Nació gemelo, pero jamás fue tratado como tal. Marcado en el rostro, fue despojado de nombre, amor y humanidad. Mientras su hermano era criado como el elegido, él fue guardado como reemplazo, como ofrenda silenciosa. Cuando el prometido huye la noche del sacrificio, la familia no duda: no lo buscan… lo borran.
Y entonces lo entregan a él.
Traicionado por su propia sangre, ofrecido a un demonio que nunca aceptó el trato original, descubre que el pacto no exigía un hijo perfecto, sino uno roto. En un mundo donde el amor es una mentira y la familia es el primer verdugo, aprenderá que la verdadera monstruosidad no viene del infierno, sino de quienes sonríen mientras te sacrifican.
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Sálvame.
— ya ven aquí ahora déjame tenerte
Él lo volteo.
— Tu piel es tan blanca y suave dónde toco queda una marca muy bonita. Azrael se inclinó
— te besaré aquí.
— No allí está sucio señor. Dijo con la voz temblorosa.
— No importa lo tomo por los muslos y comenzó a besarlo —metió su lengua.
— Señor así no (gimió) si me toca por delante y me estimula así por detrás me vendré rápido.
Azrael no lo escuchaba él deseaba cada parte del cuerpo de Daniel quería poseerlo por completo.
— Mira ya entra fácil dijo penetrando lo suavemente una y otra vez.
En cada movida Daniel se estremeció
Daniel terminó.
Azrael lo tomo con delicadeza esa tarde, era como si quisiera memorizar ese momento.
Unas horas después.
Ambos estaban en la cama, exhaustos por la intensidad que aún vibraba en el aire.
—¿Solo te vas a casar conmigo, verdad? —preguntó Daniel, con la voz baja, casi frágil.
—¿Aún no olvidas eso? —respondió Azrael, acariciándole el cabello con distraída ternura.
—Lo digo en serio. No moriré en paz si no me lo prometes.
Azrael sonrió, ladeando la cabeza.
—De todos modos morirás tranquilo.
Daniel apoyó la barbilla en su pecho, frunciendo el ceño.
—No te burles. Hablo en serio.
Azrael suspiró, como si cediera a algo inevitable.
—Está bien… lo prometo. ¿Algo más?
Daniel dudó un segundo.
—Sí. No meterás a nadie más en esta habitación cuando yo muera. La cerrarás. Nadie entrará.
—Está bien.
—¿Vendrás… verdad?
Azrael no respondió de inmediato.
—No. Lo más probable es que, en unos años, olvide por qué está cerrada.
El puño de Daniel se estrelló contra su abdomen. Azrael ni siquiera se movió.
—¿Y ahora por qué te enojas? —preguntó con calma.
—Eres demasiado sincero. Podrías mentir de vez en cuando —murmuró Daniel—. A veces una pequeña mentira es mejor que una verdad que duele.
Azrael lo miró fijamente.
—¿Por qué te haría feliz algo que no es real? Además… si te miento, ¿cómo sabrás cuándo te digo la verdad?
Daniel guardó silencio.
Azrael lo tomó por la cintura y lo colocó sobre él, obligándolo a mirarlo.
—Hay algo en ti —dijo despacio— que arrastra mis pensamientos a donde estás tú. Me gustas. Te deseo… y aunque existen límites, mi cuerpo arde cada vez que te acercas. Y algo dentro de mí se agita cuando me celas.
Daniel sonrió.
—Yo amo todo de ti: tu largo cabello, cómo se enreda entre mis dedos cuando estamos juntos; tu cuerpo fuerte; tu altura, esa que me obliga a alzarme para poder alcanzar tus labios. Tu voz me hipnotiza… y tu crueldad —confesó sin pudor— me resulta fascinante.
Él soltó una leve risa.
—No hagas eso. Tu pequeño cuerpo no lo soportará.
—¿Qué? —preguntó Daniel, genuinamente confundido.
—Me estás exitando otra vez, esposo mío. — Le dijo en el oido.
El corazón de Daniel dio un vuelco al escucharlo. La palabra se le quedó grabada en el pecho.
—¿Me llamarás así de ahora en adelante? —preguntó, incapaz de ocultar la emoción.
—Sí —respondió él con calma—, si eso te hace feliz.
Azrael lo penetro lentamente mirando fijamente a Daniel, el amaba sus gestos como su cuerpo se arqueaba cuando era tomado los gemidos entre cortados.
— ¿No te cansas? Pregunto entre gemidos.
— De ti, no... siéntate.
— Si lo hago se meterá todo.
— Es lo que quiero ver hasta donde llega.
Daniel se sentó lentamente, Azrael lo miraba fijamente con deseo, placer con ganas.
— Mira llega aquí. (señaló debajo del ombligo) muévete.
— ¿ Cómo? Pregunto entre gemidos.
Azrael lo tomo de la cintura y lo movió fuerte de arriba abajo Daniel estaba caliente.
—Mira como sale de tu pequeño abdomen parece que te fueras a romper.
Daniel ya movía su cintura sin parar el deseo lo envolvía completamente.
— Dame más ~
— Es una lastima que no te pueda embarazar.
