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Dr. G

Dr. G

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Doctor / Reencuentro / Completas
Popularitas:4
Nilai: 5
nombre de autor: Paulina de jesus

Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.

¿Logrará Gabriel vivir este amor?

NovelToon tiene autorización de Paulina de jesus para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

— ¡Papá… mira!

Rafael señalaba hacia la ventana del coche, con los ojos muy abiertos.

Afuera, el verde lo cubría todo: árboles, montañas, un cielo azul de atardecer.

Gabriel miró por el retrovisor y sonrió.

— Es bonito, ¿verdad?

— ¡Montaña grandota!

— Muy grandota — confirmó Miguel, que conducía con una mano y sostenía la de Gabriel con la otra.

Era el primer viaje juntos.

Tres días en una posada sencilla en el interior, rodeada de naturaleza, silencio y tiempo.

Tiempo para respirar.

Para estar.

Para descubrir lo que significaba ser una familia fuera de la rutina.

---

Rafael corría por el césped de la posada con un avioncito de madera en las manos.

Gabriel observaba sentado en un banco, con el corazón ligero.

Miguel llegó por detrás y lo abrazó, con la barbilla apoyada en su hombro.

— Parece otro niño.

— Es el mismo.

Solo que ahora… tiene espacio para ser.

— ¿Recuerdas cuando apenas hablaba?

— Ahora habla hasta por los codos.

— Y sonríe.

— Y me llama papá con la boca llena.

Miguel le besó la mejilla.

— Nosotros hicimos esto.

Juntos.

---

Aquella noche, durmieron los tres en la misma habitación de la posada.

Rafael entre ellos, abrazando un peluche nuevo que ganó en el viaje.

Se llamaba Leãozinho (Leoncito).

— ¿Puedo contar una historia antes de dormir? — pidió, con la voz baja.

Gabriel asintió, con los ojos llorosos.

— Érase una vez un niño que vivía en un lugar sin color — comenzó Rafael.

— Pero entonces encontró a dos papás que vivían en un lugar lleno de luz…

y ellos lo llevaron allí.

— ¿Y qué había en ese lugar? — preguntó Miguel, sonriendo.

— Había abrazos.

Había cena.

Había cama calentita.

Había miedo a veces.

Pero también había coraje.

— ¿Y qué pasó con el niño?

Rafael bostezó.

— Se convirtió en persona.

Persona de verdad.

Gabriel cerró los ojos.

Miguel le tomó la mano.

— Gracias por convertirte en nuestro hijo — susurró Gabriel.

— Gracias por convertirse en mis papás.

---

Al día siguiente, caminaron por un sendero hasta una cascada.

Gabriel iba con Rafael en los hombros, Miguel sostenía la mochila y las botellas.

— ¿Puedo hacerte una pregunta? — dijo Miguel, con la voz baja, cuando Rafael se alejó un poco para mirar un pajarito.

— Claro.

— Si te dijera ahora, aquí en medio del monte, que quiero casarme contigo…

¿Qué dirías?

Gabriel se detuvo.

Parpadeó.

— ¿Me estás pidiendo matrimonio… en medio del bosque?

— Te estoy pidiendo que te quedes conmigo hasta el último paso del sendero de la vida.

Con Rafael.

Con todo.

Gabriel rió, con los ojos húmedos.

— Entonces… sí.

Mil veces sí.

Miguel lo besó allí mismo.

Con los pájaros por testigo.

Con Rafael gritando al fondo:

— ¡MIRA, AQUÍ HAY PIEDRA REDONDA!

Ellos rieron.

Y entendieron:

el amor verdadero es eso.

Desordenado.

Cansado.

Pero lleno.

Completo.

---

Más tarde, en el cuaderno que ya registraba tantos momentos, Gabriel escribió:

> “Hoy dije sí.

En medio del bosque, con el pie sucio, con Rafael riendo, y el corazón limpio.

Porque cuando uno encuentra a quien hace que el mundo parezca casa…

Uno dice sí.

Aunque jadee.

Aunque tiemble.

Pero con el alma entera.”

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas de la habitación.

La lámpara encendida derramaba una luz dorada sobre las sábanas.

Rafael dormía en la habitación de al lado, y la casa entera parecía contener el aliento.

Gabriel y Miguel estaban acostados uno frente al otro, compartiendo la almohada.

Las manos entrelazadas entre los cuerpos.

El pecho de Gabriel subía y bajaba despacio, los ojos fijos en los de Miguel.

— ¿Aún te preguntas si mereces todo esto? — susurró Miguel.

— A veces.

Principalmente cuando me miras así.

Como si yo fuera el centro del mundo.

Miguel se acercó, con los labios casi rozando los de Gabriel.

— Lo eres.

Mi mundo entero cabe en el espacio entre tu pecho y la curva de tu cuello.

Gabriel rió, tímido.

— Para, voy a terminar llorando.

— Llora.

Pero déjame amarte antes.

El beso llegó lento.

Cálido.

La boca de Miguel era refugio e invitación al mismo tiempo.

Las manos de Gabriel recorrieron su espalda, como si quisieran memorizar la geografía entera de su cuerpo.

Miguel se puso encima, con el cuidado de quien sostiene algo frágil — pero con el deseo de quien esperó toda la noche por ese instante.

— Quítate la camiseta — susurró Gabriel.

— Solo si tú te la quitas también.

Las ropas cayeron como si nunca hubieran existido.

Las pieles se encontraron como viejas conocidas.

Miguel pasó la punta de la lengua por el pecho de Gabriel.

Cada escalofrío que provocaba era una respuesta, una petición muda por más.

Los gemidos venían bajos, entre dientes, entre suspiros.

Ellos no hablaban, solo sentían.

Gabriel arqueó el cuerpo despacio, las caderas encontrándose en un ritmo que crecía como una ola.

Miguel lo sujetaba por la cintura, con los ojos fijos en los suyos.

— Mírame — pidió.

— Estoy aquí — respondió Gabriel, con la voz ronca.

La intensidad creció con delicadeza.

El placer no era grito, era temblor.

Era beso en la palma de la mano, era la frente apoyada, los ojos húmedos, los cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas que nunca fue separado.

Y cuando llegaron juntos — los dedos apretados, el pecho jadeante, los labios temblando de tanto besarse — no hubo nada que decir.

Solo la certeza.

De que aquel amor no era solo físico.

Era visceral.

Espiritual.

Miguel se acostó a su lado, con el rostro contra el hombro de Gabriel.

— ¿Aún te sientes solo? — preguntó en voz baja.

Gabriel pasó los dedos por su cabello.

— No.

Ahora me siento… entero.

— ¿Y amado?

— Por entero.

Se durmieron entrelazados, con la respiración en sintonía.

Y afuera, la lluvia continuaba.

Como un recordatorio de que las cosas más bonitas suceden en el silencio.

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