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CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

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COMPROMETIDOS

...GONZALO:...

Me volvía estúpidamente loco.

La deseaba de una manera enfermiza, como un maldito adicto a la droga más adictiva jamás inventada.

Creí que me hacía perder el control, pero la realidad es que me retaba todo el tiempo, porque de perderlo no la dejaría levantarse de la cama, no la dejaría respirar, no me detendría cuando me dice que ya no puede más.

Y aun así, lo hago.

Porque una pequeña súplica, una sonrisa, una maldita mirada suya y quisiera entregarle el mundo. Carajo… el universo entero, ese que tanto le gusta mirar.

Me gusta tenerla así, debajo de mí, pidiendo por más, moviéndome dentro de ella, mientras su cuerpo —el único capaz de satisfacerme— vibra ante mi roce, ante mi tacto, haciéndola tan dispuesta, tan abierta, que nuestros cuerpos encajen perfectamente.

Estaba haciéndola mía, como casi cada noche desde que empezamos a salir.

Mis caderas se empujaban contra ella, en un impulso por intentar no correrme.

Pero ella me lo ponía increíblemente difícil.

Su piel sonrojada, el sudor en su frente, la forma en que gemía, su olor… carajo, su olor. Y cuando se corría, un espectáculo sin duda, digno de admirar y oír.

— Gonzalo… — mi nombre se le escapó como una plegaria.

— Dime mi amor.

Pero sabía que era yo quien provocaba que dijera mi nombre.

— Me estas volviendo loca.

— Lo mismo que tú me provocas… y apenas puedo sostenerme.

Sus glúteos rebotaban en mi pelvis, mientras recorría su espalda y caderas con mis manos.

La vi aferrarse a las sábanas y hundir el rostro en la cama cuando sus gemidos la delataron, llevándola directo al punto de no retorno.

Me rendí a ella. Tiene una manera lenta y peligrosa de hacer que me pierda, roba todo de mi y aun así, no quiero detenerlo.

Quiero estar con ella, Que sea solo ella. Siempre ella.

Me sostuve hasta el último segundo… y aun así, fue ella quien me desarmó.

Nos tomamos un momento para recuperarnos esa mañana.

La luz se filtraba por su ventana.

Yo había pasado la noche ahí.

Se acurrucó junto a mí y cerró los ojos.

La abracé, dándole un beso en la frente, contemplando su delicioso rostro.

La amaba, de eso no había duda.

La amaba tanto como la deseaba.

¿Pero no es así como funciona?

No.

Con ella era distinto.

No era solo quererla cerca.

Era necesitar que se quedara.

No era solo pensar en ella.

Era tomar cada decisión teniéndola en cuenta, incluso antes de darme cuenta.

Fue increíble la manera en cómo un día la vi y ya jamás dejé que se fuera.

Cómo todo mi ser quería —quiere— tenerla cerca.

Cómo es ella quien siempre aparece en mi mente, en los mejores y en los peores momentos.

Cómo un día, sin avisar, ya no pude imaginarme una vida donde no estuviera.

—¿Y si nos quedamos aquí? —le susurré.

—Hoy tengo entrega de reporte y tú tienes que ir a la clínica. No podemos quedarnos.

Se levantó de la cama.

Lo más prometedor que encontró fue mi camisa, así que se la puso.

La seguí con la vista por la habitación hasta que empezó a desaparecer por el pasillo.

Y fue ahí cuando lo entendí.

No quería momentos con ella.

Quería rutinas.

Quería mañanas.

Quería verla salir de la habitación usando mis cosas, quejándose del día, existiendo conmigo.

No quería que se quedara esa mañana.

Quería que se quedara siempre.

Tenía razón, no podíamos quedarnos ahí.

No podíamos hacer que el momento durara para siempre.

Pero sí podía repetirlo cada día de mi vida, si quería.

No lo pensé más.

Me puse rápido un pantalón de pijama y una camisa.

Caminé hacia el abrigo colgado en la silla del tocador

y tomé la caja del bolso.

No quería pedirle que se quedara.

Quería asegurarme de que nunca se fuera.

Caminé rápidamente por el pasillo. Ella ya estaba en la cocina, frente a la alacena abierta, escogiendo lo que le gustaría preparar de desayuno.

La llamé.

—Gabriela.

Se giró y su rostro adoptó una seriedad que reflejaba una sorpresa pura.

Yo ya estaba hincado, con la caja del anillo abierta en ese momento. Tenía que hacerlo antes de que el valor que me había invadido —ese que no había encontrado durante semanas el momento exacto para usar— se fuera. ¿Y de qué otra manera podría ser, si yo ya estaba rendido ante ella?

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Sus ojos se cristalizaron.

—Me quiero casar contigo, ¿y tú?

Por un momento creí que no había sido buena idea.

Pero ese pensamiento se fue tan rápido como llegó.

—Sí —murmuró finalmente.

