Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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LA CAIDA DEL OSO
Solárium no era una ciudad cuando Gahiel cruzó sus límites; era un campo de sometimiento. Las calles, antes limpias y ordenadas, estaban cubiertas de ceniza, restos de piedra y sangre seca que se había oscurecido con el paso de las horas, mientras el humo flotaba bajo, espeso, irritando los pulmones y dejando un sabor metálico en la garganta.
Cada paso que Gahiel daba resonaba en un silencio roto apenas por gritos apagados, llantos contenidos y el sonido metálico de cadenas arrastrándose contra el suelo.
Había cuerpos tirados por doquier. No era una batalla. Era un cementerio. Avanzó despacio, no por miedo sino porque lo que veía lo obligaba a mirar, niños atados a postes con la cabeza gacha, mujeres arrodilladas temblando e incapaces de sostener la mirada, hombres obligados a cargar cuerpos sin vida mientras demonios los vigilaban riendo y disfrutando del quiebre.
—¡No… no te lo lleves! ¡Es mi hijo! —sollozaba una mujer aferrada a un cuerpo inerte.
—¡Levántate! ¡Levántate, por favor! —gritaba un hombre sacudiendo a su hermano sin respuesta.
El pecho de Gahiel se tensó y la furia le subió desde el estómago hasta la garganta, quemándole la respiración.
—Esto… —murmuró, con los dientes apretados— no debía pasar. Sus manos se cerraron en puños mientras su mirada se clavaba en el centro de la plaza, donde, elevado sobre un trono ennegrecido por energía oscura, estaba Belgor, No intervenía. No necesitaba hacerlo. Su sola presencia mantenía la ciudad de rodillas y la oscuridad a su alrededor no se movía como humo… respiraba.
Cuando Gahiel dio un paso más, Belgor levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron. Sonrió. No era una sonrisa humana. Era la sonrisa de un dueño inspeccionando su propiedad.
—Así que tú eres… —dijo con calma, poniéndose de pie—. El famoso protector. El oso.
Gahiel no apartó la vista. —¿Tú eres quien causó esto?
Belgor bajó un escalón del trono, elegante, impecable incluso entre ruinas.
—Yo no causé nada. Yo revelé lo que este mundo merece.
Gahiel dio otro paso, la rabia vibrándole bajo la piel. —Vas a pagar por cada lágrima. Por cada vida. Por cada cadena que pusiste aquí.
Belgor inclinó levemente la cabeza, divertido. —Pagar… —repitió con suavidad—. Esto apenas es el comienzo.
Los demonios reaccionaron al instante y criaturas deformes surgieron de los costados, de los tejados y del suelo mismo, garras y colmillos lanzándose en oleadas mientras Gahiel avanzaba sin dudar.
Se lanzó contra ellos con violencia disciplinada; su primer golpe destrozó el cráneo de una bestia y a la segunda la levantó del suelo para arrojarla contra otras dos, abriendo espacio entre gritos y huesos quebrados mientras la plaza temblaba bajo su fuerza.
—¡Aléjense de la gente! —rugió mientras barría a otra criatura de un codazo, pero eran demasiados. Uno lo atacó por la espalda y otro le clavó garras en el costado; Gahiel gruñó, giró, golpeó y resistió con el cuerpo ardiendo pero la mirada intacta.
—¿Eso es todo lo que tienes? —se burló Belgor desde lo alto.
Gahiel levantó la vista hacia él, sonrió, una sonrisa peligrosa, y cargó directo. Saltó impulsándose entre los demonios hasta quedar frente al trono ennegrecido y su puño impactó el pecho de Belgor con un estruendo seco que resonó por toda la plaza. Por un instante hubo silencio. Belgor ni siquiera se movió; miró su propio pecho, luego a Gahiel, y se rió.
—Patético.
El contraataque fue brutal, un solo golpe que lanzó a Gahiel varios metros atrás, atravesando una pared y dejándolo entre escombros con el aire arrancado de los pulmones. Tosió sangre e intentó levantarse apoyándose sobre una rodilla mientras Belgor descendía lentamente.
—Tu poder no se compara al mío —dijo con voz baja, firme—.
No entiendes en qué nivel estás jugando. No lo dejaron reincorporarse; los demonios cayeron sobre él con puños, patadas y garras, no para matarlo sino para quebrarlo, levantándolo solo para volver a tirarlo al suelo mientras Belgor proclamaba hacia la multitud.
—¡Mírenlo! ¡Este es su héroe! Un látigo oscuro se materializó en su mano, hecho de energía viva y retorcida, y el primer golpe abrió la espalda de Gahiel mientras la multitud gritaba
—¡Deténganse! ¡Por favor! —¡No lo maten! El segundo golpe lo obligó a soltar un grito que resonó en la plaza, pero no era de rendición, era de furia.
El tercero lo dejó de rodillas y cada impacto fue dejando marcas negras que se extendían como venas bajo su piel; aun así, respirando con dificultad, levantó la cabeza.
—¿Eso era todo? —escupió sangre al suelo— He recibido peores entrenamientos.
Belgor lo observó con frialdad. —Me gusta tu resistencia. Hará esto más entretenido.
Ordenó que lo encadenaran y las cadenas se cerraron alrededor de sus brazos y piernas obligándolo a arrodillarse frente a todos mientras Belgor caminaba a su alrededor despacio.
—Quiero que vean —dijo señalando a la multitud—. Quiero que entiendan lo que ocurre cuando confían en falsos salvadores. Gahiel levantó la mirada con sangre corriéndole por el rostro y la respiración pesada pero firme.
—No… —gruñó—. No les pertenezco a ustedes… Yo peleo por ellos. Belgor se inclinó frente a él, su sombra cubriéndolo por completo
. —No. —susurró—. Me perteneces a mí. El látigo volvió a caer y Solárium tembló bajo el sonido del impacto.