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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

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Capítulo 1: La Luna, la Espada y el Renacer de las Cenizas

La noche no era simplemente oscura; era un manto de plomo, pesado, frío, que se cernía sobre la estancia como un presagio que nadie había sabido leer. La luna, redonda y pálida como un rostro muerto, se filtraba por los ventanales de vidrio emplomado, trazando franjas de luz blanca y helada sobre el suelo de mármol, sobre las sedas desgarradas, sobre el cuerpo que yacía caído, como una flor arrancada de raíz y arrojada al polvo.

Harriette Emberfall no sintió primero el frío, sino el vacío. Un vacío tan vasto y tan profundo que parecía devorar cada latido que aún lograba arrancar a su corazón. Estaba tendida sobre la alfombra de lana escarlata que él mismo había elegido para su alcoba, aquella que un día llamaron nuestra estancia, aquella donde le juró que ningún mal jamás tocaría un solo cabello de su cabeza. La lana, antes suave y cálida bajo sus pies descalzos, ahora se sentía áspera, áspera como la verdad que se le revelaba a pedazos, como cristales rotos clavándose en la garganta.

Su figura, antes esbelta y llena de una gracia que él solía elogiar con palabras dulces como miel, estaba ahora encogida, frágil como el tallo de una flor seca. Su cabello, aquella melena rubia y ondulada que él decía que brillaba como el trigo bajo el sol de mediodía, se extendía en desorden sobre la tela, mechones pegados a su frente pálida, otros esparcidos como hilos de oro perdidos en la sombra. El viento nocturno se colaba por las rendijas, agitando las cortinas de terciopelo, y con cada soplo, su cuerpo temblaba, no solo por el frío, sino por la certeza que se abría paso en su mente, lenta y desgarradora.

Levantó el rostro, y sus ojos —esos ojos azules, profundos como el abismo marino, que un día contuvieron todo el amor y la inocencia del mundo— estaban ahora vacíos. La luz que los habitaba se había apagado, dejando tras de sí solo un brillo húmedo y desolado, flanqueado por ojeras oscuras que hablaban de noches sin dormir, de lágrimas derramadas en silencio, de preguntas que nunca obtuvieron respuesta. Una línea de sangre oscura se deslizaba desde la comisura de sus labios, carnosos y rosados que ahora estaban pálidos y entreabiertos, teñiendo de rojo pálido su barbilla, su cuello, la tela bajo ella.

Lo vio. Estaba ahí, a solo unos pasos, tan cerca que podría haberlo tocado si tuviera fuerzas para extender la mano. Y sin embargo, se sentía a años luz, en un mundo que ya no le pertenecía. Él, el hombre al que había entregado su vida, su corazón, su alma, el hombre por el que había desafiado a su familia, por el que había renunciado a todo lo que era suyo, sostenía en su mano una espada. La hoja de acero desnuda brillaba con un resplandor frío y cruel, reflejando la luz de la luna, reflejando a ella, caída, rota, y a él, erguido, impasible, hermoso como un ángel caído y tan despiadado como la noche misma.

Harriette apoyó las palmas de sus manos sobre la alfombra, sintiendo la textura de la lana, el frío que subía desde el suelo hasta sus huesos, la debilidad que le robaba cada movimiento. Alzó la vista hacia él, y en sus ojos azules aún quedaba un último rastro de la mujer que había sido: esperanza, tan tonta y tan valiente, esperanza de ver un parpadeo de duda, un destello de arrepentimiento, una sola señal de que aquello era un error, de que él no era el monstruo que ella empezaba a vislumbrar bajo la máscara de ternura.

—¿Por qué? —susurró ella, y su voz fue un hilo roto, tan débil que casi se perdió entre el susurro del viento—. Me prometiste… me prometiste que yo era tu todo.

Él no bajó la mirada. Sus ojos, negros como la noche sin estrellas, la recorrieron sin el más mínimo temblor, sin una sombra de piedad. Su rostro, de líneas perfectas y frías, permaneció inmutable, tallado en mármol insensible.

—Promesas —dijo él, y su voz fue como hielo deslizándose sobre piedra, cortante y gélido—, son palabras para quienes creen en cuentos de hadas, Harriette. Tú siempre fuiste demasiado ingenua para entender que el amor no existe; solo hay conveniencia. Y tú dejaste de ser conveniente hace mucho tiempo.

