Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 7
Eitan
Nunca creí que donar médula ósea doliera tanto antes de que siquiera empezara el procedimiento.
No hablo del dolor físico —eso lo esperaba—, sino de ese peso silencioso que se instala en el pecho cuando sabes que estás haciendo lo incorrecto al no decirle la verdad a alguien. Estoy trazando una línea de la que no hay regreso. No por heroísmo. No por redención. Si no porque hay personas que simplemente se merecen lo mejor de este mundo y una de ellas es la pequeña Lily.
Esa pequeña que con una sonrisa logra borrar cualquier rastro de frialdad en mí.
Cuando me llamaron para firmar los últimos documentos, salí rápidamente de mi oficina, hacia el hospital.
Entre directo al consultorio que olía a puro desinfectante. El doctor Martínez estaba hojeando mi expediente con la calma de alguien que ha visto demasiadas tragedias como para sorprenderse con una más.
—Señor Benedetti —dijo finalmente, con un total seriedad—, antes de continuar, debo preguntarle algo que no está en ningún formulario.
Levanté la vista.
—¿Está seguro de esto?
No preguntó si podía. Preguntó si estaba seguro. Había una diferencia enorme.
—Sí —respondí sin dudar.
—La donación es voluntaria. Puede retirarse en cualquier momento, incluso ahora sí usted lo desea.
Asentí.
—Lo sé.
El doctor me observó con atención, como si intentara leer entre líneas.
—No suele ser muy común que alguien que no es familiar directo haga este tipo de donación —continuó diciendo el doctor con tristeza en su mirada.
Sonreí apenas.
—Lily es… importante.
—¿Para usted?
—Para el mundo —respondí—. Aunque todavía no lo sepa.
Quinn y su hermanita son mi mundo y haría cualquier cosa para poderlas ver felices, después de tantas cosas que pasaron juntas.
El doctor no insistió. Solo cerró el expediente.
—Bien. Vamos a prepararlo.
Me pidieron que me cambiara la ropa. La bata era tan ridículamente delgada para alguien que fingía estar tan entero. Me senté en la camilla mientras una enfermera ajustaba la vía intravenosa.
—¿Nervioso? —preguntó con una sonrisa profesional.
—He firmado contratos que movieron millones —respondí—. Y ninguno me dio tanto miedo como esto.
Ella rió suavemente.
—Eso es buena señal. Significa que le importa.
Claro que me importaba.
Lily no era solo una niña enferma. Era una risa en medio del caos. Un dibujo torcido pegado con cinta en una pared blanca. Era la forma en que hablaba de su hermana como si Quinn fuera una superheroína cansada, pero invencible.
La primera vez que la vi sonreír, supe que no iba a permitir que el mundo se la llevara tan fácilmente.
—Doctor —dije Cuando Martínez regresó—, ¿será muy doloroso?
Fue honesto.
—Sí.
—Perfecto —murmuré—. Sería injusto que no lo fuera.
El procedimiento comenzó.
No voy a romantizarlo. El cuerpo sabe cuando algo importante está ocurriendo. Cada aguja, cada presión, cada segundo parecía durar más de lo normal. Cerré los ojos y respiré hondo.
Pensé en Quinn.
En su mirada siempre alerta, siempre expectante. En su sarcasmo como escudo a mis respuestas. En la forma en que se rompe en silencio cuando cree que nadie la ve.
Ella nunca me pidió esto.
Y tal vez por eso era tan importante hacerlo.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo el doctor mientras revisaba los monitores.
—Ya lo está haciendo —respondí irónicamente.
—¿Por qué realmente lo hace?
Abrí los ojos.
—Porque Lily merece crecer —respondí—. Merece pelearse con su hermana por tonterías. Merece enamorarse, decepcionarse, volver a levantarse. Merece tener recuerdos malos y buenos. Merece vivir.
Tragué saliva.
—Y porque ya ha perdido demasiado para ser tan pequeña.
El silencio que siguió fue distinto. Respetuoso.
—Es usted un buen hombre, señor Benedetti.
Negué lentamente.
—No —dije—. Solo estoy intentando no ser uno peor.
El tiempo pasó de forma extraña. Entre sueños ligeros y recuerdos. Vi a Lily sentada en la cama del hospital, moviendo las piernas sin tocar el suelo.
“¿Te duele?”, me había preguntado una vez, señalando una herida que yo ni recordaba.
“No tanto”, le dije.
“Entonces estás bien”, respondió, convencida.
Ojalá la vida fuera siempre así de simple.
Cuando terminó el procedimiento, sentí el agotamiento caer sobre mí como una ola. El doctor me habló, pero tardé en entender las palabras.
—Todo salió bien —dijo—. Ahora debe descansar.
—¿Y ella?
—Ahora depende de su cuerpo —respondió—. Pero le ha dado una oportunidad real.
Cerré los ojos.
Eso era suficiente.
Antes de que me llevaran a la habitación de recuperación, el doctor se detuvo.
—¿Quiere que su esposa sepa…?
Abrí los ojos de golpe.
—No —dije con firmeza—. No aún.
—¿Por qué?
Porque Quinn ya carga con demasiadas verdades.
Porque si supiera esto, todo cambiaría.
Porque el amor —cuando se parece demasiado al sacrificio— asusta.
—Porque esto no fue un trato —respondí—. Fue una elección.
Y algunas elecciones…
solo tienen sentido cuando se hacen en silencio.
Cuando desperté horas después, el dolor era real. Pero también lo era la calma.
Había hecho lo único que importaba.
Salvar a Lily.
Aunque aún no tenía la certeza de que su cuerpo respondería, esperaba que sí.
De verdad lo anhelaba.