completamente.

Arthur los observaba en silencio ahora. Demasiada información. Demasiadas coincidencias.

—¿Son… hijos de alguien aquí?

Athenas sonrió.

—Sí.

—¿De quién?

Athas sostuvo su mirada.

—De Ares Moguilevich y Danielle Hoffmann.

El nombre cayó pesado en la habitación. Arthur se quedó inmóvil.

Miró a uno, luego al otro.

Rasgos.Mirada. Presencia. Demasiado claro.

—Ares… —repitió en voz baja.

Athenas apretó suavemente su mano.

—No te preocupes. No dejaremos que te disparen otra vez.

Arthur soltó una pequeña risa incrédula.

—Eso espero.

Athas observó el monitor.

—Tu recuperación es adecuada. —lo tranquilizo.

Arthur alzó una ceja.

—¿Eres médico?

—No —pausa, lo miró atento—. Pero puedo serlo si es necesario.

Arthur volvió a mirarlos, esta vez diferente. Menos confundido. Más impactado. Athenas apoyó la cabeza suavemente sobre su brazo sano.

—Descansa.

Arthur sintió el peso ligero de la niña acomodándose a su lado y algo dentro de él —algo que no sabía que aún existía— se suavizó. La puerta del pasillo comenzó a abrirse con prisa.

Voces acercándose. Pero dentro de la habitación, por ese breve instante solo existía el sonido constante del monitor… y dos pequeños desconocidos que parecían entender demasiado.

Mucho más de lo que el mundo estaba preparado para aceptar.

La puerta aún no se había abierto del todo cuando el silencio volvió a cerrarse dentro de la habitación.

Arthur miraba a los dos niños con una mezcla de cautela y desconcierto.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó finalmente, intentando recuperar algo de autoridad en su voz—. Este no es un lugar para jugar.

Athenas ladeó la cabeza.

—Tú tampoco pareces estar jugando. —lo miró.

Athas lo observó con esa intensidad incómoda que parecía diseccionar capas invisibles.

—Dijiste que estás de visita —añadió el niño.

Arthur sostuvo su mirada.

—Lo estoy.

Silencio. Los mellizos intercambiaron una mirada idéntica. No le creyeron para nada.

Athenas se incorporó un poco más sobre la cama y, sin pedir permiso, apoyó suavemente su pequeña mano sobre el pecho de Arthur, justo sobre el corazón.

El monitor marcó un leve cambio en el ritmo.

Arthur quedó inmóvil.

—Oye…

Pero la niña cerró los ojos. Su expresión cambió. Se volvió concentrada. Más profunda. Athas la observó con atención.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Entonces Athenas abrió los ojos de golpe.

Parpadeó y comenzó a hablar con voz suave pero clara:

—Arthur Rogers. Cincuenta y cinco años. Viudo. —Hizo una pausa breve, como si escuchara algo más allá—. Extrañas a alguien… y te duele aquí.

Señaló su propio pecho.

Arthur dejó de respirar por un instante. El monitor aumentó el ritmo.

—Eso no es… —intentó decir, pero la voz le falló.

Athenas volvió a cerrar los ojos apenas un segundo más. Cuando los abrió, ya no había concentración. Había algo distinto.

Asombro.

Emoción pura.

Se llevó ambas manos a la boca.

—Oh… —sus ojos se llenaron de brillo—. Eres… —susurró—. Eres nuestro abuelo.

Athas frunció el ceño. Miró a Arthur con evaluación renovada.

—¿Es correcto?

Arthur los miró a los dos.

Las facciones.

La mirada.

La forma en que sostenían el espacio. Su garganta se cerró. Asintió lentamente.

—Sí.

Su voz salió baja. Rota en un punto que llevaba años sellado.

—Soy el padre de Ares, su papá.

El silencio que siguió fue diferente.

Más denso.

Más humano.

Athenas dejó escapar una pequeña risa emocionada y se inclinó hacia él, abrazándolo con cuidado para no tocar la herida.

—¡Tenemos abuelo!

Athas permaneció quieto un segundo más.

Procesando. Luego se acercó también, apoyando la mano sobre el brazo sano de Arthur.

—Estadísticamente, la presencia de un abuelo aumenta la estabilidad emocional familiar.

Arthur soltó una risa ahogada que terminó en un suspiro tembloroso. Sus manos, aún débiles, dudaron apenas antes de rodearlos.

Muy despacio. Como si temiera que fueran una ilusión. Pero no lo eran. Podía sentir el peso ligero.

El calor real. Athenas levantó la cabeza y lo miró con absoluta certeza.

—Ya no estás de visita.

Arthur cerró los ojos un segundo y por primera vez desde que había llegado a la isla la herida que más dolía no estaba en su cuerpo.

La puerta se abrió con firmeza. El cambio en la presión del aire fue casi imperceptible… pero suficiente.

Ares entró a la habitación con paso medido, los brazos cruzados, la expresión severa. Su mirada fue primero a los mellizos. Luego a Arthur y se detuvo ahí un segundo más de lo necesario.

Silencio.

—Sabía que los encontraría aquí —dijo finalmente, con voz baja pero firme.

Athenas todavía estaba sentada en la cama. Athas de pie junto a Arthur.

Ares inclinó apenas la cabeza hacia la puerta.

