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La Luz Rojo Carmesí Del Final

La Luz Rojo Carmesí Del Final

Status: En proceso
Genre:Acción / Escena del crimen / Terror
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: XintaRo

Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.

NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Hombre Sin Ojos. Pt10.

El tráfico de este lado es normal, aun mas quieto a esta hora. Solo me toma unos minutos a buena velocidad llegar a la entrada de mi comisaría.

Al llegar. Me detengo y apago el motor. Abro la guantera y saco la carpeta, la escondo dentro del abrigo. Bajo del coche y camino directo a la entrada. De la puerta salen oficiales con rostros marchitos, otros con sonrisas maliciosas… adictos a las noches podridas del distrito Sur.

Camino entre todos sin mirarlos. Entro. La comisaría está casi vacía. Héctor me espera sobre el escritorio durmiendo plácidamente.

Camino despacio y tomo una revista del escritorio de John. Camino a Héctor en silencio, alzando la revista en el aire dispuesto a darle un golpe. Pero antes de lograr mi objetivo, el teniente nos llama desde su oficina…

—¡Vengan aquí y díganme que hallaron! —nos grita.

Héctor despierta con una hoja pegada en la mitad de la cara. Solo me quedo quieto frente a él con la revista enrollada en la mano alzada.

Frunce las cejas y suelta…

—Eres realmente un estúpido, lo sabias.

No digo nada. Bajo la revista y me rindo por ahora, alzo las manos en señal de tregua.

El teniente nos recibe en su oficina con una expresión cansada. Le mostramos el código, los informes y el nombre de la familia Linova.

Toma los documentos. Los hojea, uno por uno, sin levantar la vista.

—Esto no me sirve —dice finalmente—. Sin una prueba sólida o una orden federal, es papel mojado.

Lo sabía, esto no sería suficiente, ni siquiera para iniciar una investigación por encima de toda esta basura. Malditos Linova.

Héctor se cruza de brazos. Mira desafiante al teniente.

—¿Papel mojado? —responde—. ¿Un ciudadano verde con los ojos arrancados y un periodista con el cuello abierto, le parece poca cosa?

El teniente suspira. Se nota la frustración que siente por la maldita burocracia, la conoce bien.

—No es lo que me parece a mí, muchachos. Es lo que parecerá en los registros.

Salimos sin despedirnos. La frustración se siente como un nudo en el estómago. Pero tenemos algo más que hacer, la autopsia de Slim ya debe estar lista.

—No sacamos nada con quedarnos fuera de la oficina del teniente, Héctor. Vamos a la morgue, necesito saber cómo murió Mat.

Héctor no dice nada, solo camina delante de mí, se lleva las manos a los bolcillos.

Escucho sus dientes apretados. Esta jodidamente cabreado. La respuesta del teniente es frustrante, pero es lo correcto, golpear el panal con tan poco no es buena idea. Será mejor que armemos un caso más sólido antes de ir por sus cabezas.

Aun que ya se quienes fueron, la jodida ley corrupta no hace más que cagarse en nuestros sacrificios. Por eso tantos se corrompen, —Que ganan con arriesgar la vida, si el criminal saldrá libre en cuestión de horas—. Y… nuevamente, otro policía terminará con la vista perdida, en un callejón con el cuerpo lleno de agujeros.

Bajamos al sótano, por las escaleras.

Dos pisos de escalas silenciosas, después, la morgue. El aire es frío y húmedo, impregnado del olor metálico del formol. El aire de la morgue siempre me recuerda a la humedad de los sótanos donde los secretos de Cuatro Leguas se pudren en silencio.

Las luces parpadean con una cadencia triste, el eco de nuestros pasos rebota entre las paredes blancas azulejadas. Héctor camina delante de mí, arrastrando los pies. En el fondo del largo corredor, el sonido del metal y el chillido de una bandeja se mezclan con el olor agrio del formol.

Héctor abre la puerta y entramos. El doctor Rivas, nuestro forense de turno, levanta la vista apenas nos oye entrar. Es un hombre bajito, de unos cincuenta años, con las manos siempre temblorosas y los lentes empañados. Aun así, tiene la precisión de un relojero al cortar.

Nos recibe con la voz ronca, de quien ya vio demasiados cuerpos hablar.

—Detective… Héctor —saluda—. Supe que vendrían.

—Queremos hablar de Slim —le digo.

Rivas asiente, deja su taza de café sobre el cuerpo que recién cortaba, y nos hace una seña para seguirlo. Cruzamos un pasillo angosto hasta una de las cámaras frías. Saca una camilla metálica y destapa la sábana.

Ahí está Mat Slim. O lo que queda de él.

