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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:668
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10

Después de todo, aquí estaba, tranquila, sintiendo que hacía las cosas bien. El sol no pegaba demasiado fuerte porque mi sombrilla me cubría, dejando que solo algunas lucecitas doradas se colaran entre la tela. Tenía el mantel extendido sobre la hierba, lleno de cosas ricas que habíamos traído: panes recién horneados, quesos suaves, frutas frescas que brillaban como joyas al sol —uvas, fresas, melón dulce— y una jarra de jugo frío que mi madre misma había preparado. Todo estaba dispuesto con sencillez, pero se sentía como un pequeño banquete.

A mi lado estaban mi esclava, mis hermanos y mis padres. Ellos conversaban entre sí, siempre con ese toque de sarcasmo y ocurrencias que tanto me divierten. Yo los escuchaba y reía, porque en el fondo, aunque a veces se pasen con sus bromas, no puedo dejar de amarlos. Mi papá y yo hablamos largo rato. Le conté cosas que me venían al corazón, y él, con esa manera tan suya, me respondió con sabiduría y también con humor. Nos reímos de anécdotas pasadas, recordamos historias de cuando yo era más pequeña, y en ese instante sentí lo afortunada que era de tenerlo a mi lado. Fue uno de esos momentos sencillos que se quedan grabados en el alma.

Más tarde, partimos hacia una isla privada. El trayecto en la barca fue como una promesa de aventura: el agua golpeaba suavemente la madera, y el aire salado nos despeinaba el cabello mientras las gaviotas volaban sobre nosotros. Al llegar, todo parecía un pequeño paraíso. La arena blanca y suave parecía polvo de estrellas, y el mar tenía tonos que iban desde el azul cristalino hasta el verde más profundo. El sol caía brillante sobre la superficie, haciéndola brillar como si estuviera bordada en oro líquido.

No pude resistirme: me puse mi biquini y corrí directo al agua. Al zambullirme, sentí la frescura que recorría mi cuerpo entero, como un abrazo limpio. Nadaba con energía, me hundía delicioso en lo profundo, dejándome envolver por ese silencio acuático, y después emergía para tomar aire y sentir la brisa cálida en el rostro. Afuera, desde el agua, podía ver a mis padres en la orilla. Mi mamá sonreía con ternura, y mi papá, juguetón, le hacía bromas mientras la rodeaba con su brazo. Se veían tan unidos, tan felices en su pequeño nido de amor, que la escena me arrancó una sonrisa espontánea.

Con mis hermanos, la tarde se volvió un juego interminable. Nos retamos a controversias y competencias tontas, como quién lograba hundirse más tiempo bajo el agua o quién nadaba más rápido hasta cierta roca. Reíamos hasta cansarnos, salpicándonos como niños, olvidando cualquier preocupación. Cada risa nuestra parecía mezclarse con el rumor de las olas y con el canto lejano de los pájaros marinos.

Así pasamos la tarde: entre juegos, cariño y esa felicidad simple que se construye con familia y amor. El sol comenzó a inclinarse poco a poco, tiñendo el cielo de colores rosados y anaranjados, como si el día quisiera regalarnos un último cuadro perfecto antes de despedirse. Y allí, rodeada de quienes amo, sentí que todo estaba en paz, que ese momento era un tesoro, un recuerdo que siempre querría guardar conmigo.

Después de todo eso, tras dejar atrás la isla y las risas de mis hermanos en el mar, subimos hacia la casa. El sol ya caía con suavidad, dorando los árboles y las piedras del camino. Yo llevaba aún puesto mi bañador, fresco todavía por el agua salada, y encima mi bata ligera, que se movía con la brisa marina. Por dentro, la blusa de mi traje de baño, una prenda tejida en lana con delicados hilos que parecían guardar el calor del sol en cada puntada. Caminaba tranquila, con el cabello húmedo cayendo sobre mis hombros, sintiendo la mezcla de cansancio dulce y felicidad que siempre dejan los días junto al mar.

