La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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La Aventura
El amanecer llegó. En la entrada de la mansión, los sirvientes observaban con mezcla de temor y curiosidad aquella máquina nueva, reluciente. El joven conde, de pie junto a su amigo el marqués Bellucci, contemplaba el vehículo con cierto orgullo. Era un modelo francés, de capota plegable y ruedas gruesas que prometían soportar cualquier camino.
—He aquí, Frederick —dijo William con una sonrisa— la nueva era: un automóvil.
—¿Automóvil, dices? Más parece una caldera con ruedas.
—Y sin embargo, nos llevará más rápido que cualquier carruaje —replicó el conde.
El mayordomo, que no aprobaba del todo aquella modernidad, se inclinó discretamente.
—Mi lord, ¿está usted seguro de que esa… cosa es digna de confianza?
—Alphonse, nada que haga ruido y humo puede ser completamente digno de confianza —intervino el marqués con una carcajada—. Pero si el progreso se presenta no seré yo quien le cierre la puerta.
El conde, sin responder, subió con calma envidiable. El marqués lo imitó, algo torpe, aferrándose al costado del vehículo. El motor cobró vida con un rugido que hizo retroceder a los sirvientes.
—¡Por todos los santos! —exclamó Frederick, tapándose los oídos.
William soltó una breve risa.
—Así suena el futuro, amigo mío.
Y sin más, el automóvil comenzó a avanzar, dejando tras de sí una nube de polvo y los rostros atónitos de quienes los despedían.
—Tranquilo, Frederick. Solo es cuestión de tomar el ritmo —respondió el conde, ajustando las palancas del motor
Los aldeanos, al oír el rugido del motor, corrían a las ventanas y se persignaban.
A mitad de la mañana, hicieron una pausa junto a un arroyo para revisar el motor, que empezaba a emitir un sonido inquietante. El marqués descendió y observó el interior del capó, donde el humo se elevaba en espirales.
—Parece que tu máquina intenta comunicarse con el más allá —comentó con ironía.
—Es solo vapor —dijo William, limpiándose las manos con un pañuelo—. Hay que dejarla enfriar un poco.
Frederick se recostó sobre una roca, disfrutando del sol, mientras el conde manipulaba llaves inglesas y válvulas.
—¿Sabes? —dijo el marqués—, echo de menos el lento traqueteo del carruaje, el sonido de los cascos sobre el suelo… aquello tenía dignidad.
—Es el precio del progreso —replicó William—. Pronto todos viajarán así.
El conde rió, y cuando el motor volvió a ronronear, retomaron el camino.
Al llegar al pueblo de Grayfield, el destino decidió que aún no habían tenido suficientes sobresaltos. La calle principal estaba llena de gallinas, carros y campesinos.
—¡A la izquierda, no, a la derecha! ¡Cuidado con el cerdo! ¡El cerdo, William!
El cerdo, indiferente al progreso humano, cruzó justo a tiempo para evitar la tragedia.
Se detuvieron junto al pozo del pueblo para revisar nuevamente la máquina.
—¿Esto anda solo, señor? —preguntó con asombro.
—Así es, buena mujer —respondió William con cortesía—. No necesita caballos.
La anciana lo miró con desconfianza.
—Entonces no puede ser cosa buena.
El marqués estalló en carcajadas, pero el conde, siempre diplomático, agradeció sus palabras y se apresuró a arrancar antes de convertirse en el centro de un sermón público.
El mediodía los encontró en un paraje boscoso. Decidieron detenerse bajo la sombra de un roble para almorzar. William desplegó una cesta con pan, queso y una botella de vino. Frederick, aún con el susto del cerdo en el cuerpo, bebió con entusiasmo.
—¡A tu salud, inventor de temerarias locuras! —dijo alzando la copa—. Brindo porque lleguemos a Wynthorne con todas las piezas intactas, incluidas las nuestras.
—Brinda, más bien, por que el motor no decida estallar antes del anochecer —repuso William, sonriendo.
Tras un breve descanso, continuaron su viaje.
Un sonido seco, seguido de un chasquido, puso fin a la ilusión. El automóvil se detuvo, temblando como una bestia herida. Intentaron hacerlo arrancar varias veces, sin éxito.
—Magnífico —dijo Frederick, extendiendo los brazos—. Ahora somos exploradores en tierra de nadie.
—No te impacientes —contestó William—. El motor necesita un ajuste.
—¿Y tú sabes hacer eso?
—No —admitió el conde con calma—, pero confío en el ingenio humano.
Mientras él desmontaba piezas con aire estudioso, el marqués observó los alrededores. A lo lejos se oía el sonido de una carreta. Un campesino se acercaba lentamente, guiando dos mulas. Frederick lo llamó a voces.
—¡Amigo! ¿Podría prestarnos su ayuda? Nuestro… carruaje ha decidido descansar.
El hombre miró el automóvil con los ojos abiertos de par en par.
—¿Eso anda con fuego?
—A veces —respondió el marqués—. Hoy, por desgracia, anda con pereza.
El campesino, curioso y generoso, les ayudó a empujar el vehículo hasta un claro. Mientras trabajaban, el marqués se manchó de grasa y el conde perdió una parte del puño de su camisa. Cuando por fin lograron ajustar una válvula, el motor resucitó con un estruendo triunfal.
—¡Victoria! —gritó Frederick, alzando los brazos—. Hemos vencido al monstruo.
Al caer la tarde, el paisaje se volvió más agreste y hermoso, y el aire traía un aroma a lavanda y tierra húmeda. El marqués, pese a su aspecto maltrecho, parecía encantado.
—Admito, William, que este viaje es más entretenido que cualquiera que haya hecho en mi vida.
—. Somos los primeros en llegar a Wynthorne en automóvil.—
—Eso espero —dijo el marqués
El sol descendía lentamente cuando divisaron, a lo lejos, las torres de la mansión Wynthorne. El vehículo avanzaba ahora con un sonido más sereno, como si también sintiera alivio al acercarse al final de su jornada. Frederick, recostado en el asiento, se dejó llevar por una mezcla de cansancio y satisfacción.
—William —dijo con voz soñolienta—, ¿te das cuenta? Hemos atravesado en una bestia de hierro, y seguimos vivos. Quizás el futuro no sea tan terrible después de todo.
—El futuro siempre asusta un poco, Frederick. Pero a veces basta con tener buena compañía para enfrentarlo.
El marqués sonrió, acomodando su sombrero torcido.
—Entonces, amigo mío, que venga lo que venga, la duquesa al menos reirá ante nuestra desgracia.
El automóvil, cruzó el puente que conducía al dominio de Wynthorne. La aventura del viaje llegaba a su fin.