El cuerpo parece haber sido vaciado por dentro. La piel, grisácea; las manos, rígidas y crispadas como si aún intentaran aferrarse a algo invisible. Héctor besa su medalla de Santini en silencio, como si alzara una plegaria por Slim.

—La causa oficial de muerte —comienza Rivas— es desangrado por exanguinación ocular. Se arrancó los ojos con sus propias manos.

El sonido de esas palabras es un golpe seco en mi cerebro.

—¿Seguro que lo hizo él mismo? —pregunto, sin apartar la vista del cuerpo.

—Por las marcas en los dedos, y sus cuencas, sí. —responde—. Pero hay más. Las puntas de sus dedos fueron cortadas de apoco, como si los pelaran con pinzas muy filosas. Además… perforaciones minúsculas en sus dos manos, llegan al hueso. Fueron hechas con agujas o alfileres.

Rivas se quita los guantes, toma una carpeta y nos muestra las fotografías.

—Tiene hematomas en el abdomen y en las piernas. Todo esto son signos de tortura, pero ninguna herida fue letal. Alguien lo golpeó y cortó… con precisión, sin intención de matarlo rápido.

—¿Querían que hablara? —pregunta Héctor.

—O que aguantara —responde Rivas.

Pasa otra hoja.

—Aquí —señala una línea con el bolígrafo—, la garganta. Corte limpio, profundo, de izquierda a derecha, por una hoja muy afilada. Pero sin sangrado.

—¿Post mortem? —pregunto.

—Exacto. Ya estaba muerto cuando lo degollaron. Seguramente para asegurarse de que no respiraba más.

Me quedo mirando la foto. La herida parece una sonrisa que no entiende de humanidad.

—Lo drogaron —añade Rivas—. No con algo común. No hay rastros de Sueño Blanco, ni opioides, ni alucinógenos conocidos. Es una sustancia fuera de los registros. Quizá sintética, o algo… más viejo.

—¿Más viejo? —repito.

Rivas me mira un momento antes de responder, como si dudara.

—A veces… cuando los químicos son muy antiguos o no pertenecen a la farmacología moderna, el sistema no sabe qué hacer con ellos. Muestra lecturas incoherentes. Como si la sangre se negara a recordarlos.

No respondo. El silencio se llena con el zumbido del refrigerador.

—Además —continúa—, Slim no comió nada los dos días previos a morir. El estómago estaba vacío. Ni agua, ni alimentos, ni rastro de digestión.

—¿Lo tenían retenido? —pregunta Héctor.

—Probablemente. Aunque… hay algo más.

Rivas duda un instante antes de seguir.

—Encontré residuos microscópicos en la lengua. Algo como ceniza… pero orgánica. No animal, no vegetal. No puedo explicarlo aún. No tengo suficiente con que trabajar.

Héctor frunce el ceño.

—¿Qué diablos significa eso?

—No lo sé. Pero lo estoy analizando —responde, limpiándose las manos con un paño—. Les avisaré si descubro algo más.

Me acerco al cuerpo. Miro el rostro vacío, los párpados hundidos, el gesto congelado en una mueca de horror. Me inclino apenas y susurro:

—¿Qué viste, Mat?

Por un segundo… me parece que el aire alrededor de su cuerpo vibra, como si un suspiro invisible se escapara de su boca cerrada. Retrocedo, disimulando.

Rivas tapa el cuerpo con la sábana.

—Si quieren mi opinión, detectives —dice mientras anota en su cuaderno—, esto no fue solo un asesinato. Esto fue un mensaje.

Lo miro.

—¿De quién?

—No lo sé —responde, levantando la vista—. Pero sí para quién. Y ustedes parecen estar en la lista de destinatarios.

Salimos de la morgue en silencio. El corredor se siente más largo al volver. Héctor no dice nada, y yo tampoco. Pero sé que ambos estamos pensando lo mismo: lo que mató a Mat Slim fue lo que descubrió.

1
favita
me encanta la historia muy genial el detective
melani99
🥰
sofialopez2010
favuloso
jomijomi2012
Muy buena, que siga
jomijomi2012
Que increíble el relato, hasta me dio penita la polilla de papel😔
manueles
Me encanta, que siga contando la historia 😻😻😻
manueles
Que hermoso, parese un poema😻
jotape
Donde habrán quedado mis alas de papel 😔
entomomoyan
Yo nací sin mis alas de papel, al igual que el detective 😔
latifa
yo igual ya no tengo mis alas de papel 😭
XintaRo
👍
latifa
ingreible quiero leer mas
jotape
😻
Anon
Esta muy buena la historia
Anon
Nadie pisa el sur sin consecuencias 😎
Anon
El héroe oscuro del distrito sur 😻😼
Anon
/Casual//Determined/
Anon
😻😎😼
Anon
👏/Good/
Anon
Esto esta muy bueno 🙀 esta muy buena la historia
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