Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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Luna de miel de hielo
La luna de miel fue un viaje obligatorio, un trámite elegante, una postal que nuestras familias necesitaban para confirmar que todo marchaba como debía.
El destino era uno de esos lugares diseñados para enamorar, nieve perpetua, chalets de madera, chimeneas encendidas y silencios blancos que prometían intimidad, un paraíso para recién casados… si es que lo éramos de verdad.
Elias, porque así decidió que lo llamara en público, se volvió un extraño desde el primer día, no fue una pelea, ni un reclamo, fue algo peor, indiferencia, me hablaba lo justo, me miraba lo necesario, dormía lejos, con el cuerpo tenso, como si incluso el aire entre nosotros fuera una frontera.
Ignorarme era su castigo y también su error.
Yo observaba cada gesto con la paciencia de quien sabe esperar, no lo confronté, no supliqué, no reclamé, las mujeres que reclaman pierden poder, yo nunca reclamé nada que no estuviera dispuesta a tomar.
Las mañanas eran silenciosas, él salía temprano a esquiar o a reuniones que nadie había programado, yo me quedaba en el hotel, envuelta en bata de seda, observando la nieve caer detrás del vidrio, fingiendo calma.
Fue en una de esas tardes, cuando decidí salir sola al pueblo, que el pasado me encontró.
—¿Araceli?— La voz me atravesó como un eco viejo.
Me giré lentamente, y ahí estaba, Diego Ocampo, un nombre que no pronunciaba desde hacía años, pero que nunca se había ido del todo, el tiempo había sido generoso con él, más alto, más seguro, la mirada gris cargada de una intensidad que reconocí de inmediato.
—Diego —dije, saboreando el nombre—. Qué sorpresa.—
Sonrió, esa sonrisa ladeada que siempre tuvo, mezcla de ironía y deseo contenido, en la secundaria había sido “el amigo”, el que siempre estaba, el que me miraba cuando yo miraba a otro, el que nunca se atrevió… hasta ahora.
—Supe que estabas aquí —confesó—. Trabajo por la zona, cuando te vi, pensé que estaba imaginando cosas.—
—La imaginación suele ser generosa —respondí.
Caminamos juntos, hablamos de banalidades, de la vida, de los años perdidos, no mencioné a Ethan, no hizo falta, Diego tenía esa capacidad peligrosa de leer lo que no se dice.
—Te ves… distinta —comentó—. Más fría.—
—Aprendí —contesté—. El frío conserva mejor las cosas.—
Me miró con atención, no con lástima, no con juicio, con deseo, con ese deseo antiguo que nunca se extinguió del todo.
Nos despedimos sin promesas, sin acuerdos, pero el reencuentro ya había dejado una grieta abierta.
Esa noche, Elias no regresó hasta tarde, apenas me dirigió la palabra, se duchó, se acostó de espaldas, yo lo observé un segundo… y dejé de importarme.
Al día siguiente, Diego me envió un mensaje, si quieres café de verdad, no el del hotel, avísame, sonreí.
Nos vimos a escondidas, siempre a escondidas, cafés largos, caminatas silenciosas, miradas que decían más que las palabras, con Diego no necesitaba fingir dulzura ni control, él sabía exactamente quién era… y aun así me deseaba.
El encuentro íntimo no fue abrupto, fue inevitable, ocurrió en una cabaña pequeña, lejos del hotel, cuando la nieve caía con furia y el mundo parecía suspendido. No entraré en detalles, no hacen falta, basta decir que me sentí deseada sin condiciones, que por un momento no fui la señora Montenegro, ni la villana, ni la estratega.
Fui una mujer tomando lo que quería, a escondidas de Elías, a plena conciencia, mientras él me ignoraba, yo reclamaba mi cuerpo, mi poder, mi elección.
No fue amor, nunca lo fue, fue reafirmación.
Cuando regresé al hotel esa noche, Elías me miró con desconfianza, algo había cambiado, yo sonreí con calma, me senté frente a él como si nada.
—¿Todo bien? —pregunté.
Asintió, incómodo.
No sabía qué era, no sabía por qué, pero intuía que algo se le escapaba de las manos y eso… eso me dio una satisfacción lenta, profunda.
La luna de miel no nos unió, nos congeló, pero entre el hielo, yo encontré fuego y aprendí que no necesito permiso para arder.
Lo que no tenemos en casa lo buscamos afuera, no es una excusa, es una verdad incómoda que nadie quiere admitir en voz alta.
En casa solo hay silencio, miradas que esquivan, un cuerpo que duerme a mi lado como si fuera un trámite más. Hay reglas, límites, fechas de caducidad, hay un matrimonio que nació frío y se mantiene así por conveniencia, en casa no hay hambre, no hay deseo, no hay piel buscándose sin miedo.
Y entonces está Diego.
Diego es fuego puro, no el fuego que destruye de inmediato, sino ese que arde lento, que se mete bajo la piel y te hace olvidar el frío que traías encima, con él no hay promesas ni contratos, no hay futuros escritos por otros, solo el presente vibrando entre miradas que se reconocen.
Cuando estoy con Diego no tengo que fingir dulzura ni fortaleza, no tengo que medir cada palabra, él no me pregunta qué siento; lo sabe, lo lee en la forma en que respiro, en cómo me acerco sin pedir permiso, en cómo mis silencios se vuelven densos cuando lo tengo cerca.
Con Elías todo es cálculo, con Diego todo es impulso y yo estoy cansada de contenerme.
Quiero quemarme en ese fuego porque el hielo cansa, porque sostener una imagen perfecta consume más que cualquier pecado, porque nadie se vuelve villana por placer, sino por necesidad, Diego no me juzga, no me pide explicaciones. No intenta salvarme ni cambiarme, me desea tal como soy, afilada, peligrosa, rota en los bordes.
Eso es lo que lo vuelve tan adictivo.
Sé que no es amor, nunca me engaño con palabras grandes, es algo más honesto y, por eso mismo, más peligroso. Es la certeza de que, al menos en ese espacio robado, soy yo quien elige. Yo quien decide cuándo, cómo y hasta dónde.
Mientras en casa me ignoran, afuera alguien me mira como si fuera lo único importante en la habitación, mientras en casa me ponen límites, afuera mi nombre se dice con hambre, mientras en casa me piden paciencia, afuera mi cuerpo recuerda que está vivo.
Y sí, quiero quemarme.
Quiero arder sin pedir disculpas, quiero perderme un poco en ese fuego para no congelarme del todo, no porque crea que Diego sea mi salvación, sino porque sé que no necesito que nadie me salve, solo necesito sentir algo real, aunque sea breve, aunque deje cenizas después.
Tal vez algún día el fuego se apague, todo lo hace, pero hoy… hoy prefiero el riesgo a la nada.
Porque el hielo preserva, sí.
Pero el fuego… el fuego transforma.
Y yo ya no quiero conservarme intacta.
Quiero arder.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