—Dejen al señor Rogers descansar.

La formalidad no pasó desapercibida. Arthur sostuvo su mirada, pero no dijo nada y Athenas frunció el ceño.

—No es “el señor Rogers”. —le dijo—. Puede estar viejito pero no le digas señor.

Ares no cambió la expresión.

—Athenas.

—Es nuestro abuelo. —lo miró indignada.

El silencio se volvió más pesado. Ares desvió la vista apenas hacia Arthur. Luego volvió a sus hijos.

—Está enfermo —respondió con tono controlado—. No quería preocuparlos.

Athas lo analizó.

—No nos preocupa.

Athenas bajó de la cama con cuidado y caminó hasta quedar frente a su padre. Era pequeña. Pero en ese momento no retrocedió, nunca retrocede.

—Nos ocultaste algo importante. —le reclamo a su padre que la cuadruplicaba en tamaño.

Ares exhaló por la nariz.

—No era el momento.

Ella lo miró fijo.

—Siempre dices eso. —se cruzó de brazos.

El monitor marcó un leve aumento en el ritmo cardíaco de Arthur.

Ares lo notó.

—Vámonos —dijo, extendiendo la mano.

Pero Athenas no la tomó. En cambio, dio un paso más cerca.

—¿Por qué no perdonas al abuelo? El te quiere mucho.

La pregunta cayó directa. Sin filtro.

Athas alzó la vista hacia su padre, atento. Arthur cerró los ojos brevemente. Ares se quedó inmóvil.

—No es un tema para discutir ahora —respondió con tono más frío.

Athenas negó con la cabeza.

—Sí lo es, papi —señaló su propio pecho—. Te duele aquí.

El músculo en la mandíbula de Ares se tensó.

—Athenas.

—A él también le duele —continuó ella, señalando a Arthur—. Mucho, porque no lo perdonas.

Silencio absoluto. La niña bajó la voz.

—No nos dijiste que teníamos abuelo… y él pensaba que no lo querías.

Arthur abrió los ojos al escuchar eso. Ares desvió la mirada apenas un segundo.

Solo un segundo. Pero fue suficiente. Athenas dio el último paso y abrazó las piernas de su padre.

—No me gusta cuando te duele el corazón.

La rigidez en el cuerpo de Ares fue inmediata, Athas habló entonces, con su habitual serenidad.

—La falta de perdón prolongado genera deterioro emocional.

Arthur dejó escapar una pequeña risa triste ante la precisión clínica. Ares bajó lentamente la mirada hacia su hija aferrada a él.

Su voz, cuando habló, ya no fue tan dura.

—No todo es tan simple.

Athenas alzó la cabeza.

—Para mí sí. —pausa—. Lo amas.

El silencio fue largo. Demasiado largo.

Arthur observaba a su hijo. Ares finalmente soltó el aire contenido. Muy despacio. Bajó una mano y apoyó los dedos sobre el cabello de Athenas.

Un gesto pequeño. Pero real.

—Váyanse a la cocina —dijo con voz más baja—. Su madre los está buscando.

Athas asintió. Athenas dudó un segundo. Luego miró a Arthur.

—Descansa, abuelo.

La palabra quedó suspendida en el aire. Arthur tragó saliva.

—Lo haré, pequeña.

Los mellizos salieron finalmente de la habitación, no sin mirar una vez más hacia atrás. Cuando la puerta se cerró quedaron solo padre e hijo.

Ares seguía de pie. Arthur en la cama.

El silencio ahora era diferente. Menos tenso. Más frágil. Ares habló primero, sin mirarlo.

—No tenían que enterarse así.

Arthur respondió con voz cansada.

—Tal vez sí.

Ares cerró los ojos un segundo y por primera vez desde que había entrado ya no parecía el líder implacable de la isla.

Solo un hombre con demasiadas heridas antiguas y dos niños que veían lo que nadie más se atrevía a nombrar.

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1
Analia Puntin
Excelente narración, atrapante
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Evelyn Robles Lepin
spenser con más músculo y más alto
Alison Mendoza Sotelo
Maravillada y ansiosa por más
Alison Mendoza Sotelo
Segunda temporada.????
Mercedes Tibisay Marin
hay ellos no puedes morir el padre de ella tiene que sufrir por todo el daño que hicierón
Mercedes Tibisay Marin
hay Dios estó está muy bueno
Mercedes Tibisay Marin
esté hombre como papá merece que ella le haga lo mismo
Mercedes Tibisay Marin
ese padre es un mostro
María Angelica Stessens
Autora esta historia es fascinante , adictiva , no puedo dejar de leer y tan detallista que me hace como si yo fuera cada uno de los personajes 👏👏👏
Nancy RoMo
yo que queria athenas y luciam juntos 🥺😣😣
María Angelica Stessens
estupenda historia , felicitaciones 👏👏👏👏
Nancy RoMo
luciam 🥺🥺🥺
María Angelica Stessens
apasionante la historia 👏👏👏
Nancy RoMo
🥺🥺🥺
Nancy RoMo
💀💀💀💀
Alison Mendoza Sotelo
Que los mate de una ves
Nancy RoMo
😰😰😰😰😰😱😱😱😱😱
Nancy RoMo
amo a todos 😍😍😍
Alison Mendoza Sotelo
Esperar por más


No tardes
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