Azrael se puso de pie con el en brazos lo movía con fuerza de arriba abajo los sonidos que producían sus cuerpos los exitaban más.
Ambos terminaron.
Daniel intentó incorporarse, pero sus piernas simplemente no respondieron.
—¿A dónde vas? —preguntó él, acomodándole la cabeza contra la almohada antes de que cayera de nuevo.
—Voy con Verónica… al primer piso.
—Ah… —murmuró, como si ya hubiera previsto cada uno de sus movimientos.
Luego lo rodeó por la cintura, aferrándolo—. Me siento usado. Vengo hasta donde estás, me das lo que quiero… y pretendes marcharte de inmediato.
—Se lo prometí a Verónica.
—Ni siquiera puedes levantarte —replicó con calma cruel—. ¿Cómo piensas llegar? Hay escaleras, demasiadas. Y para llegar a la habitación del pequeño tendrás que cruzar las enredaderas… esas con espinas. A duras penas te sostienes de pie.
Daniel lo miró con enojado.
—¿Y de quién es la culpa? Casi me partes en dos.
Él sonrió, lento, peligroso.
—No me hables así… o me vuelvo a calentar.
—Cámbiate.
—¿Me estás echando de tu habitación? —preguntó, llevándose una mano al pecho, fingiendo dolor.
—No —respondió Daniel con voz firme—. Es tu culpa que no pueda caminar.
Así que tú… me llevarás hasta allá.
Azrael se cambió y lo tomó en brazos.
—Bueno… es la primera vez que cargo a alguien que no sea para tener sexo.
Daniel se sonrojó de inmediato.
—No digas esas cosas… te pueden oír.
—Gemías tan fuerte que dudo que no te hayan escuchado en toda la mansión.
Daniel evitó mirarlo.
Al salir de la habitación, Verónica estaba sentada en una silla, con las llaves manchadas de sangre entre las manos.
—¡Verónica! ¿Estás herida? —preguntó Daniel, alarmado.
—¿Por qué te espantas? ¿Se te olvida quién es? —respondió Azrael, mirándola fijamente—. Además… esa sangre no es de ella.
—Así es, mi señor —dijo Verónica con voz baja—. No es mía.
Los tres caminaron por un largo corredor. Todo era lujo y solemnidad: cuadros antiguos, rosas ubicadas con una elegancia casi ceremonial, innumerables puertas cerradas. El aire tenía un aroma dulce y denso. Cada habitación parecía contar una historia, cada muro proclamaba la grandeza de Azrael.
Llegaron frente a dos enormes puertas de oro. En el centro, un diamante rojo servía como cerradura. El mayordomo los esperaba allí; su sola presencia era abrumadora.
—Mi señor —se inclinó.
Luego miró a Verónica durante unos segundos.
—Señora Verónica —dijo con naturalidad.
—Ya no soy señora, Hermes —respondió ella, bajando la mirada.
Azrael continuó avanzando, pero Daniel notó algo en esas miradas. Él conocía ese silencio, esa tensión que no necesitaba palabras.
Se detuvieron frente a la puerta. Verónica colocó las llaves en la cerradura, pero sus manos temblaban tanto que no lograba introducirlas. El mayordomo se las quitó con suavidad y abrió.
Un frío helado los envolvió.
Una neblina espesa cubría la habitación. Lianas de espinas florecidas trepaban por las paredes. Una pequeña pila dejaba caer agua con un sonido musical, casi hipnótico. Cuadros enormes mostraban a Verónica y al pequeño juntos, sonrientes, vivos.
Al fondo, sobre una cama inmensa, yacía el niño.
Tenía apenas tres años.
Caminaron hacia él. Verónica parecía no tocar el suelo. Cuando estaban por llegar, Daniel pidió que lo bajara. Azrael lo hizo, y Daniel continuó a pie.
Verónica se detuvo al ver al niño. Llevaba el medallón del heredero. No solo eso: ella lo supo de inmediato… Azrael había intentado todo para despertarlo.
—Mi señor… usted… —su voz se quebró—. Usted también lo extraña…
Tomó la pequeña mano fría del niño, y las lágrimas comenzaron a caer.
—Verónica… es mi hijo. Por supuesto que lo extraño.
Ella abrazó a Azrael sin soltar al niño.
Daniel observó la escena y su corazón se encogió.
Qué miserable soy, pensó. Ellos están sufriendo por su hijo… y yo aquí, sintiendo celos.
Verónica percibió su incomodidad.
—Señor… acérquese —llamó a Daniel con suavidad.
Daniel se acercó a la cama.
Allí estaba: un niño vestido como un príncipe, labios completamente blancos, ojos cerrados como si durmiera.
Tomó su mano lentamente.
Un frío brutal lo atravesó.
Sintió cómo algo absorbía su energía vital. Sus piernas cedieron. La habitación se desdibujó.
Antes de perder el conocimiento, escuchó una voz infantil, temblorosa, dentro de su mente:
—Por favor… ayúdame.
Tengo mucho miedo.
Y entonces, todo se volvió oscuridad.
sería genial qué pasará eso, queda como que el plan que tenía se dio vuelta y no salió como esperaba
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