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Su única debilidad

Su única debilidad

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:24.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: La familia Castellán

—Esta niña sí sabe cómo engatusar.

La frase no llegó a la mesa familiar de los Castellán, pero su efecto sí.

Dos días después, durante la comida mensual en La Hacienda, Luciana Castellán miró a su hermano por encima de una copa de agua mineral y entrecerró los ojos.

—Estás raro.

Adrián no levantó la vista del cuchillo.

—Estoy comiendo.

—Exacto. Estás comiendo sin hacer que todos perdamos el apetito. Eso es raro.

En el comedor principal, la mesa era larga, antigua y demasiado pulida. Isabel Castellán se sentaba en un extremo con postura impecable, perlas discretas y una calma aprendida a golpes de apellido. Doña Elena, envuelta en un chal color marfil, observaba más de lo que hablaba. Camila revisaba su teléfono bajo la servilleta. Mateo dibujaba en una libreta, con audífonos de cancelación de ruido alrededor del cuello aunque no había música.

Luciana acababa de volver de Madrid con tres maletas, un acento apenas contaminado y la confianza de quien era la única persona en esa mesa que podía molestar a Adrián sin que el aire se congelara del todo.

—Lu —dijo Isabel—, deja a tu hermano comer.

—Mamá, míralo. Está tranquilo. Eso siempre anuncia tragedia.

Doña Elena soltó una risa seca.

—Tu hermano tranquilo es más peligroso que otros hombres furiosos.

Adrián cortó un trozo de pescado.

—Qué familia tan cariñosa.

Mateo levantó la vista de su libreta.

—La mesa está muy brillante —dijo.

Todos bajaron la voz de inmediato.

Isabel hizo un gesto a una empleada para que apagara una de las luces del candelabro. Adrián movió el florero central unos centímetros, fuera del reflejo que caía sobre el cuaderno de Mateo.

—Mejor —preguntó.

Mateo miró la superficie, luego asintió una vez.

—Mejor.

Volvió a dibujar. En la página había líneas limpias, casi arquitectónicas: un vestido, pero no cualquier vestido. Una silueta roja, un cuello alto, cabello suelto. Adrián lo vio sin mover la cabeza.

—¿Dónde viste eso?

Mateo siguió trazando.

—En internet. Polanco habla mucho.

Luciana se inclinó de inmediato.

—¿Polanco habla de una mujer?

Camila dejó el teléfono.

—¿Otra vez ese chisme de El Palacio?

Adrián alzó la mirada.

Camila entendió tarde que había hablado de más.

—¿Qué chisme? —preguntó Luciana, feliz.

—Nada —dijo Camila.

—Camila —dijo Adrián.

El comedor perdió temperatura.

Camila bajó la vista al plato.

—No fue mi intención hacer tanto problema con el textil.

Luciana parpadeó.

—¿Qué textil?

Adrián dejó los cubiertos.

—El que Diego robó para ti.

Isabel cerró los ojos un segundo. Doña Elena apoyó los dedos sobre el rosario que llevaba en la muñeca.

Camila se puso roja.

—Yo no sabía que era robado. Diego dijo que era de un proveedor suyo. Lo mandé al atelier porque la sesión era al día siguiente y...

—Y lo cortaron —terminó Adrián.

—Sí.

Mateo dejó de dibujar.

El silencio de Mateo hizo que Camila se encogiera más que el tono de Adrián.

—No se corta algo hecho en telar sin preguntar —dijo Mateo.

Camila tragó saliva.

—Lo sé.

—No lo sabías —corrigió Adrián—. Ahora lo sabes.

Luciana miró a su hermano, luego a Camila.

—¿Y la dueña?

—Valentina Serrano —dijo Doña Elena, como si ya hubiera reunido todas las piezas del rompecabezas.

Adrián no respondió.

Eso fue suficiente para que Luciana sonriera.

—Ah.

—No empieces —advirtió Adrián.

—No dije nada.

—Pensaste demasiado.

Joaquín entró al comedor con una carpeta delgada. No interrumpía comidas familiares salvo por dos razones: crisis o una orden previa de Adrián.

—Señor —dijo—. Oaxaca respondió.

Adrián extendió la mano.

—Habla.

—Los artesanos originales aceptan reunirse, pero piden que también se invite a Don Aurelio. Fue maestro de dos de ellos y conoce el patrón de telar de cintura que usó la pieza inicial.

Camila levantó la vista.

—¿Vas a rehacerlo?

—No tú.

La frase la dejó muda.

Adrián leyó la hoja.

—Que viajen a CDMX. Cubrimos traslado, estancia y honorarios. Sin usar el nombre de Capital Solaris.

Isabel lo miró con una atención distinta.

—¿Por qué sin tu nombre?

—Porque no es un favor si viene con una cadena.

Doña Elena sonrió apenas, satisfecha.

Luciana murmuró:

—Rarísimo.

Adrián fingió no oírla.

La comida siguió con una calma frágil hasta el café. Entonces Isabel dejó la taza sobre el plato con demasiado cuidado.

—Adrián, este año deberíamos pasar Navidad en Londres.

El nombre de la ciudad cayó sobre la mesa como una copa rota.

Luciana dejó de jugar con su anillo. Camila bajó la cabeza. Incluso Mateo cerró la libreta.

Adrián no se movió.

—No.

—Tu padre está enfermo.

—Eduardo siempre está enfermo cuando quiere algo.

—Sigue siendo tu padre.

Adrián dejó la servilleta sobre la mesa.

—No confundas biología con derecho.

Isabel palideció.

—No te estoy pidiendo que olvides.

—Me estás pidiendo que me siente a cenar con el hombre que me disparó.

Nadie respiró.

