Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°13
El cielo ya estaba completamente cubierto por un manto oscuro cuando el auto cruzó los portones de la mansión. Las luces del jardín se encendieron automáticamente, bañando el camino de entrada con una luz cálida que apenas alcanzaba a rasgar la sombra de los árboles. Isabella despertó con el leve movimiento del auto al detenerse y frotó sus ojos mientras aún abrazaba el abrigo de Leon como si fuera una manta.
Leon bajó primero y, antes de que el chofer pudiera abrir la puerta trasera, él mismo lo hizo. Se agachó frente a Isabella con una sonrisa suave, aunque sus ojos mostraban un rastro de tensión que ella aún no era capaz de interpretar.
—Ya llegamos —susurró, ofreciéndole la mano.
Isabella asintió con un leve bostezo, y bajó del auto de la mano de Leon. Al poner el primer pie sobre el suelo empedrado, sintió esa mezcla de cansancio y emoción que solo se siente después de un día largo e inolvidable. La mansión la recibió imponente, silenciosa, con sus techos altos y ventanas encendidas como ojos que no dormían nunca.
Apenas cruzaron la puerta principal, el ambiente cambió. El aire se sentía diferente… más denso, como si el silencio escondiera algo. Isabella lo notó en los pasos de Leon, que aunque suaves, eran decididos. Caminaba como si cada rincón pudiera esconder una sorpresa, como si esperara algo. A pesar de eso, no soltó la mano de la niña en ningún momento.
—Vamos arriba. Te mostraré dónde puedes guardar tus cosas —dijo en voz baja, sin dejar de mirar al frente.
Subieron por la escalera principal, que parecía sacada de un palacio. Los escalones eran de mármol blanco, y cada pared estaba decorada con cuadros antiguos que Isabella no entendía, pero que la hacían sentir pequeña. Al llegar al segundo piso, pasaron por un largo pasillo alfombrado. A medida que avanzaban, ella comenzaba a sentir el peso del día entero sobre los hombros.
Entraron a la habitación que horas antes Leon le había ofrecido decorar como quisiera. Las bolsas con sus nuevas cosas ya estaban ahí, alineadas con precisión en un rincón. Sobre la cama, doblado con delicadeza, estaba un pijama nuevo: de tela suave, color lila con pequeños dibujos de estrellas plateadas, y al lado un par de pantuflas mullidas a juego.
Los ojos de Isabella se iluminaron.
—¿Es para mí? —preguntó, acercándose.
—Claro que sí. Lo elegí yo mismo —dijo Leon con una leve sonrisa, orgulloso de su elección.
Isabella acarició la tela con los dedos. Era tan suave que parecía hecha de nubes. No dijo nada más, pero su rostro lo decía todo. Leon encendió una lámpara de luz cálida y luego se agachó con paciencia para quitarle los zapatos.
—Mañana será otro día largo. Necesitas descansar, princesa.
Ella asintió, tímida. Leon le alcanzó el pijama y le ayudó a cambiarse, asegurándose de no incomodarla, siempre con un respeto que no todos sabrían ofrecer. Luego le acomodó las mantas con cuidado, sin dejar ni un pliegue suelto.
Cuando salió de la habitación, su expresión cambió por completo. Cerró la puerta con suavidad y sus pasos se tornaron más pesados. Se dirigió a la sala de vigilancia, donde ya lo esperaba uno de sus hombres. No dijo palabra; solo extendió la mano, y le pasaron un pequeño control remoto.
En la pantalla comenzaron a aparecer las grabaciones del día. Cámaras de tiendas, entradas, salidas. Leon se mantuvo de pie, los brazos cruzados, el ceño fruncido. Rewind. Pausa. Zoom.
Había algo que no encajaba.
—¿Lo viste? —preguntó.
—Sí. Lo del auto gris. Nos siguió al menos tres cuadras.
Leon apretó la mandíbula.
—Quiero saber quién era, antes del amanecer. Y dobla la vigilancia. Hoy fue un día bonito… y los días bonitos, en mi mundo, siempre tienen un precio.
Volvió a mirar por la pantalla unos segundos más antes de apagarla. Luego miró al pasillo oscuro, allá donde dormía Isabella, inocente, acurrucada en su nueva cama con su pijama de estrellas.
Y pensó, en silencio: "No voy a permitir que nadie le arrebate esta paz. No a ella."
Porque aunque todo parecía calmo, León sabía bien que la tormenta se acercaba. Y él, como siempre, estaba listo.
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