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Donde El Amor No Se Rinde

Donde El Amor No Se Rinde

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Romance
Popularitas:451
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.

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— La pequeña sombra

El día del cumpleaños de Damián, Elían salió temprano del trabajo. Tenía las manos rojas del agua caliente y el jabón, pero el corazón alegre. Compró un pequeño pastel con sus ahorros y lo esperó en la puerta.

—¡Feliz cumpleaños, pa! —gritó al verlo llegar.

Damián soltó la bolsa de herramientas y lo abrazó.

—Gracias, mi cielo. No debíste haber gastado.

—Lo mereces todo.

Fueron juntos al restaurante donde Elían trabajaba. El dueño, buen hombre, les preparó una mesa apartada. Comieron, rieron, recordaron anécdotas de cuando Elían era pequeño y se sentaban en la acera a mirar las estrellas.

—Soy el hombre más afortunado del mundo —dijo Damián, con los ojos brillantes—. Aunque no tengamos riquezas… tengo lo más valioso.

Caminaron a casa abrazados, bajo la luz tenue de las farolas. Hacía frío. De pronto, Elían se detuvo.

—Papá… mira.

Atrás, a unos metros, asomaba una figura diminuta. Una niña de unos siete años, con un abrigo demasiado fino y los zapatos rotos y sucios. Los miraba con ojos grandes y oscuros, como si no quisiera perder detalle de nada.

—¿Hace cuánto nos sigue? —preguntó Damián, acercándose despacio.

La niña no huyó. Solo los miró con timidez.

—No sé —susurró—. Desde el restaurante, dónde los ví salir.

—¿Estás sola, pequeña? —preguntó Elían, arrodillándose a su altura.

La niña asintió.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Damián, con voz suave.

—Lía —respondió ella, bajito.

—¿Y tus padres? —preguntó él con ternura.

Lía bajó la mirada.

—Mi papá tiene mucho trabajo. Las mujeres que me trae no me quieren. Quería… quería tener lo que ustedes.

—¿Qué cosa, Lía? —preguntó Elían, acariciándole la mano helada.

—Un hermano que me sonría. Y un papá que me abrace así —dijo ella, señalando con un dedo diminuto—. Ustedes se quieren tanto…

Damián sintió que se le partía el pecho. Se quitó su chaqueta y la puso sobre los hombros de la niña.

—Vamos, Lía. Hace frío. Te llevamos a casa y esperamos a que vengan por ti.

Ella sonrió, y fue como si saliera el sol.

Entraron a la pequeña vivienda. Elían le preparó chocolate caliente y galletas. La niña los miraba con ojos maravillados, como si estuviera en un palacio.

—Aquí todo brilla —dijo—. Y es tan pequeño y bonito.

—Pero hay amor —le explicó Damián, sentándola entre ambos en el sofá—. Eso hace que todo se vea bonito.

Lía asintió, feliz.

—¿Puedo quedarme? —preguntó de pronto—. Sería su hija. Sería buena. Ayudaría mucho.

Elían le acarició el cabello.

—Ojalá pudiéramos, pequeña. Pero tu papá debe estar preocupado.

Justo en ese instante, el aire pareció cambiar. Se escuchó un motor potente que frenó en seco afuera. La puerta se abrió de golpe.

En el umbral apareció un hombre alto, imponente, con una presencia que llenó toda la habitación. Vestía ropa cara, oscura, y tenía una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha. Sus ojos eran negros, profundos, y su sola respiración imponía silencio. Era Zorán: el mafioso más temido, rico y poderoso del país, aquel de quien se decía que tenía contactos hasta en los rincones más oscuros del mundo.

—Lía —dijo él, con voz grave y temblorosa.

La niña se levantó de un salto, pero no con miedo, sino con vergüenza.

—Papá…

Zorán entró despacio, mirando a Damián y luego a Elían. No había amenaza en su mirada, solo un cansancio inmenso.

—Te he buscado por horas —dijo, acercándose a su hija—. Pensé que te habían secuestrado ó perdido.

—No te fuiste a buscarme —susurró ella—. Estabas con esa señora horrenda otra vez.

Zorán calló. Miró a los dos hombres que la habían cuidado, y por primera vez en años, no supo qué decir.

—Gracias —dijo al fin, con voz ronca, dirigiéndose a Damián—. Gracias por no dejarla sola.

—No había de qué —respondió Damián, sin retroceder—. Hacía frío. No podíamos dejarla en la calle.

Zorán lo miró con más atención. Vio las manos trabajadoras, la ropa sencilla, la dignidad en su postura. Luego miró a Elían, que sostenía la mano de la niña con ternura.

—Eres… —empezó a decir, pero se detuvo.

—Soy Elían, señor. Él es mi papá, Damián.

Zorán asintió lentamente.

—Zorán. Padre de Lía.

La pequeña apretó la mano de Elían.

—Papá —dijo ella—. Ellos son buenos. Quédemonos un ratito, por favor.

El hombre más temido del mundo dudó. Luego, miró la mesa con las galletas, las manos de Damián sosteniendo una taza de té, la sonrisa dulce de Elían. Y asintió.

—Está bien —dijo, bajando la voz—. Un ratito.

1
Brisa Romero
/Proud/
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