Narra la historia de Eliza Valantine, una mujer ruda de los barrios bajos que terminará reencarnando en Ofelia, la villana de secundaria de una novela que leyó. La Ofelia original era una mujer sin dignidad que drogó al protagonista, obligándolo a casarse con ella. Esta nueva Ofelia es una mujer empoderada, ruda y fuerte de pies a cabeza que no necesita usar a un hombre para ascender. No se deja de nadie y no necesita un héroe que la salve; ella es su propio héroe.
Si te gustan las protagonistas poderosas que reparten bofetadas a diestra y siniestra, quédate aquí.
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13 Heroína
Los trillizos —Valentina, Mateo y Santiago— cantaban a todo pulmón en el asiento trasero del auto mientras nos dirigíamos hacia su escuela de infantil. Ibamos a tiempo, y hasta había sobrado un poco de café para tomar en la cafetería de la institución después de dejarlos.
Justo cuando doblaba por la calle que lleva al colegio, vi algo que me heló la sangre: cinco hombres rodeaban a una joven que trataba de retroceder hasta la pared de un edificio vacío. Uno de ellos la sostenía por el brazo, mientras los demás la impedían escapar, lanzándole palabras obscenas.
Los niños se callaron al notar cómo me tensaba al volante.
—«Tía, ¿qué pasa?»—preguntó Mateo con voz pequeña.
—«Nada, pequeños, quédense bien sentados y no se muevan de aquí »—dije con calma, aunque mi corazón latía a mil por hora.
Estacioné el auto en la acera de emergencia, saqué el bate de béisbol que siempre llevaba en el maletero (regalo de Bruno para defenderme si alguna vez necesitaba), y les advertí una vez más que se quedaran dentro con las puertas cerradas y las ventanillas subidas.
Corrí hacia el grupo, y antes de que pudieran reaccionar, di un golpe preciso con el bate en el suelo cerca de los pies del hombre que sostenía a la joven, haciendo un estruendo ensordecedor.
—«¡Suéltela ahora mismo!»—grité con toda la fuerza de mi voz.
Los hombres se giraron hacia mí, mostrando sus ganas de pelear. Uno de ellos intentó agarrarme, pero le di un puñetazo en el estómago que lo hizo doblar. Otro se lanzó contra mí, así que le di una patada en la rodilla, mientras el bate bloqueaba los golpes de los demás. Con movimientos rápidos y decididos —, logré hacer caer a tres de ellos en cuestión de segundos. Los otros dos, al ver que no tenían ventaja, intentaron huir, pero la joven —que ya se había librado del agarre— los detuvo gritando pidiendo ayuda, y algunos vecinos que habían oído el alboroto salieron a auxiliarme.
Cuando los hombres estaban controlados, me acerqué a la chica: tenía unos años menos que yo, los ojos llenos de miedo pero con una expresión valiente en el rostro.
—«Estás bien, ya no te harán nada. Vamos a llevarlos a la comisaría, ¿vale?»— —le dije, poniéndole una mano en el hombro.
Volví al auto para comprobar a los trillizos: estaban asustados pero bien, y Valentina me dijo con voz temblorosa:
—«Tía Ofelia, fuiste muy valiente...»
Los llevé rápidamente a la escuela, explicándole a la directora lo sucedido y pidiéndole que la vigilara especialmente. Luego regresé por la joven —que se llamaba Camila— y los hombres, quienes ya estaban retenidos por los vecinos.
Llegamos a la comisaría, donde dimos nuestras declaraciones. Camila me contó entre lágrimas que era estudiante y que caminaba hacia su universidad cuando la habían acosado. Le dije que estaría ahí para ella si necesitaba algo más, y le dejé mi número de teléfono. Regresé a la compañia.
Al llegar a Díaz Fashion Group temprano en la mañana, venía cargada de energía por el avance de la campaña "FUERZA". Pero justo cuando iba a entrar a mi oficina del Departamento B, escuché voces altas procedentes del área de trabajo común.
—«¿Acaso creen que con sus diseños caseros van a lograr algo? Son un grupo de incompetentes que solo ocupan espacio aquí. La única razón por la que tienen trabajo es porque Ofelia es la esposa del jefe. »—gritaba Lara, la asistente de Bruno, dirigiéndose a mis colaboradores.
Vi cómo mis diseñadores, muchos de ellos jóvenes que habían puesto todo su esfuerzo en la campaña, bajaban la cabeza con vergüenza y rabia. María, una diseñadora de 22 años que había creado algunos de los accesorios más innovadores, estaba a punto de llorar.
La furia me invadió por completo. Me acerqué rápidamente y la agarré del brazo para hacerla girar hacia mí.
—«¿En qué crees que estás haciendo, Lara?» —dije con voz fría y contundente.
Ella intentó apartarme con desprecio:
—«¡Esto no te concierne! Solo estoy diciendo la verdad sobre esta pandilla de...
No la dejé terminar. Le di una bofetada firme en la mejilla que la dejó sin habla. Mis colaboradores se quedaron en silencio, sorprendidos.
—«Nada de lo que acabas de decir es la verdad.Cada persona en este departamento ha trabajado día y noche para crear algo que va más allá de la moda: estamos construyendo un espacio donde las mujeres se sientan seguras y valoradas. Tú, en cambio, vienes aquí a insultarlos solo porque probablemente te sientes inferior y no tienes el valor de trabajar por tus propios logros.» —grité, haciéndola mirarme a los ojos—.
Lara intentó replicar, pero la rabia la aturdía:
—«¡Tú no tienes derecho a golpearme! Soy la asistente del jefe...
—«Eres solo una asistente, nada más Y ni siquiera haces bien tu trabajo si crees que puedes venir a menospreciar a otros miembros de la empresa. Bruno no tolera la falta de respeto, y mucho menos cuando se dirige a quienes hacen posible el éxito de esta compañía. Eres como una rata sucia que intenta ensuciar todo lo que es bueno, pero aquí no tendrás lugar.» —le respondí, con la voz firme.
En ese momento, Bruno llegó acompañado de otros directivos que habían escuchado la discusión. Al enterarse de lo que había sucedido, miró a Lara con decepción:
—«Lara, he recibido varias quejas sobre tu comportamiento en los últimos meses, pero esto es demasiado. Tu contrato terminara en un año, después de ese tiempo no te debo nada.»
Bruno asintió y se dirigió al equipo del Departamento B:
—«El trabajo que están haciendo en "FUERZA" es fundamental para la empresa. Vamos a organizar un reconocimiento especial para ustedes la próxima semana. Y Lara deberá presentar una disculpa escrita.»
Lara, con la cara roja de vergüenza, no dijo nada más y se retiró de la oficina. Mis colaboradores se acercaron a mí, agradecidos, y María me dijo con voz emocionada:
—«Gracias por defendernos, Ofelia»
—«Siempre lo haré porque aquí todos somos iguales y todos tenemos valor.» —respondí con una sonrisa.
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