Y una lágrima resbaló por su mejilla.

Suspiré, cerrando los ojos.

El momento de incertidumbre, justo antes de que respondiera, me había parecido eterno.

Finalmente me levanté.

Tomé el anillo, colocando la caja sobre la barra.

Carajo, me temblaban las manos.

Respiré una vez más.

Y ella también.

Deslicé el anillo por su dedo.

Me miró, y juro que vi la felicidad en sus ojos.

Se lanzó a mis brazos y la abracé, dando gracias a la vida porque dijo que sí.

...****************...

...GABRIELA:...

Jamás pensé que un día estaría comprometida con alguien.

No porque no quisiera, sino porque creí que ese no sería mi destino.

Pensé que nunca conocería a alguien lo suficientemente bueno.

Creí que toda mi vida se reduciría a mi trabajo y a mí.

Cuando estuvo hincado frente a mí, la palabra no jamás pasó por mi mente.

En ese pequeño par de segundos, con la imagen de él arrodillado ante mí, vi el resto de mi vida… o al menos una versión de ella.

Pero fue tan claro.

Y él estaba ahí, en todos los momentos.

Me sentí feliz, sin perder la plenitud que ya sentía.

Él había decidido acompañarme en mi mundo y yo, sin darme cuenta, quería que me acompañara.

Pero no solo eso:

me di cuenta de que, aunque no significaba dejar de ser quien era, sería capaz de poner en pausa mi mundo por acompañarlo en el suyo.

Lo amaba, demasiado.

Se había marchado después del desayuno.

No sé cómo describir la sensación que sentía. Fui a trabajar y más tarde salí con Zoé a comer a un restaurante.

Le tomaría el tiempo desde que la viera para ver en qué momento se daba cuenta.

Pero era Zoé.

Zoé tardó exactamente tres segundos en darse cuenta.

Tres.

Fue el tiempo que le tomó saludarme, sentarse, pedirse una bebida… y luego fruncir el ceño.

—¿Por qué estás sonriendo así? —preguntó, inclinándose sobre la mesa—. Esa sonrisa no es normal.

Tomé mi vaso con calma. Demasiada calma.

—¿Así cómo?

Entrecerró los ojos.

Me miró las manos.

Volvió a mirarme a la cara.

—No… no, no, no —dijo rápido, señalándome—. No me hagas esto.

Levanté la mano lentamente.

Zoé se quedó congelada.

—Cállate —susurró.

—Zoé…

Se llevó ambas manos a la boca.

—¡NO! —dijo un poco más fuerte—. No, no, no… ¿es real?

Asentí.

El chillido fue inevitable.

Varias personas voltearon a vernos.

—¡TE LO DIJE! —gritó, levantándose de la silla—. ¡TE DIJE QUE TE IBAS A CASAR CON ÉL!

La jalé del brazo.

—Zoé, por favor…

—¡ESTÁS COMPROMETIDA! —susurró-gritó, volviendo a sentarse—. ¡COMPROMETIDA! ¡DÉJAME VERLO! ¡DÉJAME VERLO!

Tomó mi mano con cuidado, como si el anillo pudiera desaparecer.

—Míralo —dijo, emocionada—. Está precioso. Es… muy tú. Alimenta tu locura por el espacio.

La miré sonreír.

Era cierto. Mi anillo era hermoso.

Tiene una gema central grande, redonda, de un azul profundo.

No es un azul cualquiera… es como mirar un cielo nocturno lleno de estrellas.

Dentro del cristal se alcanzan a ver pequeños destellos, como si guardara una galaxia diminuta, solo para mí.

El corte es facetado, y cada vez que la luz lo toca, se refleja en mil direcciones. A veces brilla suave; otras, parece casi mágico, como si cambiara según cómo me siento cuando lo miro.

Alrededor de la piedra principal hay un halo de diamantes transparentes, perfectamente engastados, que hacen que el azul del centro se vea todavía más intenso. No lo opacan… lo enmarcan, como si supieran exactamente cuál es el protagonista.

El aro parece de oro blanco —o quizá platino—, cubierto también de pequeños diamantes. Es elegante, lujoso, sofisticado… pero al mismo tiempo se siente mío. Como si hubiera sido pensado para mi mano, para mi vida, para este momento exacto.

—¿Estás feliz? —me preguntó, ahora más suave.

—Sí.

—Entonces ya —sentenció—. Todo lo demás no importa.

Luego sonrió con picardía.

—Aunque necesito detalles. Todos. Desde el principio. Y no te atrevas a saltarte nada.

Reí.

—Ay… —suspiró—. ¿Qué vas a hacer ahora?

Me preguntó después de haberlo contado.

—¿Qué voy a hacer de qué? —me encogí de hombros.

—Gabriela —me miró—. Llevas once meses saliendo con ese hombre, y tus padres… —se detuvo un momento, mirando a todos lados como si alguien pudiera escuchar, y bajó la voz—. Tus padres ni siquiera saben que existe.