Luciana miró a su madre con los ojos brillantes de rabia antigua. Camila no levantó la vista. Mateo se puso los audífonos sobre las orejas, no para ignorar, sino para bajar el ruido del mundo.

Doña Elena cerró los dedos sobre el rosario.

—Adrián.

Su voz fue la única que no sonó a súplica ni a orden.

Él la miró.

Por un instante, la dureza de Adrián no fue poder. Fue una cicatriz.

—Le devolveré ese balazo —dijo.

Isabel se llevó una mano al pecho.

—No digas eso.

—Entonces no me pidas Londres.

Adrián se levantó.

Mateo, sin quitarse los audífonos, empujó su libreta hacia él. En la página, la mujer del vestido rojo tenía una peineta de plata en el cabello.

Adrián se quedó mirando el dibujo.

—La peineta estaba mal en la foto —dijo Mateo—. La corregí.

Adrián tocó apenas el borde del papel.

—Gracias.

Salió del comedor con el dibujo en la mano.

La puerta se cerró con un sonido bajo.

Durante varios segundos, nadie tocó los cubiertos.

Camila se limpió una lágrima con la servilleta, más por miedo que por culpa, y Luciana la miró sin piedad.

—Si vuelves a usar algo sin preguntar de dónde viene, te juro que yo misma te llevo a disculparte de rodillas.

—Lu —dijo Isabel, agotada.

—No, Mamá. Ya basta de fingir que en esta familia las cosas "pasan". Diego no "se confundió", Camila no "se equivocó", y Eduardo no "tuvo un mal momento". Le disparó a Adrián.

La última frase golpeó más fuerte porque Luciana no levantó la voz.

Doña Elena cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces deja de pedirle que vaya a Londres como si fuera una visita incómoda.

Isabel miró su taza de café. Tenía las manos impecables, las uñas perfectas, el pulso apenas visible en la muñeca.

—Yo no quiero que perdone a Eduardo —dijo—. Quiero que deje de sangrar cada vez que alguien lo nombra.

Mateo, desde su lugar, pasó una página nueva y empezó a dibujar líneas rectas. El sonido del lápiz calmó un poco el aire.

Doña Elena abrió los ojos.

—Eso no se le pide a la herida —dijo—. Se le pide al que disparó.

Isabel no respondió.

En el pasillo, Adrián se detuvo un instante al escuchar la voz de su abuela. No volvió. Solo apretó la libreta de Mateo con más fuerza y siguió caminando hacia su estudio.

Nadie volvió a hablar de Navidad.

1
Cliente anónimo
lenguaje diferente. pero impresionante.
excelente
Mar Sol
Muy bonita novela.
Gracias.
Mar Sol
Bonita novela, con un desarrollo diferente, reflexiva, con una buena redacción, con el cuidado de la ortografía, una historia que se recomienda leer.
Mar Sol
No se lo pusieron facil a Adrián, esa pedida de mano la va a recordar siempre como un triunfo.
Mar Sol
Al final Marcos resultó ser poco eficiente, no está preparado para esa misión, por la cuál se le contrató.
Mar Sol
Un gran equipo, liderado por Valentina, conformado por Lorenzo, Paloma, don Aurelio y reforzado con algunas opiniones de Adrián.
Mar Sol
Lorenzo vale oro, es un tiburón legal con colmillo.
Mar Sol
¡¡Hay Dios!! cuando Valentina decida reconocer que ama a Adrián, que él no tenga pretextos para hacerse del rogar.
Mar Sol
Quizas hay razón de la familia Serrano, en cuidar de Valentina, de sobra, ella a demostrado que sabe tratar a un hombre como Adrián o a él círculo de amistades que lo rodean, la verdad están siendo exageradamente sobreprotectores.
Mar Sol
Muy rispida la conversación entre Valentina y Adrián, pero se tenía que llevar a cabo.
Mar Sol
La señora Elena, da enseñanzas de vida, protege a Adrián con un gran cariño y sabe que Valentina es la indicada para él.
Mar Sol
Esa "competencia" entre Valentina y Daniela fue interesante, se definieron diferentes situaciones en las que quedó claro por que Valentina sobresale no sólo en lo laboral, si no en lo personal.
Mar Sol
Isabel y Valentina ya se conocían, me parece que cuando estuvieron en Valle de Bravo.
Mar Sol
Es lamentable que Daniela se haya hecho ilusiones con Adrián, ya son ocho años ¿todavía no se puede resignar? él no le ha dado muestra de querer algo con ella, así que no tiene por que tomar a mal que Valentina sea informada de por que se entrevista con Adrián.
Mar Sol
Que bueno que ya quedaron las cosas claras, Adrian lleva las de perder, por que Valentina no dió su brazo a torcer tan fácilmente.
Mar Sol
Muy acertado el comentario, que hace de Adrián, " La mano, que también aprieta."
Mar Sol
Es desastrosa esa relación entre Valentina y Adrián, por que, cuándo se enojan, sucede que todo se viene abajo para Juramento por que Capital Solaris, retiró apoyo, ¿no por eso hay un contrato? que falta de criterio el de Adrián, por que todos se enteran.
Mar Sol
Ahí va otra vez Adrian a actuar, como un niño berrinchudo por que no cedieron a sus peticiones.
Mar Sol
A Adrián se le olvida quien estuvo con él en cuanto necesitaba un abrazo, sin embargo, no olvida lo que hizo Valentina con el vídeo y con su teléfono y aún así quiere decirle a ella a quien ver o llamar.
Mar Sol
Me parecen exagerados don Roberto y Sebastian, por que con todo y que sean una familia unida, al final Valentina, sabe lo que hace, no es una niña, es joven, si, a demostrado ser un tiburón.
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