Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 7
Luciana Ríos
Nunca subestimes el poder de una primera noche.
No por lo que sucede…
sino por lo que no sucede.
La casa de Alexander Montclair no dormía. Respiraba.
Silenciosa, amplia, impecable, suspendida sobre la montaña como si el mundo real quedara demasiado abajo para importarle. Las luces indirectas marcaban los espacios sin invadirlos, y cada paso resonaba más de lo necesario.
Dormir bajo el mismo techo que él no estaba en mis planes.
Pero la cláusula diecisiete tampoco.
Crucé el vestidor compartido con pasos lentos. El espacio era amplio, perfectamente organizado, demasiado neutro para dos personas que apenas empezaban a convivir por obligación. Mi lado ya estaba ocupado: bolsos alineados con precisión, zapatos ordenados por altura y color, prendas colgadas como si siempre hubieran pertenecido allí.
Eso me molestó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cerré la puerta de mi habitación y apoyé la espalda contra la madera. Solo entonces me quité los zapatos, dejándolos a un lado, y cerré los ojos un segundo más de lo necesario.
No dormíamos juntos.
Pero compartir un vestidor con Alexander Montclair hacía que la distancia fuera… engañosa.
—¿Siempre necesitas tanto espacio? —preguntó desde el pasillo, su voz calmada, demasiado cerca.
Abrí la puerta apenas.
—¿Siempre miras tanto? —repliqué.
Estaba apoyado en el marco opuesto, camisa arremangada, sin invadir. Observando como quien analiza una variable nueva.
—La primera noche es clave —dijo—. Los errores se notan más.
—Relájate, viejito —respondí—. He sobrevivido a peores juntas.
Alzó una ceja.
—Te recuerdo que solo soy siete años mayor que tú.
Lo miré sin disimulo.
—Sigues estando más cerca de los cuarenta que de los treinta.
Por primera vez, rió sin contención. Bajo. Breve. Real.
—Impertinente.
—Elocuente —corregí.
No pasó nada más.
Y, aun así, todo quedó suspendido en ese espacio mínimo entre nosotros.
Esa noche dormí poco. No por ruido. Por conciencia.
Alexander ocupaba espacio incluso cuando no estaba presente. Su control. Su calma. Su manera de no tocar. Me pregunté qué tan difícil sería convivir con alguien que jamás pierde el dominio… y qué ocurriría el día que lo hiciera.
A la mañana siguiente, la realidad nos alcanzó sin pedir permiso.
Titulares. Opiniones. Sospechas.
—La boda debe acelerarse —dije en la cocina, desplegando planos reales—. La cláusula ya no es privada.
Alexander asintió.
—Si vamos a fingir estabilidad, debe ser impecable.
—Esto ya no es teatro —añadí—. Es logística pura.
—Y tú eres buena en eso.
Lo éramos los dos. Y eso era peligroso.
Entonces vi la notificación en su tablet.
Bárbara Lux. Fotografiada estratégicamente. Un titular ambiguo. Pasado insinuado. Reclamo disfrazado de nostalgia.
—Qué predecible —murmuré.
—Busca provocarte —dijo él.
—Perfecto.
Tomé mi teléfono.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Celos estratégicos.
Colgué y tomé su brazo con naturalidad calculada.
—Hay un evento esta noche. Iremos juntos.
—No estaba en agenda.
—Ahora sí.
Me miró con seriedad.
—Ten cuidado, Luciana.
—¿Con qué?
—Con cruzar límites que no podamos controlar.
Sonreí despacio.
—Tranquilo, viejito. Todo está bajo control.
Pero esa noche, bajo las luces, las cámaras y las miradas hambrientas, alguien cruzó una línea que no estaba escrita en ningún contrato.
Y cuando sentí la mano de Alexander cerrarse sobre la mía con una firmeza que ya no era actuación…
entendí que el verdadero riesgo no era la prensa.
Era que empezáramos a olvidar
qué partes de esto eran fingidas…
y cuáles ya no.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/