Entonces lo vi. James estaba allí, al pie de la entrada, conversando con otra persona. Su voz grave se mezclaba con el murmullo de la tarde, pero en el momento en que nuestros ojos se encontraron, todo lo demás pareció desvanecerse. Lo noté: su mirada recorrió mi figura de arriba abajo, rápida, discreta, como si no quisiera que nadie lo descubriera, pero lo suficiente para que yo lo sintiera. Una chispa inesperada me atravesó, como si ese instante tuviera un peso secreto.

Fingí indiferencia, bajé la vista y continué caminando, con pasos seguros, aunque por dentro sentí el calor subir a mis mejillas. Era un sonrojo inevitable, de esos que no se pueden disimular aunque una lo intente. Mi corazón latía un poco más rápido de lo normal, como si aquella mirada hubiera despertado algo escondido.

Mi esclava, siempre atenta, lo notó todo. La vi sonreír con picardía, como si hubiese descubierto un secreto que ni yo misma quería admitir. Sus ojos brillaban divertidos, y por un instante me sentí desarmada, atrapada entre la inocencia de mi rubor y la complicidad silenciosa de ella. Yo también esbocé una sonrisa leve, sin palabras, como aceptando lo evidente: algo había pasado en ese cruce de miradas.

Seguí mi camino hasta la puerta, respirando profundo, recordando al mismo tiempo quién soy. Porque, entre todas las hijas que tiene mi padre, yo siempre he sido su niña de los ojos, su tesoro más cuidado, su hermosa hija. Esa certeza me acompañaba siempre, como un manto invisible que me protegía. Quizá por eso James me miró así, con una mezcla de respeto y curiosidad, como si entendiera que había algo distinto en mí, algo que me separaba del resto.

Fue un momento breve, casi fugaz, apenas unos segundos que podrían pasar desapercibidos para cualquiera. Y, sin embargo, para mí se quedaron grabados con fuerza. Hay detalles pequeños que parecen no tener importancia y, sin embargo, lo cambian todo: la manera en que el sol iluminaba la escena, la seriedad con la que él interrumpió su conversación, la sonrisa cómplice de mi esclava, el rubor que me ardía en el rostro.

Esa tarde, al llegar finalmente a la casa, seguía pensando en lo mismo. No era amor, no era siquiera deseo. Era algo más sutil, más misterioso: una intriga, un cruce de caminos, un instante en que alguien te mira como si descubriera algo que ni tú misma sabías que tenías. Y supe, con la certeza tranquila que dejan las cosas que apenas empiezan, que aquella mirada no sería la última.

Todo comenzó de la forma más sencilla. Yo solo quería un vaso de leche caliente con galletas antes de dormir. Caminaba con mi bata ligera, descalza, con la mente en silencio y el cuerpo cansado. Abrí la alacena, busqué las galletas, luego serví la leche con calma, pensando que en unos minutos ya estaría en mi cama descansando.

Pero apenas crucé hacia la cocina, ahí estaban mis hermanos, como si hubieran estado esperándome. Los vi con esas sonrisas cómplices que siempre anuncian travesura. Traté de ignorarlos, concentrándome en mi vaso y en no derramar la leche.

—No me hagan nada, que yo solo quiero dormir tranquila —les dije con un suspiro.

Claro que no me escucharon. Apenas me vieron con las manos ocupadas, se acercaron como pequeños depredadores juguetones. Dejé las galletas sobre la mesa y, antes de que pudiera reaccionar, ya estaban a mi alrededor, listos para atacar.

—¡Déjenme quieta, pequeños insolentes de mierda, no me hagan esto! —grité, entre risas nerviosas, porque ya sabía lo que venía.

Y sí, lo que vino fueron cosquillas sin piedad. Me doblaba de la risa, trataba de escapar, de apartarlos, pero ellos insistían, felices de verme reír hasta las lágrimas. Grité:

—¡Padre!