—¿Todo… fue mentira? —preguntó ella, y la sangre se le acumulaba en la boca, dándole un sabor metálico y amargo—. Cada beso, cada palabra… cada noche en que dijiste que me amabas…

—Una actuación —respondió él, y una sonrisa torcida, cruel y burlona, curvó sus labios—. Fuiste tan fácil de engañar. Tan ansiosa por ser amada que no viste lo que tenías delante de los ojos. Fuiste una herramienta, Harriette. Nada más. Y las herramientas que ya no sirven… se desechan.

Esas palabras cayeron sobre ella con más fuerza que cualquier golpe. Rompieron lo poco que quedaba de su corazón, hecho añicos desde mucho antes de que la hoja lo tocara. Harriette sintió que el mundo se le desmoronaba bajo los pies, que la luna misma se oscurecía por la vergüenza de presenciar tal traición. No había ira en ella, no al principio; solo una tristeza infinita, un dolor tan grande que parecía expandirse hasta llenar todo el universo.

—Te amé —dijo ella, y una lágrima se desbordó, mezclándose con la sangre en su mejilla—. Te amé con todo lo que era.

—Y por eso fuiste tan fácil de destruir —respondió él, y dio un paso adelante.

El metal atravesó su carne con un sonido sordo y húmedo, un sonido que resonó en la estancia vacía y se quedó grabado en su alma para siempre. El dolor llegó un instante después, un fuego helado que le quemó el pecho, que le robó el aliento, que la hizo arquearse hacia atrás, los ojos abiertos de par en par, clavados en los de él. Vio cómo la sangre brotaba de entre sus labios, vio el reflejo de su propio sufrimiento en esos ojos negros que no mostraban absolutamente nada. Ni compasión, ni remordimiento, ni siquiera alivio. Solo vacío.

Él la sostuvo por un momento, la empujó hacia atrás lentamente, y Harriette cayó de espaldas sobre la alfombra escarlata, su sangre mezclándose con el tejido hasta volverse indistinguible. Su cuerpo se enfriaba rápidamente, sus extremidades se volvían pesadas, sus sentidos se apagaban uno a uno. La luna era la única testigo, fría y distante, observando cómo la vida se le escapaba entre los dedos como agua.

Sus ojos se quedaron fijos en el techo, en la sombra de las cortinas que se mecían, en la luna que se veía cada vez más lejana, más tenue. Pensó en su padre, en los jardines de su infancia, en las flores que amaba, en el sol que ya no volvería a calentarla. Pensó en él, en el hombre que había amado y que la había matado, y no sintió odio, sino una pena inmensa por ambos. Con un último suspiro, débil y quebrado, Harriette cerró los ojos y dejó de luchar. Dejó de sentir. Dejó de ser.

La oscuridad la rodeó de inmediato, densa, fría, absoluta. No había luz, ni sonido, ni tiempo. Era como caer en un abismo sin fondo, donde el aire faltaba y el frío penetraba hasta el hueso. Y entonces, sin saber cómo, sintió que flotaba. Estaba vestida con una túnica blanca, ligera como una pluma, y se hallaba en medio de un mar oscuro, de aguas negras que apenas se iluminaban con un resplandor tenue y confuso, como el brillo de una estrella muerta a miles de leguas de distancia.

Se hundía lentamente, sin peso, sin dolor, y sus ojos, entrecerrados, veían aquella luz que se alejaba y se acercaba a la vez, confusa, inalcanzable. ¿Era esto la muerte? ¿Era esto lo que esperaba al final de todo? ¿Una nada eterna, sin él, sin dolor, sin amor? La idea la llenó de una tristeza tan profunda que, aunque no tenía voz, lloró en silencio en medio de aquella inmensidad oscura. Sus párpados pesaban más que el plomo, y poco a poco, poco a poco, los cerró por completo, dispuesta a desaparecer en la sombra para siempre.

—No aún.

La voz no venía de fuera, sino de dentro, de lo más hondo de su ser, de un lugar que ella misma no conocía. Era una voz antigua, poderosa, que parecía contener el peso de los siglos y la promesa de una tormenta.

