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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
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Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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RENUNCIAS.

El ramo de flores era simple y delicado.

Lauro había pasado casi media hora revisando fotografías en la pantalla de su celular, una tras otra. El eradetallista con los regalos, pero ante la lejanía con su esposa había dejado de serlo, pero esa mañana algo había cambiado. Sabía que debían ser lirios blancos los favoritos de Cora pero no cualquier ramo. Tenía que ser el correcto.

Y entonces lo vio. Cinco lirios blancos, abiertos en distintas fases, rodeados por un lazo de seda marfil y hojas de eucalipto apenas salpicadas con rocío. No era ostentoso. Era… ella.

—Este —dijo sin pensarlo, señalando la imagen—. Es para Cora.

Esteban, que lo había estado observando en silencio desde la puerta, no ocultó su desconcierto.

—¿Quiere que lo pida por aplicación?

—No —respondió Lauro sin levantar la vista—. Ve tú. Quiero que esté perfecto.

Cuando Esteban regresó, el ramo en sus manos estaba precioso, de fotografía. Aun así, la parte que más lo impresionaba no eran las flores, sino el comportamiento de su jefe. Apenas dos días antes, él y Cora se habían tratado con el filo de un cuchillo. Ahora… esto. Flores, gentileza, silecios con sonrisas. Parecían otra pareja. Como recién casados.

—Llévalo a su oficina —dijo Lauro con voz tranquila—. Asegúrate de que lo reciba en persona, por favor.

Esteban asintió, sin comentar nada. Al volver, Lauro le lanzó una mirada rápida.

—¿Ya llegó Arturo?

—Sí, señor. Está en su oficina desde hace como media hora.

Lauro asintió, se quitó los lentes y los dejó con cuidado sobre el escritorio.

—Muy bien. Vamos a reorganizar el caso Saldívar.

Esteban parpadeó.

—¿Perdón? Ese caso ya está cerrado. Firmado y archivado.

—Firmado por mí —aclaró Lauro—. Pero falta la otra firma. Y si ese informe no refleja el verdadero punto de vista de mi esposa, no vale nada.

Esteban ya no disimuló la sorpresa.

—¿Está seguro? Ella no…

—Estoy seguro —interrumpió Lauro con un tono más firme—. Pásame los pendientes antes. Quiero dejar todo claro antes de ver a Arturo.

Esteban le entregó una carpeta, Lauro la hojeó rápidamente, hizo algunas marcas, y luego la cerró con decisión. Se levantó, se acomodó el suéter y salió de su oficina, caminando con paso firme hacia el ala sur del edificio.

Pasó por el pasillo central, aquel que dividía los despachos más importantes. Y, justo al atravesar el ventanal de una de las oficinas, una mirada se alzó desde el interior: Cora.

Ella estaba observando el ramo que había recibido minutos antes. No lo había dicho en voz alta, pero le había encantado. No por lo costoso, ni por lo estético, sino porque venía de él. Porque Lauro lo había elegido. Para ella.

Pero al verlo cruzar el pasillo, algo dentro de ella se encogió.

—¿Sabes a dónde va Lauro? —preguntó a Alina sin despegar los ojos de él.

—Creo que a la oficina de su padre —respondió su asistente—. Esteban estuvo muy pendiente de que llegara.

—Ay, no… —susurró Cora, casi sin aliento.

Sabía lo que eso significaba. Se lo había dicho anoche. Lauro iba a renunciarle a su padre. No por capricho, sino por respeto. Porque, al final, él no se quedaría en una empresa que la pusiera en conflicto con su familia. Iba a irse por ella.

Pero Cora no podía permitirlo.

Se levantó de inmediato, recogiendo el saco de su silla. Caminó tan rápido como los tacones le permitieron. El corazón se le aceleraba a cada paso. El camino le pareció eterno. Cuando llegó frente a la oficina de su padre, no tocó. Abrió de golpe.

—Papá.

—Cora —dijo Arturo, molesto por la interrupción—. Estoy ocupado. Un momento, por favor. Lauro me está diciendo algo importante.

—Lo que yo tengo que decirte también es importante.

Lauro giró hacia ella, sorprendido. No tanto por su entrada, sino por la expresión en su rostro. Estaba agitada, decidida. Casi temblando.

—¿Qué pasa? —preguntó él en voz baja.

Arturo frunció el ceño.

—Cora, por favor. Espera en la sala. Tu esposo está por…

—Renuncio —soltó ella sin más.

El silencio fue inmediato.

El rostro de Arturo palideció apenas. Lauro que miraba a su suegro, giró su rostro lentamente ámente hacia Cora al escucharla.

—¿Qué dijiste? —preguntó su padre, con la voz endurecida.

—Renuncio —repitió ella, con más fuerza, aunque la respiración aún le temblaba—.Papá, yo renuncio.

Arturo miró a su hija con desconcierto.