—Sabes que no soy cercana a ellos, y menos a mi padre —dije, seria.

—No puedes simplemente un día aparecer y decirles que estás casada. Debes presentarles a Gonzalo. Él ha sido paciente, pero ese hombre no se merece eso —dijo, igual de seria.

—Sabes muy bien que el problema no es Gonzalo, son ellos y su forma tan cuadrada de pensar —fruncí el labio un momento.

Me miró con una ceja levantada.

—Pero creo que tienes razón —añadí—. Llegó el momento de que lo sepan.

Cuando llegue a casa, intente llamarlos pero no contestaron. Bueno Alba respondió pero dijo que no estaban.

Sonó el timbre.

Deje el teléfono sobre la mesa y abri.

Ahí estaba.

— Traje la cena. — Sonrio al verme.

— Pasa. — Me hice a un lado. — Deja todo sobre la barra.

Noto que estaba un poco sería en cuanto dejo las cosas y pensativa.

— Amor ¿que te pasa?

—Ya es tiempo de que conozcas a mis padres.

No dijo nada de inmediato.

Luego dejó las llaves junto a la caja de la comida y se acercó un poco más.

—Bien —asintió—. Dime cuándo.

Respiré hondo.

—Vamos a viajar —dije—. ¿En cuánto tiempo crees que puedas tener todo en orden?

—En cuanto me lo pidas —respondió sin dudar—. Puedo mover consultas, cancelar guardias… dime cuánto tiempo necesitas tú.

Fruncí el ceño, temerosa.

Caminó hacia mí y me rodeó con los brazos.

—Quiero que estés tranquila, ¿sí?

—¿Y si no me han perdonado?

—Estoy seguro de que no hay nada que una conversación no pueda sanar.

Lo miré.

—Por favor… no me sueltes.

—No lo haré, mi amor —me aseguró, sin dudar—. No lo haré.

— Tienes hambre— Me pregunto aun estando en sus brazos.

— Mucha. — Sonrei.

— Bien, entonces cenemos. — Camino hacia la cocina. — Deberías ir por Zoe.

Salí del departamento y toque su puerta.

— Zoé ven a cenar.

Regrese ayudar a Gonzalo, a ordenar toda la comida.

—¿Qué hay de cenar? —preguntó directo cruzando la puerta sin saludar primero, ya con la mirada puesta en la barra.

Gonzalo levantó la vista con calma.

—Depende —dijo—. ¿Tú qué comes hoy?

Zoé se cruzó de brazos, evaluándolo.

—A ver, doctor. ¿Es comida de verdad o un atentado contra mi disciplina?

Yo ya sabía lo que venía… y aun así sonreí.

Gonzalo abrió la primera bolsa.

—Salmón.

Zoé asintió, apenas.

La segunda.

—Quinoa.

—Bien.

La tercera.

—Verduras asadas.

—Excelente.

La cuarta.

—Ensalada. Aderezo aparte.

Zoé ya parecía satisfecha.

Entonces Gonzalo abrió otra bolsa distinta.

—Y esto es para Gaby.

Sacó papas fritas.

Yo di un pasito hacia la barra.

Luego una hamburguesa.

—Gracias —murmuré.

Zoé giró lento.

—Claro… —dijo—. Porque alguien aquí se alimenta como si el concepto de nutriente fuera opcional.

—Mi cuerpo funciona —me defendí.

—Por pura voluntad —replicó.

Gonzalo sacó una última bolsa.

—Y por si acaso —añadió—. Nuggets.

—¡Ese sí era innecesario! —dije, feliz.

Zoé lo miró con desaprobación.

—Tú… —le dijo a Gonzalo—. Siempre la consientes así.

Él se encogió de hombros.

—Tiene malos hábitos alimenticios. No veo razón para fingir lo contrario.

—¡Gracias! —exclamé.

—Pero —añadió, mirándome—, también tiene un cerebro brillante y una energía absurda. Si sabes a lo que me refiero. —Me guiñó un ojo.

—Oye —Zoé levantó la mano—, demasiada información.

Gonzalo negó con la cabeza, divertido.

—Tú también comes mal a veces —se excusó Gonzalo, mirándola.

—Yo solo rompo la dieta en partidos —dijo Zoé—. En partidos. Y aun así me cuesta perdonarme.

Gonzalo sonrió.

—Eso ya lo noté.

Zoé arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—El día que te conocí —continuó él—, comiste como si no hubiera mañana. Luego entendí que era fútbol… no personalidad.

Zoé parpadeó.

Luego rió.

—Está bien —dictaminó.

Miró las bolsas otra vez.

—Y sabes exactamente qué hace falta en esta casa.

Yo los observé a ambos.

Y pensé que, contra todo pronóstico, estaban formando equipo… incluso para sobrevivir a mí.

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