Los ojos de Harriette se abrieron de golpe, y su pecho se infló con una gran bocanada de aire, tan profunda y desesperada que le dolió, como si sus pulmones hubieran olvidado cómo respirar. Jadeó, agitada, sus manos agarrándose a algo suave y cálido, y por un momento no supo dónde estaba. La luz… había luz, luz dorada y cálida que caía desde arriba, y sobre ella, mantas de lana bordada, pesadas y reconfortantes, la envolvían como un abrazo.

Se sentó de un salto, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas, tan fuerte que temió que se le rompiera de nuevo. Miró a su alrededor, y el mundo se detuvo.

La habitación era pequeña, de paredes revestidas de madera de roble, con muebles tallados a mano, una cama con dosel de cortinas de lino claro, un escritorio de madera con pluma y tinta, y sobre la mesa de noche, un jarrón con flores secas de lavanda. Conocía cada rincón de este lugar. Conocía el olor a cera de abejas y madera vieja, el sonido del viento al mover las ramas del roble que crecía justo fuera de la ventana, la forma en que la luz del sol se filtraba por las cortinas de lino al amanecer.

Esta era su habitación. Su habitación de cuando era joven, antes de casarse, antes de él, antes de que todo se volviera cenizas. Esta era la alcoba que le había asignado su padre, Fenris Emberfall, en el ala más apartada del castillo, donde la dejaban sola durante días, donde nadie venía a buscarla, donde era la princesa olvidada, la hija que no importaba.

—No puede ser —susurró ella, y su voz sonó joven, clara, sin el quebranto de los años de dolor—. No puede ser…

Se levantó de la cama con las piernas temblorosas, descalza sobre el suelo de madera pulida que aún conservaba el calor del sol de la mañana. Corrió hacia el gran espejo de marco dorado que estaba sobre el tocador, sus manos temblando tanto que apenas pudo apoyarse en el borde. Y al mirar, el mundo se le vino encima.

La mujer que la miraba desde el cristal era ella, pero no la mujer que había muerto aquella noche bajo la luna. Era ella, joven, llena de una vitalidad que creía perdida para siempre. Su cabello rubio y ondulada caía sobre sus hombros, brillante y abundante, sin rastro de las canas prematuras que le habían salido tras años de llanto y desvelo. Su rostro era de una belleza etérea, los rasgos finos y delicados, la piel clara y suave, sin las cicatrices invisibles que el sufrimiento había tallado en ella. Sus ojos azules, profundos y expresivos, la miraban con asombro, y en ellos aún brillaba aquella luz que ella creía extinguida para siempre: la inocencia, la esperanza, la vida. No había ojeras, no había palidez de muerte, no había rastro de sangre ni de heridas. Era Harriette Emberfall, y tenía veintiún años.

Veintiún años.

Las palabras resonaron en su mente como un trueno. Se miró las manos: eran suaves, sin las marcas de las tareas que le habían obligado a hacer, sin las cicatrices de los golpes que había recibido en silencio. Levantó la mano izquierda, y el aire se le escapó de los pulmones. Estaba vacía. No había anillo de matrimonio, no había el oro frío que llevaba seis años llevando en el dedo, el símbolo de la unión que la había llevado a la tumba.

Se apoyó con ambas manos en el borde del tocador, las rodillas cediendo, y cayó de rodillas sobre la alfombra tejida a mano, sin sentir el suelo duro bajo ella. Las lágrimas brotaron de sus ojos, cálidas y rápidas, corriendo por sus mejillas, y entre sollozos, una y otra vez, se hizo la misma pregunta:

—¿Cómo? ¿Cómo es posible?

Había muerto. Lo recordaba todo con una claridad que le helaba la sangre: el frío de la noche, el brillo de la luna, el dolor de la espada, la frialdad en sus ojos. Y ahora… estaba aquí. En su antigua habitación, con veintiún años, seis años antes de que todo ocurriera. Había regresado. Había vuelto al principio.

¿Era un sueño? ¿Una alucinación de su mente moribunda? Se pellizcó el brazo, y el dolor fue agudo y real. Tocó su rostro, su cabello, su pecho, donde la espada la había atravesado: no había herida, no había marca. Todo era demasiado real, demasiado sólido, demasiado vivo para ser un sueño.

