Historia romántica
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Capítulo 5
Elena no supo quién se acercó primero. Durante mucho tiempo después, cuando recordara ese momento, no podría decir si fue ella, si fue Martín, o si simplemente los dos dejaron de resistirse al mismo tiempo.
Pero el beso llegó.
Suave al principio, apenas un roce, como una pregunta. Elena sintió la mano de Martín todavía en su cintura, firme, sosteniéndola como si tuviera miedo de que desapareciera. Ella apoyó una mano en su pecho, sintiendo el latido rápido de su corazón, tan rápido como el suyo.
El beso se volvió un poco más profundo, más seguro. Elena cerró los ojos y por un momento se olvidó de que estaba en la librería, de los libros, de la calle, del mundo. Solo existía ese instante, ese contacto, esa sensación nueva que le recorría el cuerpo como electricidad suave.
Cuando se separaron, ninguno habló. Se quedaron mirándose muy cerca, respirando el mismo aire, como si ambos necesitaran unos segundos para volver a la realidad.
—Creo que esto estaba pasando hace rato —dijo Martín en voz baja.
Elena sonrió apenas.
—Creo que sí.
Martín apoyó su frente contra la de ella, y ese gesto simple hizo que Elena sintiera algo todavía más fuerte que el beso. Había algo tierno en él, algo tranquilo, algo que la hacía sentir en un lugar seguro.
—No quiero apurar nada —dijo él—. Pero tampoco quiero hacer de cuenta que no pasa nada.
Elena lo miró a los ojos.
—Yo tampoco.
Se quedaron en silencio unos segundos más, hasta que Elena se dio cuenta de algo y se rió despacio.
—Estamos en medio de la librería.
Martín miró alrededor como si recién se acordara de dónde estaban.
—Es verdad. Bastante poco profesional de nuestra parte.
—Muy poco profesional.
Pero ninguno se movía.
Finalmente Elena dio un paso hacia atrás, aunque todavía sonreía y todavía lo miraba de esa forma que Martín ya empezaba a reconocer.
—Tengo que trabajar —dijo ella.
—Entonces voy a tener que venir más seguido a comprar libros.
—Vos no venís a comprar libros.
—Ahora sí.
Elena negó con la cabeza, divertida.
Durante el resto del día todo fue distinto. Cada vez que sus manos se rozaban al pasar un libro, cada vez que sus miradas se cruzaban, había algo nuevo, algo que ya no podían disimular. No hacía falta que hablaran de lo que había pasado. Ambos lo sabían.
A la tarde, cuando la librería estaba casi vacía, Martín se acercó al mostrador.
—Salís a qué hora —preguntó.
—A las siete.
Miró el reloj.
—Falta bastante.
—Sí.
Martín apoyó los codos en el mostrador y la miró en silencio unos segundos.
—Te invito a cenar.
Elena sintió ese mismo salto en el corazón que había sentido la noche del mensaje.
—¿Eso es una cita?
—Sí. Definitivamente sí.
Ella dudó solo un segundo.
—Está bien.
Martín sonrió, y esa sonrisa hizo que Elena sintiera que había tomado la decisión correcta sin saber exactamente por qué.
—Entonces paso a buscarte a las siete.
—No hace falta, puedo ir yo.
—Quiero pasar a buscarte.
Elena lo miró unos segundos, y después asintió.
—Bueno.
Martín se inclinó un poco sobre el mostrador y le dio un beso corto, rápido, pero suficiente para que Elena se quedara mirándolo cuando él se alejó hacia la puerta.
Antes de salir, Martín se dio vuelta.
—Elena.
—¿Sí?
—Me gustás.
Ella se quedó quieta, sorprendida por la sinceridad.
—Vos también me gustás —respondió en voz baja.
Martín sonrió una vez más y salió de la librería.
Elena se quedó sola, apoyada en el mostrador, con una sonrisa que no podía borrar. Miró la librería, los libros, la puerta por donde él había salido, y sintió algo que no sentía hacía mucho tiempo.
Expectativa.
Y también un poco de miedo.
Porque sabía que esa cena no iba a ser solo una cena.
Iba a ser el comienzo de algo.