—¿Qué estás diciendo, Cora? —preguntó, frunciendo el ceño.

Lauro la observaba confundido. Sabía que Cora no podía haberse adelantado a lo que él iba a hacer… a menos que…

—Renuncio, papá. No estoy jugando.

Ella lo hacía para que Lauro no renunciara, aunque tambien tenía sus motivos personales.

Arturo parpadeó varias veces, como si intentara procesar las palabras. Su tono se volvió severo, pero no alzó la voz:

—Eres la mejor abogada en tu rama, hija. ¿Vas a tirar eso por la borda de un día para otro?

—No es de un día para otro, papá. Siempre quise cantar, actuar, bailar… Siempre quise dedicarme a eso. Pero nunca me atreví a contradecirte.

—¡No te obligué a nada!

—No, pero hablabas con tanto orgullo de mis hermanos que me dio miedo no ser lo que tú y mamá esperaban —dijo con firmeza, aunque la emoción le humedecía los ojos.

Arturo se quedó callado, sopesando las palabras. Negó con la cabeza, como si no pudiera aceptar lo que escuchaba.

Se giró a ver a su yerno.

—Lauro, ayúdame a hacerla entrar en razón. Se está equivocando.

Cora bajó la mirada, creyendo que su esposo apoyaría a su padre. Pero Lauro, en cambio, se mantuvo firme:

—Yo la voy a apoyar en lo que decida.

Cora lo miró, sorprendida. Arturo bufó, frustrado. Pero orgulloso de que su hija tuviese el apoyó de sus esposo.

—Ustedes dos están dementes. No puedes dejar el departamento tirado, Cora. No funciona así.

—Dante ya terminó la carrera —respondió ella—. Esta puede ser su oportunidad de desarrollarse. Y si no da el ancho, recomiendo a Alina. Ella es excepcional. Conoce todos mis casos. Ha trabajado hombro a hombro conmigo desde siempre. Y también se graduó de Derecho.

Su padre la observó en silencio. Y entonces, sin más resistencia, preguntó:

—¿Entonces es una decisión tomada?

—Sí —afirmó Cora con claridad.

Arturo resopló. La miró largo rato antes de hablar de nuevo, más suave, más cansado:

—Eres una adulta, Cora. No puedo obligarte a nada. Pero eso no cambia el hecho de que siempre serás mi hija. Ni tampoco condiciona mi amor por ti.

Cora se quedó inmóvil.

Nunca, jamás, había escuchado algo así de su padre.

Y por primera vez, entendió que tal vez no tenía que vivir para enorgullecer a nadie más que a sí misma.

Lauro y Cora salieron de la oficina de Arturo. Sus rostros eran serios, impenetrables. Ni una palabra entre ellos, ni un roce, ni una señal de reconciliación evidente. Para Esteban y Alina, aquello solo podía significar una cosa: el apocalipsis estaba por llegar.

—¿Ves? —murmuró Esteban, apenas inclinándose hacia su compañera—. Te dije que lo de esta mañana no iba a durar. Van directo a la oficina de tu jefa, y eso huele a pelea segura.

—Ay, ni lo digas —le respondió Alina, con los ojos fijos en el par que se alejaba—. Cuando ella está bien y termina furiosa… es peor. Te juro que me da más miedo que cuando empieza de malas.

Ambos los siguieron con la mirada mientras entraban a la oficina de Cora. La pared de cristal y la puerta permitían ver todo lo que pasaba dentro. Esteban y Alina contuvieron la respiración.

Lauro cerró la puerta con calma. Cora, sin mirarlo, tomó asiento detrás de su escritorio. Fue él quien rompió el silencio.

—¿Qué fue eso?

—Mi renuncia —respondió ella, encogiéndose de hombros.

—Ya lo sé. Pero… ¿por qué lo hiciste?— El levanto la ceja esperando explicacion.

Cora levantó la mirada y la sostuvo. Sus ojos no estaban tristes, solo… determinados.

—Estoy cansada, Lauro. Cansada de fingir que esto me importa. De seguir viniendo aquí a atender casos que no me llenan, a pretender que aún soy la que fui. Si te soy sincera, no quiero volver a pisar este lugar. Quiero hacer lo que me gusta. Vivir para mí, por fin.

Lauro la observó en silencio, con la calma de quien ve revelarse algo precioso. Como si la estuviera viendo por primera vez. Ella sin duda estaba distinta pero no lograba descifrar por qué.

—Me da gusto que al fin hayas tenido el valor. Nunca es tarde. Aunque… te lo dije hace años.

Cora sonrió, esa sonrisa que reservaba solo para él.

—Ya lo sé, sabelotodo.

Lauro entrecerró los ojos con una media sonrisa.

—Pero eso fue trampa.

—¿Trampa?