Y mi padre apareció de inmediato, con esa mezcla de autoridad y ternura que lo caracteriza.

—Niños, dejen a su hermana en paz, por favor —dijo, intentando sonar serio, aunque sus ojos escondían una sonrisa.

Ellos se apartaron apenas un poco, pero seguían lanzando miradas traviesas, como planeando volver al ataque. Yo, agotada de tanto reír, solo pude sentarme en una silla y mirar mi vaso de leche, pensando cómo algo tan simple había terminado en semejante caos.

Finalmente, con algo más de calma, compartimos entre todos la leche y las galletas en el salón. Yo mordía despacio, tratando de recuperar el aire, y les lancé una última advertencia entre risas:

—Adiós, pequeñas sabandijas… un día de estos me las van a pagar.

Después de todo eso, me retiré a mi cuarto. Oré en silencio, me cepillé el cabello y, antes de apagar la lámpara, me acerqué a la ventana. Afuera, la noche estaba tranquila, con el murmullo lejano de los grillos y el cielo lleno de estrellas. Volví a la cama y me acomodé junto a Amelia, que dormía siempre a mi lado, como una hermana fiel.

Cerré los ojos y pensé: “Después de todo, aquí estoy. Riéndome todavía, con el corazón ligero, y en paz.”

Después de todo, creí que ya lo había visto todo. Pensé que los peores recuerdos estaban atrás, guardados en algún rincón de la memoria, y que, por fin, podía respirar sin sentir la amenaza constante del pasado. Pero hay noches que llegan a buscarte, que no te dejan en paz aunque intentes esconderte. Hay noches que no perdonan.

Fue en el carruaje, en aquella finca lejana en la provincia de Santa Marta, cuando menos lo esperaba. La noche estaba quieta, apenas rota por el sonido de los grillos y el crujido de la tierra bajo las ruedas. Entonces todo cambió. Unos hombres surgieron de la nada, con sonrisas fáciles, voces aduladoras y el descaro de quienes creen que nadie les pedirá cuentas. Lo primero que sentí fue desconcierto, luego miedo, y después esa mezcla de rabia y resistencia que me acompaña desde niña.

Me arrastraron fuera del carruaje, me sujetaron con violencia, me arrancaron la dignidad como si fuera un velo frágil. No quiero describir lo que hicieron, porque no merecen más espacio en mi voz. Lo que sí recuerdo es el poste de madera donde me ataron, el fuego iluminando sus rostros y la certeza en mi interior de que no me iban a quebrar.

Conté los segundos a base de latidos. Repetí en silencio: soy hija, soy hermana, soy mujer. No me quitarán eso

Nunca pensé que aquella noche terminaría marcada en mi piel y en mi memoria como una cicatriz eterna. Fueron cuatro los hombres que me arrastraron primero, y después, como si la desgracia no bastara, también el esclavo se aprovechó de mi cuerpo roto. Estaba atada, sin fuerzas, y aun así mi mente huía lejos, buscaba refugio en recuerdos luminosos: el rostro de James, mi amor prohibido, esperándome como siempre en silencio; la risa de mi padre aquel día en la playa, cuando parecía que nada malo podía alcanzarnos. Era mi manera de sobrevivir, de no dejar que me quebraran por dentro.

El esclavo, en su torpeza, dejó caer un cuchillo cerca de mis manos. Apenas lo sentí rozando mis dedos, supe que esa era mi oportunidad. Con las muñecas ensangrentadas y la respiración cortada, estiré los dedos hasta alcanzarlo. Lo sostuve con desesperación, y en cuanto él se inclinó sobre mí, lo apuñalé. Una, dos, tres veces, hasta que dejó de moverse. No fue valentía, fue pura rabia y ganas de seguir viva.