Se arrastró hasta sentarse contra la cama, abrazándose a sí misma, temblando no de frío, sino de la abrumadora verdad que se abría paso en su corazón. No estaba muerta. No todavía. Tenía una segunda oportunidad. El destino, o los dioses, o aquella voz que había escuchado en la oscuridad, le habían devuelto su vida. Le habían devuelto el tiempo.

Pero no era una oportunidad de ser feliz, no era una oportunidad de corregir los errores con palabras dulces y esperanzas renovadas. No. Harriette cerró los ojos, y la imagen de él volvió a su mente: sus ojos negros sin remordimientos, su voz fría y cruel, la espada brillando bajo la luna. Recordó cada palabra, cada gesto, cada mentira que le había dicho con una sonrisa. Recordó los años de humillación, de aislamiento, de ser tratada como un objeto y no como una persona. Recordó cómo él la había destrozado poco a poco, día tras día, hasta que no quedó nada.

Y entonces, algo cambió dentro de ella. Algo que había estado dormido, oculto bajo capas de dulzura y bondad, despertó con un estremecimiento profundo. Sus ojos azules se abrieron, y la inocencia que los habitaba se desvaneció, reemplazada por una claridad fría, afilada como una cuchilla. Ya no era la mujer ingenua que él había conocido. Ya no era la chica que creía que el amor lo podía todo, que daba todo sin pedir nada a cambio. Esa mujer había muerto aquella noche, sobre la alfombra escarlata, bajo la luz de la luna.

La que había vuelto era otra.

Se levantó lentamente, se miró de nuevo en el espejo, y por primera vez, no vio a la princesa olvidada, a la hija no deseada, a la esposa traicionada. Vio a una mujer que había muerto y había regresado. Vio el poder que había llevado dentro todo ese tiempo sin saberlo. Vio la oscuridad que se alzaba en su pecho, tan real y tan profunda como la que habitaba en él.

—Me diste la vida de nuevo —susurró, y su voz ya no era suave, sino baja, firme, con un eco de algo mucho más antiguo y mucho más peligroso—. Bien. Entonces usaré esta vida para lo que merece ser usada.

Se acercó a la ventana, abrió las cortinas de golpe, y la luz del sol de mediodía inundó la habitación, bañándola toda en oro. Afuera, los jardines se extendían en toda su gloria primaveral, las flores de todos los colores se mecían con la brisa, y el aire olía a tierra mojada y rosas. Un mundo entero que ella ya conocía, un camino que ya había recorrido hasta su final… pero esta vez, ella sería quien escribiera el destino.

Esta vez, no habría ingenuidad. No habría entrega ciega. No habría lágrimas derramadas por un corazón que no sabía amar. Esta vez, cuando el destino la llevara de nuevo hacia él, cuando volvieran a cruzarse sus caminos, cuando él volviera a acercarse con sus palabras de miel y sus promesas rotas… ella estaría esperándolo. Con los ojos abiertos. Con el corazón blindado. Y con una sed de justicia, o quizás de venganza, que crecía en ella como una flor oscura, alimentada por la sangre de su propia muerte.

—Juraste que me amabas —dijo, mirando hacia el horizonte, donde se alzaban las torres del castillo, donde él estaba ahora, vivo, sin saber que su final había vuelto a nacer—. Juraste que yo era tu todo. Pues bien, mi amor… ahora tienes a toda una vida para arrepentirte de haber matado a la mujer que debiste proteger.

El viento sopló suavemente, agitando las cortinas, y fuera, entre las flores, una pétalo se desprendió y cayó al suelo, como un presagio de lo que estaba por venir. El destino se había reiniciado, las piezas se volvían a colocar en el tablero, y esta vez, la partida no sería de amor y sacrificio. Sería de fuego y sangre. Y al final, solo uno de los dos saldría con vida.

Harriette cerró la ventana, se giró hacia la habitación, y por primera vez en años, sonrió. No era una sonrisa dulce ni inocente. Era una sonrisa afilada, fría, hermosa y terrible, como la espada que la había atravesado.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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