—Ahora tendré que esperar más tiempo para renunciarle a tu padre… o terminaré siendo el culpable de que le dé un infarto. —Se apoyó sobre el escritorio, acercándose un poco más a ella.

Cora soltó una risita mientras golpeaba con el lápiz la orilla del mueble.

—No fue con intención de ganarte.

—Ajá… —Lauro alzó las cejas, evidentemente incrédulo.

—Bueno, sí. Pero solo porque sé que esto sí te apasiona. Es tu mundo, Lauro. Y aunque vayamos a divorciarnos, no quiero que dejes lo que amas. Quédate. Ayuda a mi padre. Él… te necesita más de lo que admite.

Lauro no respondió de inmediato. La miró, buscando cualquier resto de ironía en su voz, pero no encontró más que honestidad.

—Está bien.

El gesto que le dirigió fue mínimo: apenas una caricia distraída en su cabello mientras se alejaba del escritorio y Cora lo dejó hacer.

Afuera, Esteban y Alina estaban perplejos.

—¿Qué… fue eso? —susurró Esteban, frunciendo el ceño.

—No sé. Pero creo que… ¿no pelearon?

—Esto está mal —añadió él, cruzándose de brazos—. Algo va a explotar en cualquier momento, ya verás.

—O… tal vez ya explotó —dijo Alina con cara de susto— y estamos viendo el ojo del huracán.

Ambos continuaban pegados a la ventana cuando Lauro salió de la oficina de Cora, caminando con la misma tranquilidad con la que había entrado. Justo cuando intentaban disimular, el intercomunicador de Alina sonó, haciéndola pegar un pequeño brinco.

—¿Sí, señora?

—Que no me molesten en la próxima media hora.

—Sí, señora —respondió, tragando saliva.

Cortó la comunicación con un suspiro largo y dramático.

—Solo fue eso —murmuró.

—Por ahora —agregó Esteban, como si esperara que en cualquier segundo, desde la oficina de Cora, saliera volando un portafolios o un expediente.

Cora se sumergió en la pantalla frente a ella.

Había un correo del hospital, debido a que el día anterior se había ido sin esperar indicaciones, el hospital se las envió por escrito.

De: hospital.central@mediclin.org

Para: cvivanco@legalvalencia.com

Asunto: Indicaciones médicas y cuidados posteriores – Dra. Cora Vivanco

Estimada Dra. Vivanco.

Esperando que se encuentre bien, nos dirigimos a usted para informarle y recordarle las recomendaciones médicas esenciales tras los resultados de sus últimos estudios cardiológicos, los cuales le fueron entregados en su más reciente consulta con el Dr. Nicolás Bazán.

Como fue explicado en consulta, su diagnóstico actual corresponde a una miocardiopatía avanzada con fallo cardíaco progresivo, lo que implica una esperanza de vida estimada de seis meses en caso de no recibir un trasplante de corazón a tiempo.

A continuación, enlistamos las indicaciones que deberá seguir rigurosamente durante este periodo:

Medicación estricta:

Continuar con el régimen de fármacos prescritos sin omitir ninguna dosis.

No automedicarse. Cualquier nuevo síntoma deberá ser reportado inmediatamente.

Actividad física:

Evitar esfuerzos físicos intensos, levantamiento de peso o actividades que impliquen fatiga excesiva.

Puede realizar caminatas cortas, siempre que no presente disnea, mareo o dolor en el pecho.

Se desaconsejan actividades que provoquen una sobreestimulación del sistema cardiovascular.

Alimentación:

Dieta baja en sodio y grasas saturadas. Control estricto del consumo de líquidos.

Evitar alcohol, cafeína en exceso y comidas muy condimentadas.

Estado emocional y descanso:

Dormir mínimo 8 horas por noche.

Evitar situaciones de estrés prolongado.

Se sugiere apoyo psicológico o emocional si lo considera necesario.

Control y seguimiento:

Consultas semanales con cardiología.

Estudios de sangre y función cardíaca cada 15 días.

Evaluación continua en el Comité de Trasplantes del hospital.

Le recordamos que ya se encuentra registrada en la Lista Nacional de Espera para Trasplante Cardíaco, y que su historial ha sido actualizado para búsqueda prioritaria de donante compatible.

Para cualquier duda, puede comunicarse directamente con la Coordinadora de Pacientes Críticos, Lic. Mariana Tejeda, al (55) 4829 9182 o al correo mariana.tejeda@mediclin.org.

Seguimos a su disposición para acompañarla durante este proceso.

Atentamente,

Departamento de Cardiología Avanzada

Hospital Central Mediclin

www.mediclin.org

Cora terminó de leer, y comenzó o a organizar su nueva rutina, para su salud.

Lo primordial era que nadie lo supiera. Si alguien preguntaba, diría que estaba a dieta. Y si indagaban más… ya se encargaría de inventar algo. Era su secreto. Su vida. Y por fin, estaba decidida a vivirla.

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