Salí tambaleante, cubierta de tierra y sangre. Apenas avancé unos pasos, uno de mis captores apareció frente a mí. Tenía la mirada llena de odio, y sin pensarlo, disparé. La bala le dio en la pierna, lo hice caer, pero al intentar volver a disparar fallé. Y entonces, como chacales, los demás comenzaron a rodearme. Se reían de mi debilidad, de mis temblores, de mis intentos por defenderme. Yo seguí disparando, aunque mis manos temblaban y mi cuerpo apenas me sostenía.

De pronto, todo estalló: fuego, humo, un trueno de explosión que me arrojó al suelo. Quedé tendida, con la vista fija en las llamas. Alcancé a ver a dos de mis verdugos caídos, a otros ayudándose entre ellos para huir. Uno venía hacia mí, pero una flecha lo detuvo en seco; después alguien más lo degolló sin piedad. Otro fue capturado, retenido. El esclavo que me había ayudado cuando me secuestraron también estaba allí, encadenado.

Fue entonces cuando escuché la voz de mi padre, fuerte, firme, como un juez dictando sentencia:

—¿Qué quieres que hagamos con ellos?

Lo miré a los ojos y, sin vacilar, respondí con la voz ronca:

—Mátenlos… a todos.

Levanté apenas la cabeza, y allí estaba James. Su mirada me atravesó con una mezcla imposible de descifrar: compasión, rabia, impotencia, y a la vez una felicidad contenida por encontrarme con vida. Lo reconocí todo en un instante, y sentí un extraño gusto de verlo en medio de aquel infierno. Le hice una ligera reverencia, un gesto casi irónico en mi estado, y él, entre lágrimas y risa, no pudo evitar sonreír. Me ayudó a subir al carruaje, con cuidado, como si temiera que me rompiera en sus manos.

Al entrar, vi a mi madre. Su rostro era bálsamo en medio de tanta sangre. Me incliné hacia ella y le susurré:

—Madre, me dio gusto verte… de verdad.

Me acosté, con la cabeza reposando sobre sus piernas, como si fueran la almohada más segura del mundo. Ella comenzó a cepillarme el cabello con sus dedos, acariciando cada rizo negro, como solía hacerlo cuando era niña.

—Tus rizos, hija… tus rizos hermosos —me decía, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Y así, entre el calor de su regazo, el eco de los disparos aún en mis oídos y el recuerdo vivo de James en la penumbra, entendí que había sobrevivido… pero ya nunca sería la misma.

Sombras en el carruaje

Caí dormida apenas me recosté sobre las piernas de mi madre, buscando en su regazo el refugio que me había sostenido desde niña. Pero el sueño no fue paz, sino tormenta. La fiebre me llevó de nuevo a la finca, a las hogueras, al olor de sangre. En mi mente, revivía los ruegos desesperados de los hombres que me habían reducido a la nada. Los vi arrodillados, implorando por sus vidas. Cada súplica me llegaba como un eco húmedo, como el llanto de animales condenados.

Y vi a mi padre. Su rostro era implacable, pero no frío: era la furia contenida de un hombre que había jurado protegerme. No tembló ni un instante cuando levantó la espada. Cada corte, cada estocada, era justicia, y en mi delirio febril se volvía casi un consuelo. Los gritos apagados eran como música que limpiaba la noche. Aquella venganza, en mi mente, se tornaba en una especie de tortura deliciosa, una dulzura amarga que me arrancaba lágrimas y me hacía sonreír entre sollozos. Uno tras otro fueron cayendo, hasta que solo quedó el silencio y el fuego devorando sus cuerpos.

Dentro del carruaje, yo no dejaba de gemir, como si aún estuviera atada a aquel poste. Mi madre trataba de calmarme con susurros suaves, acariciando mis cabellos enmarañados. Mi esclava lloraba conmigo, impotente, golpeando con el puño cerrado la madera del asiento, como si quisiera romper la realidad. Y mi padre, sentado frente a nosotras, ocultaba mal su angustia. Sus ojos, enrojecidos y encendidos de furia, se clavaban en mí, como si buscara asegurarse de que todavía respiraba.

