“Prometió no amar a otra mujer… hasta que ella llegó”
Él era un hombre roto.
Ella, la tormenta que lo hizo sentir de nuevo.
Entre el aroma de la tierra mojada y el calor de las noches en la granja, el granjero descubrió que el amor puede florecer incluso en el suelo más árido.
🔥 El corazón del granjero — cuando el amor renace donde el dolor parecía eterno.
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Capítulo 17
Ya hacía más de un mes desde que Cristina llegó a la hacienda.
Es curioso cómo, en tan poco tiempo, su presencia se esparció por todos los rincones, discreta, pero marcante.
En el hotel, era como si siempre hubiera formado parte del equipo.
A los huéspedes les encantaba esa forma ligera de ser, siempre riendo, siempre con una respuesta ingeniosa en la punta de la lengua. Hasta los funcionarios parecían trabajar más animados cuando ella estaba cerca.
Y lo más curioso es que, aun con toda la relajación, se tomaba el trabajo en serio. Aprendió rápido, entendía los procedimientos, resolvía problemas sin necesitar ayuda.
Pero lo que más me impresionaba era la forma en que lidiaba con Gabriel.
El niño, que antes parecía desinteresado en todo, ahora tenía brillo en los ojos.
Llegaba de la escuela a las doce y media, almorzaba, y antes de las dos ya estaba en el campo con João.
Volvía a las cuatro, cansado, pero siempre con una historia nueva para contar.
Después se bañaba, se arreglaba y seguía para la biblioteca, donde Cristina lo esperaba con aquella sonrisa tranquila y los cuadernos ya abiertos sobre la mesa.
Y lo más increíble: él no se quejaba.
Ninguna vez.
El mismo muchacho que, hace pocos meses, yo necesitaba casi arrastrar de la cama, ahora se levantaba a las seis de la mañana sin refunfuñar.
Trabajaba por la tarde, estudiaba por la noche… y, aun así, parecía satisfecho.
La verdad es que él estaba diferente.
Más disciplinado, más responsable.
Y yo sabía exactamente el motivo.
Cristina había conseguido algo que yo, con todas las tentativas y discursos, no había alcanzado.
Ella lo inspiraba, y eso era algo raro.
Yo observaba de lejos, sin interferir.
A veces pasaba por la biblioteca y veía a los dos allí, sentados frente a frente.
Ella explicando alguna fórmula matemática con gestos, él riendo, intentando acompañar el razonamiento.
Y cuando él acertaba una respuesta, ella batía palmas, toda entusiasmada, como si hubiera ganado un premio junto con él.
En esas horas, me pillaba sonriendo solo.
El ambiente de la casa también parecía otro.
Más ligero, menos silencioso.
La risa de ella resonaba por los pasillos, a veces hasta venía de la cocina, cuando ella paraba para conversar con Amparo.
Yo intentaba no dejarme afectar por eso, al fin y al cabo, era apenas una funcionaria, pero era imposible ignorar lo mucho que ella había cambiado el clima de la hacienda.
En el fondo, yo sabía: Cristina había llegado como una ayuda temporaria.
Pero, en algún punto de este camino, se tornó parte de lo que hacía todo funcionar.
Y, por más que yo intentase negar, la verdad es que a mí me gustaba eso.
Era viernes por la noche. El movimiento en el hotel había sido intenso, y todo lo que yo quería era un baño y silencio.
Pero, así que entré por el portón de la hacienda, noté un coche diferente estacionado frente a mi casa.
Hice el camino más despacio, frunciendo el ceño. A aquella hora, nadie venía hasta allí sin avisar.
Cuando paré cerca de la entrada, la puerta del coche se abrió y un joven descendió. Reconocí el rostro antes incluso de que él hablase.
César.
—Buenas noches, señor Manolo. ¿Cómo está? —dijo él, sonriendo con aquel aire de confianza que yo siempre encontré un tanto ensayado.
—Noche, César. Estoy bien… ¿y tú? —respondí, aún intentando entender. —¿Qué haces aquí en mi casa a estas horas? ¿Aconteció algo con tus padres?
—No, señor —respondió él rápido—. Mis padres están bien. Yo vine a buscar a Cristina, su funcionaria. Voy a mostrarle la noche de nuestra ciudad.
Me quedé algunos segundos en silencio.
¿Cristina?
El nombre de ella resonó dentro de mí como si yo hubiese escuchado mal.
Buscar… a Cristina.
Mostrarle la noche de la ciudad.
Sentí una cosa extraña en el pecho, no era rabia, pero tampoco era calma. Una inquietud, una incomodidad que me pilló de sorpresa.
Antes de que yo dijese cualquier cosa, oí pasos detrás de la casa.
Me giré.
Cristina venía por el camino de piedras, y por un instante pensé que era otra persona.
El vestido negro, un poco arriba de las rodillas, marcaba la cintura; el cabello suelto caía sobre los hombros y brillaba bajo la luz del alpendre.
Tacones, maquillaje ligero, un perfume discreto que el viento trajo hasta mí.
Ella estaba… deslumbrante.
Y yo, completamente sin reacción.
—Buenas noches, señor Manolo —dijo ella, sonriendo con naturalidad—. Quiero decir, Francisco, ya que estamos fuera del horario de trabajo.
—Noche —fue todo lo que conseguí responder.
La voz salió más ronca de lo que yo pretendía.
Ella se aproximó a César y lo saludó con un beso rápido en el rostro, riendo de algo que él comentó.
El sonido de la risa de ella pareció atravesar el aire y me atingir de lleno.
—¿Vamos? —preguntó él.
—¡Claro! —respondió ella, sonriendo de nuevo, antes de entrar en el coche.
Me quedé allí, parado, observando las luces traseras del vehículo alejándose por la carretera de tierra.
Por algún motivo, continué mirando incluso después de que ellas desaparecieron.
Aquella sensación incómoda aún estaba allí, firme, en medio del pecho.
No tenía el menor sentido, ella era apenas una funcionaria, una tutora eficiente, una recepcionista dedicada.
Pero mientras el sonido del motor se perdía en la distancia, la verdad me atravesó con una claridad incómoda:
a mí no me gustaba verla partir, y menos aún ver a otro hombre al lado de ella.