Lo miré apenas consciente, los labios resecos y la voz quebrada.

—Tranquilo… estoy bien. Tranquilo, papá.

Él cerró los ojos y apretó los puños. Mi frase fue un hilo que lo sostuvo en medio del abismo.

El carruaje avanzaba lentamente por el camino empedrado. Yo, vencida por la fiebre, giré la cabeza hacia la ventana. Y allí lo vi: una figura que seguía nuestro paso, como una sombra protectora. Mi caballero rojo. James. Mi secreto, mi amor prohibido. Cabalgaba con el rostro tenso, los ojos fijos en mí. Me parecía un sueño, una visión que el delirio me regalaba. Aun así, reuní fuerzas para sonreírle. Él me devolvió la sonrisa, tenue, rota, pero llena de ternura. Fue como si me prometiera, sin palabras, que no me dejaría caer.

Cerré los ojos y volví a dormirme, aunque su silueta quedó grabada en mi mente.

Mis hermanos cabalgaban a los costados del carruaje. Los escuchaba discutir en voz baja, jurando que nunca volvería a suceder, maldiciéndose por no haber llegado antes. Mi madre y mi padre hablaban también, sin querer que yo escuchara. “De seis a nueve días”, decían, “ese es el viaje de regreso. Habrá que detenernos en posadas. Habrá que bañarla, quitarle ese olor, cuidar su cuerpo”. Esas frases me llegaban como fragmentos perdidos, pero aun en mi fiebre las recordaba.

En una de esas paradas, mi madre cumplió lo que había dicho. Me desvistió con manos temblorosas, con un respeto infinito, y me bañó. El agua tibia recorría mi piel marcada y sus dedos acariciaban mis heridas con delicadeza. Ella lloraba en silencio, las lágrimas cayendo en mi espalda, confundidas con el agua del balde. Yo le tomé la mano y, con un hilo de voz, le dije:

—Tranquila… aquí estoy. Ellos ya no están.

Ella asintió, aunque su llanto se intensificó.

Después, me llevaron a la cama de la posada. Dormí cuarenta y ocho horas seguidas, hundida en un letargo espeso, entre sueños rotos y recuerdos que me quemaban el alma. Cuando desperté, apenas pude moverme. Mi madre me ofreció brebajes de plantas y raíces, ungüentos y aceites que calmaban los moretones y las heridas abiertas. Me obligó a beber infusiones amargas que bajaban como fuego, pero que traían alivio.

Al séptimo día y medio, logré sentarme en la cama, aunque apenas sentía que era la mitad de mí misma. El dolor físico estaba ahí, pero era la mente lo que más me pesaba.

—No quiero ver a nadie —le dije a mi madre, casi sin fuerzas—. No quiero invitados. No quiero visitas. Solo quiero descansar.

Ella me acarició el rostro con ternura, aunque sus ojos se llenaron de tristeza. Sabía que mis palabras eran también un muro, un rechazo al mundo entero.

A veces, en medio del sueño, despertaba gritando.

—¡Mamá, ellos están aquí! ¡Me tocan todavía, los siento!

Mi madre corría hacia mí, me abrazaba con fuerza, como si quisiera arrancarme de las garras de un fantasma. Luego me ofrecía una taza caliente y susurraba:

—Toma esto, hija mía. Te hará bien. Estarás en paz.

Y así, entre remedios, lágrimas, pesadillas y el regazo de mi madre, fui sobreviviendo a esa primera semana. Mi padre y mis hermanos me rodeaban en silencio, cargando con la culpa de no haber llegado antes, y James, siempre en la penumbra, cabalgaba a la distancia, vigilando, esperando el momento en que pudiera acercarse a mí sin ser descubierto.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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